En la vida hay puertas que se abren y otras que se cierran. O al menos eso creemos. Esperamos que la realidad que se extiende ante nosotros esté en concordancia con lo que queremos, y cuando nos topamos con una dificultad, con un contratiempo, con una valla que nos impide el paso hacia lo previsto, caemos en el desconcierto, la tristeza, el enfado y otros estados similares y dolorosos.

Cuando las puertas se abren a nuestro paso, las dificultades desaparecen y la vida nos sonríe, apenas tenemos conciencia del extraordinario sincronismo que es necesario para que lo que está sucediendo esté en sintonía con nuestros deseos y propósitos. La puerta cerrada puede traumatizarnos por un tiempo, en función del golpetazo que nos hayamos llevado. Incluso puede lesionarnos seriamente y confinarnos al sentimiento de fracaso. Pero si no caemos en esa trampa, al igual que las raíces de una planta buscan por donde expandirse, nosotros iremos en busca de otras salidas posibles. La puerta abierta se atraviesa rápidamente, como si de un arco de triunfo se tratara, convencidos de que el mundo es tal y como nosotros creemos que es. Pero nada perdura, todo cambia sin cesar. No podemos imaginarnos un mundo real sin puertas abiertas y cerradas, sin dificultades que vencer. Una puerta abierta nos conduce al mismo mundo, con sus trampas y sus puertas cerradas. Una puerta cerrada nos conduce a explorar otras salidas, que también tienen trampas y obstáculos.

¿Pero qué buscamos en realidad? ¿Quién está en medida de afirmar que una puerta cerrada es una desgracia y otra abierta una ventura? Nada sabemos sobre el sentido profundo del acontecer, al igual que nada sabemos sobre nuestro nacimiento y nuestra muerte. ¿Cuál es el propósito de nuestra vida? Porque si carece de propósito, entonces tampoco tiene sentido decir que algo se abre o se cierra, pues sin rumbo definido cualquier dirección es válida. Si por el contrario nuestra vida individual tiene un significado, tendremos que saber encontrarlo tanto si nos dejan pasar como si nos cierran el camino.

El hombre se apega a lo que tiene y a lo que desea, cuando en realidad nada de lo que pueda poseer permanece y menos aún los deseos. Al final del camino, volvemos al inicio, al polvo. Me pregunto si eso es lo que debemos aprender, para vivir con ligereza. Ahora, cuando me encuentro con una puerta cerrada, dejo en suspenso mi deseo de atravesarla y trato de averiguar el sentido del obstáculo. Puede que al girarme encuentre otros territorios por descubrir. Cuando en cambio no hallo dificultades sino viento a favor, pienso con firmeza que nada perdura. Esta prudencia me lima los extremos y me hace estar menos exaltado, y es en ese punto medio cuando descubro que todo era un sueño.

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