Muchos creen que meditar es flotar como una mariposa por lugares nombrables que incluso pueden desearse; como si la meditación fuese una droga, una potente experiencia inmersiva de la que luego podemos hablar. Pero esta concepción es errónea.

Dos cosas señalo como importantes: meditar, tal y como entendemos que es útil, es primero calmar la mente. Basta con sentarse en silencio y con la espalda recta (no se puede hacer tumbado). Con poca luz, con pocos sonidos, confortablemente, e incluso con otros amigos que también practiquen la meditación. Podemos usar un cojín para erguir bien la columna. Hay que estar cómodo. Entonces cerramos los ojos y vemos todas las cosas que la mente está procesando en ese momento. Ideas, ansiedades, deberes, pensamientos, impresiones, recuerdos, sentimientos con sus pensamientos… Todo ello se mueve dentro de nuestra mente, agitándola. Se trata de ir apagando, poco a poco, esas voces. Algunas son simples; pueden ser cuestiones que han quedado, por alguna razón, adheridas a la conciencia y que no nos abandonan. Hay que tratar de ir apagando todas las que podamos, poco a poco. Veremos cómo en ocasiones, la mente vuelve y vuelve, como si no pudiera dejar de estar presa de un discurso. Pero hay que insistir. No es importante, no es nuestro, déjalo pasar, como si la corriente de un río lo arrastrara lejos de ti.

Lo normal es necesitar una hora, u hora y media, para que gran parte de las voces que se alternan dentro del campo de nuestra mente, vayan perdiendo su vigor y su garra. Cuando se ha podido extinguir una parte significativa de todos estos procesos que nos generan el ruido interior, entonces sobreviene una sensación de tranquilidad, análoga a la que sentimos cuando un ruido molesto deja de estar presente. Ese es un buen momento para dormirse cuando se practica la meditación antes de acostarse. Abordamos entonces el sueño con una gran parte de los discursos que nos acosan en calma, y la calidad del reposo es mucho mayor.

Si estamos practicando la meditación con otros o durante el día, sin intención de dormir después, es en ese lapso de tiempo de reposo cuando podemos entrever lo que sucede en realidad en el fondo de nosotros mismos. Ahí, los conceptos no son pensados, pues el pensamiento ha perdido parte de su vigor. Son experiencias, comprensiones profundas o simplemente, descanso.

Desde esta perspectiva, la meditación es simplemente un ejercicio que puede aprenderse a realizar y cuyo objetivo principal es acallar los procesos de pensamiento, calmar la mente, para poder entonces ver lo que hay, lo que existe, fuera del campo pensado. Sería algo similar a limpiar las lentes de la gafas para ver con mayor claridad, o calibrar bien un instrumento de observación para que no tenga sesgos y desviaciones.

La meditación, vista así, es algo simple y beneficioso. No se trata de agitar el pensamiento con otros pensamientos, como muchos practican en lo que llaman “meditación guiada”, ni se trata de una experiencia esotérica o de comunicación con fuerzas sobrenaturales. Es simplemente dejar la mente en reposo, ponerse en silencio, en calma. Cuando estamos en calma, en ocasiones, nos damos cuenta de cosas que no podíamos ver por estar agitados. Nada más, ni nada menos.

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