¿Aprendemos o recordamos? Se trata, aparentemente, de una pregunta sencilla. Si nunca hemos estudiado historia o matemáticas, poco podemos recordar de ese tipo de conocimiento. No podemos recordar las circunstancias de una batalla histórica si nunca hemos oído hablar de ella. No podemos recordar cómo se resuelve una integral si no hemos estudiado cálculo previamente. También podemos decir que el conocimiento de determinados antecedentes históricos de una persona nos permite comprenderla mejor, al igual que saber hacer sumas y restas nos permite calcular. Desde este punto de vista, parece manifiesto que tenemos la capacidad de adquirir nuevos conocimientos y habilidades que antes desconocíamos, y que el recuerdo de esos conocimientos ya adquiridos nos suministra algún tipo de ventaja. En estos detalles podemos estar todos de acuerdo.

La historia necesita del tiempo y las matemáticas de unas reglas internas. Dicho de otro modo, si el tiempo no transcurre, no puede formarse la historia. De igual modo, si no hay un mundo sobre el que aplicar las matemáticas, ellas mismas pierden su sentido descriptivo. Estas reflexiones sobre los límites de la historia y de las matemáticas pertenecen a la filosofía, entendida como la ciencia que define a las otras ciencias. Un historiador no necesita plantearse si el tiempo es real o prescindible, para ser historiador. Un matemático tampoco necesita plantearse si los eventos que trata de explicar  [son en sí mismos reales, para que sus ecuaciones sean válidas.

Sabemos hoy en día que en el interior de los agujeros negros no transcurre el tiempo ni se expande el espacio. Por lo tanto, no sucede nada. Los agujeros negros son objetos cósmicos que absorben, como si del desagüe de una bañera se tratara, toda la materia y la luz de su alrededor. En un futuro de escala cosmológica, nuestro sol y nuestro planeta también podrían ser absorbidos por un agujero negro. Es improbable, pero no imposible. Toda nuestra historia, nuestra memoria, los fenómenos que conocemos, quedarían entonces colapsados en nada, al igual que les sucede a los sistemas solares que hoy en día son absorbidos por los agujeros negros. Pero, a su vez, el agujero negro expulsará energía que participará de nuevo en la formación de nuevas galaxias y soles, con su historia y sus matemáticas. Nos estamos moviendo entre hipótesis bajo las cuales, el tiempo que fundamenta la historia y los fenómenos que fundamentan las matemáticas acabarían colapsándose en nada para, tal vez, volver a participar de nuevo en el tiempo y en los eventos.

Siguiendo este argumento hipotético cabe hacerse una nueva pregunta: ¿por qué la energía que despide un agujero negro, que en su núcleo carece de tiempo y de espacio, vuelve a participar en este universo y no en una cosa completamente distinta? ¿Dónde está conservada esa información si no hay dónde ni hay nada?

La física se plantea el estudio de los fenómenos físicos, no su origen. Eso es algo más propio de la filosofía o de la metafísica. Del mismo modo, la biología sostiene que toda la información y todo el conocimiento acumulado en los seres vivos se registra en el ADN. No conocemos hoy en día otros soportes para la información biológica. Tampoco conocemos otros soportes para la información implícita a los fenómenos físicos, más allá de las interacciones que observamos entre los fenómenos físicos ya existentes. Lo cierto es que más allá del ADN o más allá de la realidad física, solo tenemos metafísica, religión, creencias, fe. Pero pienso que lo que en realidad tenemos es ignorancia con respecto a la existencia de otro tipo de soporte de la información que sea capaz de albergar el conocimiento de una manera mucho más densa que el ADN. Pero sea lo que sea aquello que hace posible el ADN y la física, y que en estos momentos de nuestra evolución cultural no somos capaces de formular, hay una realidad que no podemos eludir: nosotros mismos somos eso que hoy en día ignoramos. No podemos ser otra cosa en el fondo, muy en el fondo, de nosotros mismos.

En el supuesto de que podamos admitir que existe un conocimiento denso, una información muy abstracta, con su soporte correspondiente y que todavía no hemos sido capaces de descubrir con los instrumentos de la ciencia, cabría aún preguntarse lo siguiente:  ¿podemos intuir, conectar o alcanzar esa densidad de conocimiento que se sitúa en el origen del mundo conocido y de nosotros mismos? Y esa conexión con lo más abstracto de nuestra memoria, ¿sería recuerdo o aprendizaje?

Este discurso no es fortuito ni baladí. Me habita a diario en mi trabajo. Cuando me enfrento a una persona que está perdida en su mente y en su mundo, presupongo que él, mejor que nadie, conoce la salida, aunque la haya olvidado. Mi trabajo consiste en ayudarle a recomponer su memoria perdida. Las distintas capas culturales y psicológicas han ido sepultando dentro de nosotros el conducto que nos lleva al reconocimiento de nuestra identidad más profunda. Acompaño al otro por sus propias tinieblas, pero él es quien en realidad hace el viaje y guía la marcha. Le asisto en sus miedos, en sus ángulos muertos, le doy ánimos, seguridad y confianza. Me alumbra el saber que en el fondo de nosotros mismos existen respuestas y que es así para todos nosotros. Ofrezco ese testimonio, esa experiencia, para mantenerme firme ayudando al otro a recordarse a sí mismo.

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