En la antigüedad, mucho antes de que el concepto de psicología o psicoterapia existieran, los hombres, como ahora, sufrían en sus vidas. Se podían encontrar solos, aislados, tristes, perdidos. Les costaba unirse a los demás, les molestaban las multitudes y las tareas cotidianas se convertían en una pesada carga. Perdían el gusto por las cosas placenteras, como las relaciones sexuales o la comida. En su cabeza anidaban pensamientos repetitivos que les sustraían al contacto con el entorno. Sus propios pensamientos incontrolados les obligaban sin cesar a repetir las mismas cosas y no podían dejar de hacerlas sin sentir una gran turbación interior. Su visión del mundo se ennegrecía, hasta dejar de ver. Eran prisioneros de su propia mente, de sus estados internos y de sus pensamientos. No respondían como antes lo pudieran haber hecho, dejaban de ser útiles al grupo y se convertían en un tormento para sí mismos.

Me pregunto a cuantos millones de años nos tenemos que remontar para hallar al primer humano o humanoide, que sufriera interiormente. Pero me pregunto también, al igual que las lobas pueden cuidar de niños abandonados, al igual que los perros se acercan al amo cuando está en pena, al igual que los cetáceos se entreayudan en el océano cuando uno de ellos enferma, me pregunto, ¿cómo sería esa ayuda de un humano hacia otro? No tenían libros de autoayuda, teorías psicológicas, técnicas psicoterapéuticas. Pero me imagino que nuestros ancestros también, como los otros animales, irían a socorrer al sufriente. Y me imagino también que, entre todos ellos, habría algunos con mayor capacidad para ayudar al otro. Me imagino a ese hombre antiguo, sanador de sus iguales, como a un ser con dulzura, con comprensión, con compasión. Pero también con sabiduría. Me imagino que tendría la capacidad de relativizar el estado mental del otro, de hacerle ver que tan solo estaba atrapado por una perspectiva que le distorsionaba el mundo. El ser humano, con todas sus capacidades intelectuales, es también capaz de tener perspectivas muy distintas del mundo y de sí mismo, y cuando cae enfermo en su mente, esas perspectivas se hacen más estrechas, se reducen hasta el punto de esconderle gran parte de lo que sucede dentro y fuera de él mismo. Aquel que cuidaba y que cuida de los demás, debe poder identificar las perspectivas desde las que vive el que sufre, y para ello, él mismo, como sanador, necesita disponer de perspectivas mayores, más amplias, de perspectivas sobre las perspectivas, para poder conducir al que sufre hacia el exterior de su propia cárcel.

Ya los siglos han ido transcurriendo. Lo que era tan solo una sabiduría innata que llevaba al acercamiento y a la ayuda del otro y que también permitía modificar su visión del mundo, se convirtió en un motivo de estudio e interés. El estudio de las perspectivas mentales, del modo de entender el mundo y de entenderse a si mismo, evolucionó hacia la filosofía. La filosofía es el desarrollo de sistemas de pensamiento, de puntos de vista, más o menos perfeccionados. Algunas de esas formas de ver el mundo aportan alivio, paz y esas, posiblemente, tengan puntos en común con el modo de mirar de los primeros sanadores. Pero junto con el estudio de la filosofía, también sobrevino el estudio de la psicología, con sus teorías y sus técnicas. En esta época, los sanadores ya no se interesan por adquirir aquella innata visión del mundo que les hacían más amorosos y comprensivos, aquella perspectiva de perspectivas que les permitía, desde su propia y profunda experiencia, decir las palabras justas al otro.

Conviene recordar nuestro origen, saber de dónde venimos, para volver a aportar al antiguo arte de sanar aquello que es, posiblemente, uno de sus fundamentos: el modo de ser y de estar del sanador.

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