Cuando miro el mundo con mis sentidos, veo los objetos, los colores, los olores… Eso es el mundo de las formas.

Cuando miro dentro de mí, veo el amor, el odio, el deseo, la alegría, la tristeza. Eso es la introspección.

Mi mundo contiene las dos visiones, no lo puedo dividir.

En Andalucía hay muchos tipos de gazpacho. Difieren en densidad, sabor, ingredientes, condimentos, color. Pueden llevar pan o no, vinagre, limón, ninguno de los dos o los dos, y así con el ajo, el pepino, el pimiento, el comino, la cebolla y otros muchos secretos bien guardados. Pero con los ingredientes adecuados, en sus proporciones adecuadas, alguien que jamás haya tomado gazpacho, puede, por ejemplo, seguir paso a paso una receta para la Thermomix (un robot de cocina) y conseguir repetir exactamente el mismo gazpacho con la receta de alguien que haya querido revelar su secreto. Así, el gazpacho, esa bebida-comida, nutritiva y refrescante, tan española como el toro de Osborne, puede consumirse en cualquier parte del mundo y no depende de la cultura del cocinero que esté al mando del robot. Podemos universalizar, democratizar, igualar a todos frente al gazpacho y dar gazpacho para todos.

Cuando estudio las nuevas técnicas, o las nuevas formas de abordaje psicoterapéutico, siento un escalofrío similar al que pudiera darme un gazpacho helado. Los nuevos abordajes que están tomando relevancia en psicología, como la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), por ejemplo, vienen sólidamente fundamentados en filosofías que se apoyan mutuamente para tejer una realidad convencional que favorece a grandes colectivos académicos, políticos, filosóficos, científicos, profesionales, estudiantiles y financieros. Su entramado es tan vasto, robusto y fino a la vez, que parecen tener toda la razón del mundo. La literatura que acompaña a la ACT habla del sufrimiento humano, del mindfulness, y parecería que estuviera integrando incluso partes esenciales del pensamiento filosófico oriental. La ACT propone gazpacho para todos, y permite dar variabilidad a sus distintas recetas, dentro de unos límites. Se puede poner más o menos sal, aceite, comino, ajo, etc., en función de las necesidades, o de los intereses experimentales de cada cocinero. Los profesores de psicología pueden enseñar, los estudiantes pueden aprender y los clínicos disponen de un marco conceptual y también de unas herramientas contrastadas para guiarse. Cuanto más se estudia la ACT, más se convence uno de su utilidad, y de su gran labor en la conquista del aparente caos terapéutico que existe cuando no se dispone de propuestas serias, científicas y repetibles.

He buscado entonces, en ese gran bosque de la literatura científica de la ACT, cómo definen la introspección. Lo he tenido que hacer varias veces, porque buscador de mi ordenador arrojaba ningún resultado. Entonces me he dado cuenta de que si lo que queremos es que un sueco o un japonés pueda tomarse un gazpacho al estilo de Málaga, por ejemplo, lo que no queremos es que ande haciéndose preguntas. Queremos que siga la receta que se extiende frente a él, pero no dentro de él. Porque al japonés le pueden venir ganas de añadirle miso, o salsa de soja o algas, y eso, ya no es gazpacho. Tampoco conviene que los comensales hagan sugerencias ligadas a sus propias costumbres, porque empezaríamos a evolucionar en un sentido incontrolado.

Yo no doy nunca recetas a mis pacientes. No quiero que se quedan atrapados en un guion de vida. Al principio lo hacía de forma intuitiva, comprendiendo que la infinita variabilidad una realidad tan compleja, como la de un ser humano, es inabarcable, y que en comprender esa inmensidad reside gran parte de la aceptación del otro. Pero esa intuición libertaria me ha llevado a una experiencia y a un convencimiento profundo de que cualquier técnica terapéutica centrada en las formas, en lo que se puede ver y medir con los instrumentos de la ciencia, no es más que una ciencia de la periferia que no puede alcanzar la profundidad del sujeto. Entonces me preguntarán… ¿qué cosa es la profundidad del sujeto? Lo que perpetuamente busco, en cada consulta, con cada paciente, es que el otro comprenda dentro de él mismo. Busco que se produzca en el otro una experiencia determinada y concreta, en la que su mente ate cabos, una extremos que parecían totalmente aislado y conecte áreas antes inconexas. Es una especie de estallido mental, es la experiencia de haber comprendido algo que permanecía oculto, pero cuyo desvelamiento produce simultáneamente una conexión con el presente, con lo que hay, una conciencia de esa misma experiencia y una emoción o sensación de libertad que produce alegría. Es estar, ser consciente, y sentirse libre y con más dicha que contento. Cuando se produce en el interior del paciente esa experiencia, en relación con su malestar y sufrimiento, observo que se inician una serie de cambios evolutivos irreversibles. A partir de este tipo de experiencias, nos damos cuenta de que hay dentro de nosotros zonas oscuras que nos hacen daño y que desvelarlas en una vivencia introspectiva nos libera. Ese es un proceso de “darse cuenta”, que entiendo, como muchos otros han creído desde que tenemos memoria y registros, constituye el fundamento de nuestra propia evolución. Se trata, sin duda, de una experiencia subjetiva, interior, pero, a pesar de ello, usted y yo sabemos perfectamente de lo que estamos hablando ahora. Esa experiencia subjetiva nos transforma, nos hace crecer, modifica nuestra vida, nuestras acciones, la visión que tenemos del entorno, el entendimiento que tenemos de nosotros mismos y de los demás. Es una experiencia subjetiva, sí. Y es necesaria para curarse. Pero desgraciadamente, las posturas científicas actuales dividen el mundo, que es indivisible, entre lo objetivo y lo subjetivo, para luego despreciar lo subjetivo e interesarse solo por la mitad objetiva. Ayudar a un ser humano no es lo mismo que hacer gazpacho con la Thermomix, porque se requiere de un gazpacho que evolucione por sí mismo, continuamente, sobre todo en ausencia de cocinero. Y conseguir eso, tiene más de arte, de creación en cada instante, que de repetición de una receta. Y el arte, incluso el más hondo y genuino, puede enseñarse y transmitirse. Parar ello es necesario sentirlo, querer enseñarlo y querer aprenderlo. Es necesario, pero no es suficiente.

El psicoterapeuta requiere también, de un aprendizaje y de un entrenamiento constante de habilidades perceptivas profundas, en el orden de la empatía compasiva, en el autoconocimiento, en la capacidad de comunicar y oír lo que acontece en nuestra subjetividad. Es necesario no solo hablar con uno mismo y con los pacientes sobre lo que está sucediendo, sino que también es necesario contrastar con otros compañeros de trabajo interesados en estos ámbitos del conocimiento y explorar lo que otros autores han sabido dejar plasmado. La novela, la poesía, el cine, la danza, el teatro, la música, la filosofía, la psicología profunda, y en general, cualquier expresión honda y genuina, artística o intelectual, nos invita a recorrer una parte de ese universo casi oscuro que envuelve lo que no sabemos, pero sí sabemos. El psicoterapeuta debe buscar, entre otros objetivos, que el paciente esté en calma, tranquilo. Pero no solo en sus actos y comportamientos, sino también en su interior. De poco nos valdría conseguir tan solo que el otro se comportara de determinada forma, si en sus adentros persistiera la misma agitación. El psicoterapeuta debe ayudar al otro a apaciguar su mente, y esto es comprensible y admisible de forma lógica y natural. Cuando pronunciamos el tema de este modo, no podemos dejar de mirar hacia los maestros orientales de meditación. El budismo tibetano, por ejemplo, explora distintas etapas o estados mentales que acompasan al apaciguamiento mental. Llaman shamana (extinción) a un grado alto de paz mental. Pero curiosamente, reconocen un estado aún más completo de paz mental, que llaman vyupashamana, en dónde vyupa significa “el que come con sus propias manos”, o dicho en términos occidentales equivalentes, “el que se vale por sí mismo”.

Un psicoterapeuta no puede pretender hacer un trabajo serio, simplemente siguiendo un manual de psicología. El manual puede servir para dar una respuesta relativamente estandarizada. El psicoterapeuta puede también apoyarse en la medicación para permitir un alivio de los síntomas y una salida rápida y transitoria al problema. Pero solucionar el problema del otro, es harina de otro costal. Para eso se requiere un trabajo entre dos, y hay que arremangarse y meterse en harina. El paciente tiene derecho a ser escuchado, en toda la extensión del término, y tiene derecho a no heredar la cerrazón, la estrechez de miras o la visión pequeña de quién no se esfuerza constantemente en ser él mismo. Pero el psicoterapeuta no debe tampoco contentarse con cambiar la depresión del paciente por una impresión que él mismo puede producir en el otro con sus argumentos y palabras de ánimo. El paciente debe quedar encendido dentro de sí mismo de forma autóctona y genuina, no simplemente impresionado o sugestionado. Desde el punto de vista ontológico, podemos decir que la impresión no es más que la huella del no ser en el ser, o, dicho de otro modo, que la impresión es solo un espejismo, no un cambio real.

La inmensidad del problema que plantea el ser humano, como habitante de un universo aún por conocer, portador de un proceso de vida aún por descubrir, no puede reducirse a límite alguno, y menos a límites inciertos y difusos, como son los de las ciencias concretas. Nada, sino el miedo a lo desconocido, o el miedo a lo que siendo conocido no se quiere afrontar, puede justificar la asunción de límites cuando se busca liberarse uno mismo o ayudar a otro a liberarse de las oscuras cadenas de nuestra psique.

El problema del ser humano sufriendo no es una cuestión menor, reducible a un ámbito del conocimiento y parcelable en reinos relativamente estancos, por muy ricas que sean sus leyes y sus filosofías. En cualquiera de nuestras acciones, sean estas cotidianas o sean estas gestas históricas o monumentales, dejamos las huellas de nuestro estado mental, de nuestra cultura, de nuestros deseos y anhelos, de nuestra sabiduría y de nuestra ignorancia. El orden individual, y también el político y el social se construyen siempre con el ingrediente ineludible de nuestra subjetividad. Debemos recuperar enérgicamente la conciencia de lo subjetivo, al mismo título que hemos luchado por la igualdad racial, la condición de la mujer o la realidad de la variabilidad sexual. Démonos cuenta de que hemos dividido el mundo de forma maniqueísta entre subjetivo y objetivo, que llamamos bueno y fiable a lo científico y que lo científico ignora, discrimina y oprime a lo subjetivo. Bien es cierto que no todas las ciencias tienen los mismos objetivos: las matemáticas deben ser exactas, la historia verdadera, pero debemos reconocer que para cuantos participaron en la Revolución Francesa y en sus luces posteriores, la psicoterapia ontológica e integral, que aquí defendemos, es absolutamente irrelevante.

Cuando las corrientes principales de nuestros psiquiatras y psicólogos, profesionales que cumplen la función social de ayudar a los demás en su turbación interior, se alinean fuertemente con la idea de que la verdad se manifiesta solo en lo objetivo, en la evidencia mensurable y repetible, se mutila nuestra cultura.

Un cuento muy repetido narra la historia del arrepentido que acude a confesarse de su adulterio. El sacerdote le pregunta si había pecado con Fulanita o con Menganita. Por prudencia el pecador lo calla y el sacerdote no le absuelve. Cuando vuelve al bar sus amigos se ríen de él y le dicen que cómo se le ocurre confesarse, siendo algo tan inútil. Él les responde: “Estoy muy agradecido al padre. A mí me ha dado dos datos muy buenos”. El paciente, como el pecador, muchas veces agradece más que la lectura del manual, el reflejo de la sabiduría.

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