En el año 2002 atravesé un momento difícil en mi vida y escribí el siguiente poema:

Soledades

La soledad del que lucha
La soledad del que decide
La soledad del que mata
La soledad del que ama en secreto
La soledad del que pierde
La soledad del forastero

La soledad de las islas
La soledad de un faro
La soledad de un muelle al alba

La soledad de una prostituta
La soledad de una masturbación

La soledad del hijo único
La soledad de un examen

La soledad del águila

La soledad del silencio
La soledad del vacío
La soledad del abandono

La vida sin amigos
La vida sin ternura
La vida sin proyectos

Que no te oigan
Que no te toquen
Que no te amen

No compartir
No sentir

Nunca hablar
Nunca llorar
Nunca cantar
Nunca gritar

Cuando lo leo de nuevo, siento la misma tenaza sobre mi pecho. Esa negra soledad con su espanto. Recuerdo bien la sensación de estar separado del mundo, sordo, ciego, perdido y algo estupefacto. La soledad entonces para mí era algo concreto y yo estaba en ella. Fue durante los años que siguieron cuando descubrí el engaño. Ahora sé que en la realidad más profunda, ni hay ni puede haber soledad y que ese sentimiento desolado es una gran mentira, es una tiranía de lo subjetivo imponiéndose a lo real. La palabra existe, el sentimiento existe, pero eso no les concede el estatus de reales. En mí habitan muchos sentimientos y muchos pensamientos. Emergen, se elevan y desaparecen. Algunos dejan rastros, como los astros al caer. Ciertos pensamientos atraviesan el horizonte de mi conciencia como esos meteoros y he aprendido a dejarlos pasar y a mantener la calma. Hay pensamientos en mi mente, sí. Pero eso no los convierte en míos, en auténticamente míos, en genuinamente míos. Mi mente está produciendo pensamientos constantemente, pero no todos son válidos, ni los puedo suscribir todos como parte integrante de lo que pienso más profundamente. Por eso digo que hay pensamientos en mi mente, pero no son mis propios pensamientos, sino simples excitaciones eléctricas sin significado. A todos nosotros nos pasan cosas por la cabeza a las que podemos o no hacerles caso. Algunas carecen manifiestamente de sentido, y sabemos dejarlas pasar, para que no nos parasiten.

Si bien todos tenemos la experiencia de lo que significa tener en la mente algo que no nos pertenece de pleno derecho y de lo que no somos perfectamente titulares, si tratamos de hacer el mismo ejercicio con los sentimientos, nos encontramos con mayores dificultades. Resulta un poco más difícil darse cuenta que por nosotros transitan sentimientos, pero que no son nuestros auténticos sentimientos. El romanticismo del siglo XIX exaltó el valor del sentir humano, concediéndole la categoría de última verdad y todavía en este siglo XXI seguimos atribuyéndole esa prerrogativa. El independentismo catalán, por ejemplo, se basa, en última instancia, en que se trata de un sentimiento y que siendo de esa naturaleza, es algo inefable, incuestionable e inmensamente real. El sentimiento colectivo de que los catalanes son una nación es el fundamento, es la fuente, son las raíces del movimiento político independentista. Sin embargo, los que hemos vivido la historia catalana de cerca sabemos que la formación de ese sentimiento colectivo se ha ido construyendo minuciosamente y a conciencia con la inmersión lingüística, que resucitó una lengua muy desgastada por los castellanismos, con la manipulación de los textos de historia, con la amplificación de la geografía local, con la construcción de mitos y enemigos y con muchas otras maniobras de influencia masiva. Un joven catalán de hoy en día tiene un sentimiento de pertenencia a Cataluña que él mismo considera absolutamente genuino, pero los más viejos sabemos que ese sentir es, en gran parte, el producto de una gigantesca manipulación propagandística.

Tenemos pues a nivel social, político y filosófico un gran problema con los sentimientos. Nadie, en esas esferas en donde la última verdad se construye en base a la cuestión subjetiva del voto, tiene suficientes argumentos para cuestionar la validez de lo que sentimos.

Pero a todo esto que pudiera parecer una digresión, ¿existe la soledad? Aprendí a darme cuenta de que respiro trece veces por minuto. En mis pulmones y luego en mi sangre se expande el oxígeno que libera el plancton de los océanos, los árboles de la calle, los del Amazonas, las plantas de todos los valles y de todas las cumbres. Bebo a diario el agua de los ríos, que proviene de las nubes que provienen de otros lugares. Como los alimentos que otros hombres han creado. Pertenezco a un linaje que es el mismo para todos los seres humanos. Cohabitan en mi cuerpo miles de millones de bacterias, virus y células, cada una de ellas con su individualidad. Pertenezco al universo. Pertenezco a la vida. Nunca estuve solo. Nunca podré estar solo. Estaba profundamente engañado. La soledad no existe, ni puede haber un ser vivo solo. Me atenazó la soledad y la hice mía, pero era mentira. He dejado de creer en ella. Y también he comprendido que cualquier sentimiento, por más visceral que pueda parecer, tal vez solo sea una estela en el mar.

Si este texto te ha resultado útil, o si crees que puede servirle a alguien que conoces, compártelo en whatsapp o en tu red social preferida. Sólo tienes que hacer clic en uno de los botones. Gracias por tu ayuda.