En la Semana Santa conviven dos sentimientos que parecen opuestos, el de la muerte y el de la resurrección. Confieso que no alcanzo a entender muy bien el sentido de esos misterios religiosos, pero ambos me sugieren la capacidad que tenemos de transformarnos, de renovarnos, de renacer, dejando antes de lado aquello que nos lastra.

He visto renacer a algunas personas. Sus vidas anteriores parecían agotadas. Su energía se había consumido tratando de convencerse de que su modo de ver el mundo era el correcto, hasta que un día, el mundo mismo les soltó un no rotundo e inequívoco y les dijo: te equivocaste, no es por aquí. Creo que el miedo al inminente precipicio fue de tal envergadura que decidieron morir de cuajo para renacer renovados. Cuanto más honda es la muerte, más limpia es la resurrección. Eso existe y sucede. ¿Quién no conoce a alguna persona que ha modificado drásticamente una trayectoria vital, un modo de pensar, un modo de ver, un modo de amar?

Observo que los seres humanos reaccionan de manera muy distinta ante los grandes quebrantos. Algunos siguen viviendo, como si no hubiesen visto nada, tratando de olvidar que su propia senda termina en un callejón sin salida. Permanecen entonces sonámbulos por la vida, pensando que esto es lo que hay. Incluso en algunos momentos de su existencia dan muestras de haberse acomodado al disgusto, pero siempre planea sobre ellos cierta derrota, cierta tristeza. Otros lo intentan una y otra vez, convencidos de que su visión es la correcta, pero que una serie de circunstancias ajenas a ellos mismos les hacen tropezar siempre con la misma piedra. Con el tiempo se tornan agrios y malhumorados, mientras siguen desesperadamente intentándolo de nuevo, hasta que un día dejan de agitarse, convencidos de que todos, menos ellos, están equivocados. Otros, por último, deciden morir para renacer luego. Esa es la luz que más me atrae.  Su ejemplo me ha permitido comprender que nada es definitivo, ni la propia muerte, que se convierte entonces en una oportunidad de transformación.

Hay muchos modos de trasladar estas reflexiones a lo cotidiano. Nada es definitivo. Ninguna creencia, actitud, pensamiento, sentimiento permanece estático. Podemos admitir la volatilidad de todo lo conocido sin perder por ello la compostura. Podemos, sin cesar, deshacernos de lo que sobra y nacer de nuevo a la inocencia. Podemos morir y resucitar en cada instante. ¡Quién pudiera estar siempre naciendo!

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