Cuando lanzamos nuestra mirada hacia el mundo, ¿qué es lo que vemos en realidad? ¿Vemos lo real, o lo que nosotros creemos que es real? Muchas veces cambiamos de punto de vista, volvemos a mirar los mismos sucesos con una mirada distinta, y a medida que maduramos en la vida, vamos añadiendo dimensiones, puntos de vista y valoraciones a lo que hemos vivido y a lo que estamos viviendo. Nuestra mirada hacia el mundo no es estática, sino que continuamente se está transformando con nuestras nuevas experiencias, con nuevas formas de entender y con nuevas formas de entendernos a nosotros mismos. La mutación constante de nuestras opiniones es un hecho fácilmente observable y difícilmente refutable.

¿Cómo podemos saber, entonces, si estamos mirando lo real, o, por el contrario, estamos simplemente lanzando una opinión cambiante y sesgada? Planteado de esta forma, no lo podemos saber nunca. Sólo podemos estar convencidos de que en un momento dado lo que estamos viendo es tan sólo una parte de lo que es posible ver. Si renunciamos entonces a nuestra propia capacidad para ver lo real, lo siguiente que cabe preguntarse es cómo podemos acercarnos a lo que hay y no a lo que creemos que hay. Estas cuestiones podrían entenderse como planteamientos básicos de orden filosófico, y con una lejana o nula relación con la psicología. Pero eso no es cierto. Cuando alguien viene a contarnos lo que le sucede, esa persona espera que le estemos entendiendo incluso más allá de lo que es capaz de entenderse a sí misma; por eso mismo acude a la consulta. El otro espera de nosotros que seamos capaces de ver más allá de las apariencias para poder guiarle en la salida de su sufrimiento. El que viene a consulta no se figura que la psiquiatría y la psicología se encuentran enmarcadas dentro de un sistema más rígido que flexible, que clasifica de forma jerárquica y que está impulsado por una voluntad que hoy en día llamamos científica. Creo que hay una enorme distancia entre lo que el paciente cree que va a recibir y lo que el psiquiatra o el psicólogo creen que deben dar.

El psiquiatra usa psicofármacos haciendo sobrentender, generalmente, que el conflicto humano del otro va resolverse con unas pastillas. El psicólogo por otra parte quiere sentirse arropado por el dios moderno de la ciencia y en nombre de ese dios imaginario suministra prescribe técnicas y protocolos con el convencimiento irracional (él está convencido de que obra racionalmente) de que sus técnicas también curarán el drama humano. Nos encontramos en un punto histórico de la evolución de la psiquiatría y de la psicología que está abandonando la más antigua mirada compasiva del hombre hacia el hombre.

La filosofía también poco a poco se va extinguiendo, y en la mayoría de los países desarrollados se ha eliminado de la formación curricular. La pulsión humanitaria, aquella que es más propia de la fraternidad entre los seres vivos, y que, dicho de paso, también vemos entre los animales, se va poco a poco desafectando de las organizaciones religiosas, que durante siglos han canalizado el humanismo y la solidaridad. Esa pulsión de ayuda reaparece hoy en día en las ONG, que permiten mediante sus acciones dar libre curso a la necesidad de resonar con el sufrimiento del otro. Sin embargo, las ONG se cuentan por miles y no son, por lo general, entidades con construcciones teóricas y conceptuales, sino simplemente organizaciones dirigidas a la acción solidaria.

Nos encontramos en un momento histórico, por lo tanto, y a grandes rasgos, pues evidentemente existen excepciones, en donde las profesiones que deberían ahondar en la comprensión del sufrimiento humano adoran al becerro de oro de la ciencia y las organizaciones de ayuda humanitaria están desbordadas por su trabajo necesario. En este panorama global, le corresponde a cada terapeuta responder con sinceridad si realmente está entregando al paciente aquello que el paciente espera recibir, o por el contrario se está limitando a administrar lo que le han dicho que debe hacer. Resulta muy difícil, tras una formación académica que enmarca la psiquiatría y la psicología en los paradigmas de la ciencia, mostrar el sesgo que esa particular mirada entraña. ¿Cómo podemos saber si lo que estamos viendo es lo real o es simplemente una opinión? ¿Cómo podemos saber si al menos no estamos reduciendo excesivamente nuestra mirada hasta el punto incluso de dejar de sentir y entender con profundidad al otro?

La introspección, el autoconocimiento, la meditación, la reflexión, el análisis de nuestros pensamientos, actos y sentimientos deben volver a ser las fuerzas principales que animan a los psicoterapeutas. Las otras técnicas y recursos de la psiquiatría y de la psicología no pueden nunca alcanzar una plenitud si no existe por parte del terapeuta una predisposición introspectiva que le permita resonar con su paciente. La praxis me ha convencido de ello, pero reconozco también la enorme dificultad para poder argumentar esta obviedad. Espero sin embargo poder tener luces y ayuda suficientes como para al menos poder dejar un testimonio sobre la belleza de la psicoterapia cuando se percibe que puede convertirse en una fuerza transformadora para el paciente y el terapeuta, a la vez.

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