Hay una zona gris en el ejercicio de la psicoterapia, que resuelvo sin argumentos racionales, solo con convicciones. Mis padres, que fueron médicos también, prestaron el antiguo juramento hipocrático cuando terminaron su carrera. Mi madre lo sabía de memoria y se apoyaba en él para recordarse a sí misma sus propias obligaciones. Me lo transmitía con una extraña pasión, que parecía unirla a una corriente de hombres y mujeres cuya misión ancestral es cuidar de la salud de los demás. Había en sus palabras un fulgor que transportaba respeto a una tradición, pertenencia, identidad, misión y amor. Mi generación ya no prestó el juramento hipocrático. El término vocación ha caído en desuso. Para ser médico hoy en día, no se requiere tener vocación, solo tener buena nota de corte en las pruebas de acceso a la universidad y aprobar exámenes tipo test. El derecho a la asistencia médica, los protocolos de diagnóstico y tratamiento y la medicina basada en la evidencia son hoy en día los credos que han sustituido al juramento hipocrático, que posiblemente a su vez también, llegó a sustituir a otros rituales iniciáticos más antiguos incluso. Todavía cabe pensar que la naturaleza hace bien las cosas, y que al menos algunos médicos vocacionales conseguirán acceder a los estudios de medicina, y que su propio amor por el oficio les hará multiplicarse. Y todo ello suponiendo que la vocación para algo tiene un sentido.

El antiguo juramento hipocrático, hoy en día casi olvidado decía, por ejemplo: Estableceré el régimen de los enfermos de la manera que les sea más provechosa según mis facultades y a mi entender, evitando todo mal y toda injusticia, otorgando al conocimiento y a la conciencia del propio médico la responsabilidad de administrar la salud del otro. Pero también decía: Pasaré mi vida y ejerceré mi profesión con inocencia y pureza, cuestión que hoy en día está fuera de lugar. A nadie le importa cómo el médico rige su propia vida, mientras aplique el protocolo. Los derechos individuales impiden juzgar la moralidad o la coherencia de nuestras vidas.

Sin embargo, el problema se hace más oscuro cuando nos acercamos a las nuevas carreras, como la psicología, que también enseña a tratar pacientes. Aquí ya no hay una tradición hipocrática, ni una tradición vocacional explícita e histórica. No hay un credo al que referirse. Esta ausencia de “misión” del psicólogo tiene consecuencias directas en el ámbito y propósito de su intervención terapéutica. Así como el médico debe cuidar por la salud de sus pacientes, no queda claro si el psicoterapeuta debe también intervenir donde no le llaman, simplemente porque es su rol en la sociedad. Vamos a poner un ejemplo que ilustra este conflicto. Supongamos que estamos tratando a una persona que no es consciente de cómo su propia psicología pone en riesgo su salud mental y física y la salud de las personas que viven en su cercanía. Es decir, el paciente ni es consciente, ni mucho menos está dispuesto a serlo. En cambio, sus conductas hacen daño. El psicólogo posiblemente se limite a sostener que, si el paciente no quiere y no participa activamente en el proceso de psicoterapia, no será posible ayudarle. Y es en parte cierto, pues para cambiar la actitud de alguien, se requiere de su asentimiento. Aquí la ausencia de un credo vocacional, de un rol histórico y definido en su función social, pueden perfectamente excusar al psicólogo de zarandear al paciente o de buscar estrategias de presión y convencimiento para que acabe aceptando la ayuda. El médico moderno también puede hacer lo mismo, e inhibirse de intervenir, si así lo marca su protocolo. Nadie les reclamará nada por su actitud.

Sin embargo, yo no lo entiendo así. Si veo a alguien atrapado por un posicionamiento psicológico que le impide vivir con plenitud, trato de despertarle. Algunas veces da resultado, y otras muchas parece no servir para nada. No puedo saber quién va aceptar la ayuda, pero la satisfacción del deber cumplido me permite estar en paz. Y cuando por azares de la vida, el otro admite el reto de revisarse a sí mismo y consigue deshacerse de sus velos, siento felicidad. Es todo lo que puedo decir.

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