Hoy en día podemos calcular con bastante precisión magnitudes como la edad del universo, de la tierra o el momento de aparición de la vida en el planeta. Se estima que el universo en donde nos hallamos tiene unos catorce mil millones de años. Evidentemente, no sabemos lo que eso significa, porque la escala rebasa nuestra experiencia del tiempo. Pero si cambiamos la escala y decimos que el universo tiene un año de edad, que es un período que sí podemos estimar con facilidad, entonces la Tierra, nuestro planeta, tiene 4 meses y la vida aparece aquí hace 3 meses. Esto es ya más comprensible. Siguiendo esa misma proporción, nuestra especie empieza a separarse de un ancestro común con los chimpancés hace tan solo 11 milésimas de segundo. Nuestro cráneo empieza a crecer, con el Homo Erectus, hace tan solo 2 milésimas de segundo y el Homo Sapiens, nuestra especie, tiene tan solo 0,2 milésimas de existencia. Por otra parte, todo parece indicar que el universo sigue expandiéndose, de modo que el tiempo seguirá transcurriendo y, si la Tierra no desaparece, seguiremos creciendo.

Si nos separamos un poquito de nuestro engreimiento como especie racional que domina su pequeño mundo y nos miramos con una escala más amplia, podemos empezar a entrevernos desde otro punto de vista. La aparición de nuestro cerebro complejo es muy reciente. Los chimpancés también saben construir herramientas, pueden aprender un lenguaje, tienen sentimientos que nos recuerdan a los nuestros, como el duelo o el apego, y se apoyan en el aprendizaje cultural y la imitación para transmitir conocimientos. Nosotros tenemos esas mismas capacidades, pero mucho más desarrolladas. Los chimpancés piensan y planifican, pero nosotros lo hacemos en un grado mucho mayor. En muy poco tiempo (hace solo 0,2 milésimas de segundo en nuestra escala), hemos adquirido funciones intelectivas poderosas que nos permiten interrogarnos sobre nuestra propia existencia y sobre las causas de nuestra infelicidad. Sin embargo, cuando vemos lo reciente que es en nuestra evolución la adquisición de la introspección, cabe también preguntarse a dónde puede conducirnos actualmente.

Vivimos un tanto absorbidos por todas esas nuevas posibilidades que nos ofrece nuestro cerebro y, además, estamos bastante convencidos de que mediante su uso adecuado podremos ser felices. Sin embargo, creo que tenemos una “versión” muy reciente que no acaba de funcionar del todo bien. No hay duda de que la capacidad constructiva y destructiva del Homo Sapiens es inigualable. Nos hemos acostumbrado a vivir con arsenales de armas de destrucción masiva y hemos dejado la Tierra hecha un basurero.

Encontrar a un hombre feliz es una empresa casi imposible. A lo largo de nuestra vida, conocemos momentos breves, en el mejor de los casos, que nos hacen sentir bien. Pero por regla general, el ser humano se ve atrapado por su mente recién estrenada y no sabe vivir ya sin ella. Así como las otras vísceras, mucho más antiguas, como el corazón, el hígado o los pulmones, hacen su trabajo y nos dejan tranquilos mientras no enfermen, la mente molesta desde el nacimiento hasta la muerte.

Para las religiones bíblicas, el hombre, por sus ansias de conocimiento, abandonó la felicidad y vive desde entonces arrastrado por su culpa. Para la mayoría de religiones orientales, el sufrimiento del ser humano es un punto de partida y acicate para la elevación. Pero una religión que nos indicara que vamos a necesitar varios millones de años más para aclararnos, sería, tal vez, poco correcta, humana y políticamente, por no decir poco comercial.

Muchas personas se preguntan por qué sufren y cómo podrían evitarlo. La definición y la búsqueda de la felicidad ha movido el interés de los filósofos, a lo largo de los siglos, de las religiones y últimamente de la psicología. Sin embargo, ninguna tesis parte de la consideración de que tal vez vayamos a necesitar unos cuantos millones de años antes de poder volver a equilibrarnos, tras el invento del cerebro moderno. Tampoco sabemos muy bien si en un futuro no tan lejano, empezaremos a evolucionar a un ritmo superior gracias al concurso de las máquinas inteligentes, con lo que tal vez el tiempo necesario para dejar de ser tan estúpidos y dañinos para el medio ambiente pudiera acortarse. En cualquier caso, a día de hoy, el tema de la felicidad no parece estar resuelto en el Homo Sapiens. Tener en cuenta la posibilidad de que nos falte un hervor rebaja las expectativas, que tal vez iban demasiado infladas. Nos devuelve a una mirada de simio, de mamífero o de lagarto incluso. De lagartija al sol, sin otra preocupación, hasta el siguiente estímulo. Y también nos coloca la felicidad en un presente más inminente, como el que dice “esto es lo que hay”.

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