Si te pregunto quién eres, seguramente me responderás con tu nombre. Pero ese nombre implica siempre algo más que una denominación. Hace referencia, también, a tu edad, tu profesión, la ciudad donde naciste, tu cuerpo, tu personalidad, tu biografía… Todos estos aspectos son particulares, únicos de ti mismo e intransferibles. Te hacen una persona individual. Esta respuesta surge de la creencia de que tú eres un ser único diferenciado de los demás. Tienes la sensación de que tú eres tú y de que los demás son otra cosa.

¿Qué me responderías si te digo que, en realidad, tú, yo y los demás somos lo mismo? Seguramente que he perdido la cabeza. ¿Cómo vamos a ser la misma cosa si, el otro, tiene otro nombre, otra dirección, otro cuerpo?

El amor es reconocer que no hay un “yo” ni un “tú” sino que, a pesar de que parezcamos individuos distintos, somos en esencia la misma cosa.

Realmente, somos como olas en un océano. Somos una porción del mar que surge en un momento dado. Pero, aunque es innegable que eres una ola del mar, con su propia espuma, su altura y su movimiento, ¿tiene existencia una ola sin océano? Es imposible tal cosa. La ola no podría “ser” por sí misma ya que es, esencialmente, agua de océano, al igual que el resto de olas que la rodean.

Te puedes buscar e identificar con tu pequeña ola, rodeada de un sin fin de olas diferentes a la tuya. Ser específicos, concretos e individuales. Por el contrario, te puedes buscar e identificar con el océano, con lo compartido y universal, porque eso eres tú. Y quizás sea un “tú” más real que ese al que te aferras.

Creerse que uno es exclusivamente una ola implica que nos identifiquemos con nuestro “yo” biográfico, con nuestro aparato psicológico y pensamientos. Y, por lo tanto, es en la ola donde existe el sufrimiento. Sufrimos cuando entendemos que nuestra mente somos nosotros, que nuestra historia es lo único que nos define. ¿Qué ocurre si, por una infancia difícil, nuestra historia es traumática y dolorosa? En ese caso, tomar nuestra historia como único sustento de nuestra identidad nos traería mucho sufrimiento. Sin embargo, si, a pesar de nuestros traumas y episodios dolorosos, nos entendemos, nos observamos como algo distinto a nuestra mente, y que además forma parte de todo lo que me rodea, encontraremos la paz y la verdadera objetividad.

Si somos los demás, si somos océano, ¿tiene sentido hablar de soledad, envidia o egoísmo? La identidad en la ola está continuamente modificándose, es frágil y, en última instancia, es perecedera. Los pequeños (o grandes) cambios que se produzcan en nuestra biografía van a ir modificando la concepción que tenemos de nosotros mismos. Sin embargo, si nos vemos a nosotros mismos en el océano, seremos estables, profundos, eternos. Escapamos del ruido molesto de nuestra ola.

Darse cuenta de que uno es océano nos libera del sufrimiento. Mientras nos mantengamos apegados a la individualidad de la ola, seremos un ser cambiante. Vulnerables a la soledad y a la muerte.

La ola puede estar en la compañía de otras olas, pero, al pensarse distinta, no podrá fundirse ni crear un espacio común para tocar profundamente a las demás. Es cuando salimos del confinamiento de nuestra individualidad y reconocemos que somos lo mismo, cuando sentimos que la soledad es solo un concepto. Es imposible estar solo cuando hay unidad, cuando notamos que no hay barreras con los otros más allá de una mera apariencia. Y eso es, precisamente, el amor. El amor es reconocer que no hay un “yo” ni un “tú” sino que, a pesar de que parezcamos individuos distintos, somos en esencia la misma cosa.

Piensa, por un momento, en la propia naturaleza de tu cuerpo. Éste, que parece tan separado e individual, ¿de dónde viene?. Provienes del cuerpo de tus padres, los llevas en tu propia carne. Respiramos aire 13 veces por minutos, haciendo parte de nosotros el oxígeno, que es compartido con los de nuestro alrededor, que surge de una planta, que viaja y toca a los demás, entra en nosotros y, con una exhalación, lo volvemos a soltar. Bebemos agua, comemos plantas, frutos, animales que acaban formando parte de quienes somos, permitiéndonos la vida e integrándose en nuestra materia. Las células de nuestra piel no son muy diferentes, en su morfología, a las células de la piel de cualquier otra persona o animal. Todos somos olas del mismo océano.

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