Hay instantes, momentos, en los que uno aprende algo de sí mismo. Se produce la conexión entre cuestiones que antes estaban separadas y de repente aparecen interconectadas. Se trata de una experiencia. Cuando se produce una comprensión de ese tipo, tenemos también la sensación subjetiva de que algo se acaba de resolver, como si todos aquellos trocitos de memorias y experiencias anteriores hubiesen permanecido latentes, palpitantes, huérfanos, y en busca de sentido. Pero un día, comprendemos algo y todos esos trocitos quedan de repente interconectados y pierden su soledad. El factor desencadenante puede permanecer oculto, o puede aparecer ante nosotros como un simple detalle de cualquier tipo: puede ser un sonido, un pensamiento, el recuerdo de un sueño, un sabor, etc. Algunas veces no nos detenemos en el fenómeno de comprensión y seguimos, distraídos por otras cuestiones. Pero cuando uno se detiene a analizar lo que está pasando o lo que acaba de pasar, podemos descubrir muchas cosas.

En esos instantes, nuestra mente queda en suspenso. Estamos viendo. Las palabras no han llegado aún, los pensamientos tampoco. La mirada está dirigida al interior mismo de nosotros. Los elementos del exterior han perdido presencia. Se ha producido un vacío de palabras y pensamientos, pero estamos ahí, viendo. Todo sucede muy rápido. Es un entorno visual, en parte: “se ven” cosas. Son formas sin nombre que pueden tener colorido. Cada una de ellas a su vez puede hacer referencia a largas historias sin resolver, antiguos recuerdos ahogados, cuestiones que no supimos entender o que nunca vimos con claridad, dolores antiguos o nuevas incógnitas por descubrir. Nuestro idioma no tiene palabras para esos instantes, seguramente porque son tan intensos y expresivos que ninguna palabra tiene suficientes letras para expresarlo. Son los momentos en los que uno mismo se comprende, un poco, un poquito. Si permanecemos un tiempo suficiente en ese estado de la mente, protegido del ruido de las palabras y de la embriaguez de los pensamientos, uno se comprende con mayor profundidad, de una manera más resolutiva, más concluyente, más liberadora. Aquello que permanecía oculto a nuestra mirada se desvela. Algo se libera. Algo pierde peso y tensión. En ese mismo punto, perdemos la soledad y el miedo. En ese mismo punto somos como el otro, comprendemos súbitamente al otro. Algo se desdibuja en las fronteras de nuestra individualidad. Aquello, que mientras permanecía oculto a nuestra mirada, nos atrapaba en sus redes y levantaba los muros de nuestro “yo” insignificante, pierde fortaleza.

Deberíamos tener otra palabra para hablar del conocimiento de sí mismo. Hoy en día damos por hecho que conocer implica pensar y usar el lenguaje. Pero esas dos poderosas herramientas resultan demasiado burdas para ver en nosotros mismos y para ver a los demás como a nosotros mismos, desde la más íntima de las perspectivas, pero que es, a un tiempo, resonante y común.

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