Míralo desde fuera. Usamos esa curiosa expresión cuando vemos a alguien muy metido en sus propias vivencias y razones, atrapado en sus laberintos, sin la capacidad de abstraerse de un sí mismo implicado. Mirarse desde fuera significa recobrar la objetividad perdida, analizar la situación como si no fuésemos parte de ella. Significa también alcanzar una perspectiva común, más amplia, en la que tienen cabida las miradas y las reacciones de otros. Es abrirse a las razones y motivaciones de los demás. En cierta forma, es ganar independencia, liberarse del yugo de un relato monocorde que nos convierte en presa de nuestros propios sentimientos y pensamientos. Cuando miramos las cosas desde fuera, salimos de lo que creemos ser para convertirnos en un testigo neutral. Se requiere valentía para romper el velo de la pesadilla que nos atrapa una y otra vez, y humildad para abandonar un ego que vive en las tinieblas. Pero ¿quién es ese que puede lanzar una mirada desde fuera? ¿Quién es ese testigo que nos observa sin implicarse? Está en nosotros, eso es evidente. Nos permite tomar distancia de nuestras conjeturas y pasiones, y nos ayuda a recobrar la calma. Nos permite también comunicar con los demás desde una perspectiva común. Nos salva del aislamiento. Podemos pensar que ese modo de mirarse a uno mismo es tan solo un ejercicio de nuestra mente, sin otras consecuencias. Pero creo que es mucho más que una mera figuración mental. Creo incluso que es la clave de nuestro bienestar psíquico.

Tener altura de miras. Otra bonita expresión de nuestro idioma. Es otra forma de expresar el desapego de lo individual y egoísta, de abandonar el reducto de los intereses personales para adentrarse en aquello que pertenece al bien común. Tanto “mirar desde fuera” como “tener altura de miras” nos invitan a una trascendencia de lo individual en pos de lo común. Pero, curiosamente, esa elevación sobre lo individual no nos empobrece, sino que nos nutre. No nos convierte en seres inválidos y perdidos, sino en todo lo contrario. Nos hace útiles y nos orienta.

Introspección significa, etimológicamente, “mirar dentro”. Cuando miramos dentro de nosotros, podemos atender a una gran diversidad de fenómenos, pero la acepción más usual hace referencia al ámbito de lo psicológico e individual. Introspección y examen de conciencia parecen compartir un mismo territorio de análisis, que no es otro que el escenario del drama humano, ese mismo que necesitamos poder ver desde fuera para tener un poco de paz. El testigo que hay en nosotros, que está fuera del ego y sus circunstancias asfixiantes, también puede ser objeto de un conocimiento interno, de una introspección.

El conocimiento de un mismo abarca todas las facetas posibles que conviven en nuestro interior. Somos, por un lado, individuos, con nuestras propias vicisitudes, tiempos y circunstancias. Pero también somos ese testigo que puede alejarse de nuestro individuo, viendo las cosas desde fuera para verlas mejor y con altura de miras para atender a los demás.

Encontrarnos en la dimensión que nos une con nosotros mismos y con los demás, evita que muramos atrapados por las redes de nuestra insignificante individualidad. Gracias a ello podemos sentirnos miembros de pleno derecho de la inmensa vida y olvidar, por un instante al menos, nuestras propias conjeturas fugaces e ilusorias.

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