Vivo sin vivir en mí
y tan alta vida espero
que muero porque no muero.

Santa Teresa de Ávila

 

Es una característica del ser humano el quedar completamente absorbido por el pensamiento, hasta el punto de perder su propio entendimiento más profundo, aquel que subsiste antes de las palabras. Yo soy, simplemente. Soy antes de cualquier otra consideración. Y cuando intento acercarme a esa intuición de ser, el “yo”, como tal “yo”, también se va. Da un poco de vértigo, claro, porque en ese intento de ser sin condicionantes ni palabras, nos morimos un poco, y sin embargo no morimos.

La mirada del juez, del abogado, del médico, del profesional, del hombre que debe decidir, del hombre que reflexiona en su intimidad profunda, es una mirada sobre el acontecer, sobre los hechos, sobre los sucesos. Es una mirada de esto es lo que hay, en realidad. Todo lo otro, las excusas, razones, causas, construcciones mentales, justificaciones, explicaciones, sobran cuando hay que ver lo que hay, lo que ocurre en realidad. Sabemos muy bien lanzar una mirada cruda sobre las situaciones de la vida, pero nos cuesta mucho vernos a nosotros mismos como meros observadores del acontecer. Nos implicamos continuamente en nuestros propios relatos. Tengo muchas formas de contarme mi propia historia, pero creo que la que realmente sirve es la que carece de comentarios y valoraciones. Estoy algo cansado de ese “yo” que me suplanta, de esos pensamientos que me impiden ser.

Mi trabajo consiste en ayudar a los demás a salir de su turbación mental. Para poder guiar al otro hacia el exterior de su mundo mental, tengo siempre presente que detrás de todos los relatos, sean estos racionales o alucinados, hay un ser que es, como yo mismo. Y no necesito conocer a ese ser que se escapa al conocimiento, sino saber, sentir que, por debajo de todas las apariencias, hay un existir común. La psicología es la ciencia de las apariencias mentales, y es necesario conocer bien sus engaños y vericuetos para guiar a alguien hacia la salida de su propio laberinto. Pero más importante aún que adquirir el conocimiento de las infinitas formas de engaño que tiene nuestra mente, es saber en todo momento que, en el fondo, no somos ella.

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