Cada paciente permanece vivo dentro de mí. Parecería imposible pensar que nuestra memoria alcance a tantas historias personales, datos e impresiones. Sin embargo, cada vez que vuelvo a ver a un paciente, incluso tras muchos años sin verle, su vida se me proyecta en la mente con todos los detalles que me confió. Y es que podría ser que no sea solo la facultad de memorizar lo que me permita llevar escritos a los demás dentro de mí. Tal vez esta impronta, casi indeleble, se deba al contacto y la relación que establezco con cada una de las personas que vienen a ponerse en mis manos.

La primera entrevista es la más importante. El río del acontecer permite que confluyan dos personas: una que sufre y que busca la manera de dejar de hacerlo, y  otra que se ha instruido y preparado para ayudarle. En esa primera entrevista, el discurso del paciente es muy valioso. Porque él, mejor que nadie, sabe lo que le sucede. Entonces nos cuenta todo, como si fuese dejando huellas sobre la arena húmeda sin pisar. El terapeuta debe estar muy atento, transitando por las mismas huellas que el paciente va dejando. Debe estar tan atento que debe buscar fundir su conciencia con la del paciente, para poder oír sin el menor ruido. El paciente ha venido a contar lo que sabe, pero que no alcanza a ver con sus propios ojos. Nos tenemos entonces que convertir en sus ojos, en su sentir, como si fuésemos (y tal vez lo seamos), la misma conciencia. Creo que eso es lo que realmente sucede, porque no alcanzo a encontrar una mejor explicación a como se puede llegar a recordar tantísimos detalles, que en muchas ocasiones el propio paciente olvida. Somos como un espejo en donde el otro se mira. Pero es un espejo con memoria y que habla. En ese espejo quedan proyectados la mente, el sentir, los recuerdos y los relatos del otro.

En las sucesivas entrevistas, el paciente se va adentrando en sus propios olvidos, en sus sombras, y sus pasos dejan de ser tan claros como la primera vez. Se vuelve a recrear el complejo juego de luces e ignorancias que le han conducido a su dolor y puede incluso envolvernos en su realidad. Es importante entonces tener viva la imagen de cuando vino por primera vez, de cuando pudo con simplicidad decir lo que le sucedía, para ayudarle a darle sentido de nuevo a sus pasos.

Durante el trabajo terapéutico, no dejo de buscar aquello que mejor puede explicar todo lo que sucede, del mismo modo que cuando nos interrogamos a nosotros mismos, intentamos también comprender nuestros actos, pensamientos y sentimientos. El relato claro, alto y explícito de lo que le sucede al otro va cobrando vida, dimensiones y matices. Cuando la relación terapéutica se consolida, la conciencia del paciente y del terapeuta se sincronizan y ambas parecen estar explorando los mismos caminos. El terapeuta debe tomarse el tiempo necesario para formular con palabras lo que está entendiendo, y para crear un espacio común en donde compartir los hallazgos. Es impresionante cómo todo ello queda registrado en ambas mentes, y cómo evoluciona con el tiempo. No es estático, sino dinámico. Igual que con un amigo verdadero que no vemos durante mucho tiempo, podemos retomar una conversación, en el mismo punto en donde la dejamos, años después, del mismo modo, en el seno de la relación terapéutica, es posible también retomar las cuestiones que se llegaron un día a plantear y ver cómo esos caminos han ido abriéndose y evolucionando.

Una relación terapéutica es una relación íntima y profunda, tanto para el paciente como para el terapeuta. Es una relación importante y crucial para que la terapia sea exitosa. Además, es un tipo de relación nueva, que tanto el profesional como el paciente aprenden a construir, pues no se trata de la misma relación que establecemos con los amigos, los padres, los hijos o la pareja. Sin embargo, puede alcanzar la misma intensidad y profundidad que todas éstas.

 Y es importante decir también que no solo el paciente se transforma en el seno de esa relación, sino también el terapeuta en el que habita cada uno de sus pacientes.

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