Todas las personas que conozco residen en algún lugar de mi memoria. Cuando las evoco, aparece un sentir particular que identifica plenamente a cada una de esas existencias. La señal puede ser muy débil, pero nuestra mente trata de encontrar elementos que nos unan a esa persona. Algunos de esos elementos son visuales, y pueden llegar a estar muy desdibujados. Es entonces cuando decimos “no me acuerdo bien de ella, pero sí recuerdo su presencia”. Estaba callada, hablaba mucho, era pequeñita, era grande, parecía contenta, enfadada, solitaria, abierta y así una serie de adjetivos que tratan de describir esa sutil impronta que nos dejó. En ocasiones esa primera impresión es errónea, pero la mayoría de las veces concuerda con lo que otros también percibieron y, si posteriormente tenemos ocasión de conocerla mejor, acabamos a menudo confirmando la validez del primer impacto.

Quiero ahora referirme a ese especial mensaje que cada uno de nosotros transporta y que nos identifica mejor que las huellas dactilares. ¿Qué es? ¿Quién lo ve? ¿Cómo lo ve? La primera impresión que nos causan las personas es muy relevante, como lo es la primera entrevista con un paciente. En ese primer encuentro, captamos y decimos lo esencial. Es un mensaje denso que podemos volver a evocar y a explorar una y otra vez y que jamás parece agotarse. Incluso si vamos sumando informaciones sobre esa misma persona, como su edad, su educación, su vida familiar, su trabajo, su pensamiento, su particular sensibilidad, esa primera impresión no hace sino matizarse y enriquecerse. Algunos definen esa particularidad como la “energía” de la persona, pero tal definición tiene el inconveniente de apelar a términos un tanto esotéricos. No tenemos una definición clara en psicología para algo tan evidente y tan propio de la percepción humana. Eso mismo que está en el fondo y también en la superficie de cada uno de nosotros, que nos define a los ojos de los demás, es un gran desconocido. Por muchas descripciones que hagamos de las circunstancias particulares y de la personalidad de un individuo, no podemos alcanzar la fineza y profundidad que somos capaces de adquirir de forma casi inmediata y natural.  

Me interesa mucho el cultivo de ese conocimiento del otro, porque me sirve de hilo conductor para comprenderlo mejor y ayudarle. Esa guía parece situarse en el centro, en el eje que nos vertebra y nos ayuda incluso a intuir gran parte de una trayectoria vital. Para acceder a esa instancia dispongo mi mente de un modo particular. Debo estar en calma, lo más presente posible, sin distracciones. Escucho entonces aquello que el otro me transmite y dejo que penetre dentro de mí sin reservas. Dejo que resuene y vibre en mi interior. Naturalmente, si estoy distraído por otros pensamientos que me ausentan, no puedo percibir nada. Además, necesito conocer mi interior sin pudor ni miedo, para dejar que la luz del otro se expanda por dentro de mí lo más lejos posible. Entonces trato de permanecer en esa comunicación y desde ahí hablo. Al hablar, utilizo también los conocimientos técnicos de que dispongo, pero estos vienen después, no antes. Me sirvo de la psicología y de la psiquiatría para ordenar y explicar lo que estoy percibiendo, procurando mantenerme fiel a mis impresiones. De ese modo, mi trabajo no es una alienación, sino una continua exploración que me permite, experiencia a experiencia, errar menos.

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