A veces, cuando alguien me habla de lo terrible de su realidad, no alcanzo a encontrar ninguna palabra, mientras las miradas se entrecruzan en algún lugar verdadero. Al principio pedía excusas por mi silencio, pensando que el otro querría oír argumentos y consejos. Pero he visto que no es así. He comprendido que escuchar plenamente, sin pensar, ni valorar, ni enjuiciar es lo único capaz de aligerar la carga del que sufre. Como si en esa comunicación íntima sin sonidos, los seres intercambiaran toda la sabiduría necesaria.

Son momentos de impacto poderoso y tardo un tiempo en recuperarme, pero cuando cesa la tormenta me queda la experiencia de haberme mezclado con otro ser vivo. Una parte suya vive en mí y creo que también una parte mía habita en él.

Pasado el tiempo, como si ese contacto directo hubiese transformado el interior del otro, veo cómo su mente asume lo más difícil, a sabiendas ya de que todo, siempre, es fugaz.

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