A medida que me hago mayor, voy confirmando una intuición muy antigua, para la que no tengo palabras exactas. Cada vez encuentro menos acontecimientos sin sentido alguno, como si la propia escenificación de la vida, de los sucesos, de lo que ocurre en cada momento, tuviese un significado que pudiera leerse. Hace ya mucho que abandoné la idea de que las cosas ocurren por estricto azar, por el capricho de un dios que juega a los dados. Creo que desde muy atrás en la evolución de las especies, tenemos la sospecha de que existe un hilo conductor que ensarta los acontecimientos para formar un relato. Algunas veces, las coincidencias y los sincronismos son tan llamativos, que no nos queda otra que admitir que el propio azar tiene algún tipo de conciencia. Lo cierto es que carecemos de palabras adecuadas para hablar de ello. La palabra orden, por ejemplo, nos conduce o bien a un orden predeterminado y determinista del mundo, o bien a un dios que todo lo sabe con antelación. En cualquiera de estas dos formas de entender el orden intrínseco del acontecer, subsiste cierta resignación, cierta falta de libertad, cierta condena y tristeza, como si la libertad fuese un invento ilusorio del hombre. Pero mi intuición para nada es condenatoria sino libertaria. Cuando puedo leer la vida e integrar lo que sucede tanto fuera de mi como dentro de mí mismo en un mismo contexto, siento una extraña felicidad, comparable a la que sentimos cuando encontramos algo perdido o cuando por fin comprendemos algo que se nos resistía.

Comprendo que el afán de conquista científica del hombre nos empuje a buscar las leyes físicas que pudieran estar escondidas tras el caprichoso azar, pero mi vida se agotará mucho antes de que podamos entender por qué, en ocasiones, lo que sucede en el interior de nuestra mente y lo que sucede fuera de ella parecen estar en consonancia. No puedo resignarme a pensar que, a la vuelta de unos millones de años, sabremos algo más al respecto. Las manzanas se caen del árbol cuando ya están maduras, y lo vienen haciendo desde que hay manzanas, no desde Newton. Cuando mi mente está más tranquila, o cuando me impongo tranquilizarla, parece como si aparecieran colores a mi alrededor y entonces veo. En esos momentos de mayor lucidez, las cosas no parecen tan rígidas, tan consistentes, tan materiales, como si la consistencia firme de la realidad material se tornara más parecida a la consistencia virtual de un sueño. En efecto, cuando captamos el sentido de lo que está sucediendo, el sentido de los encuentros, del aparente azar y somos capaces de incorporar esas percepciones en un relato más amplio y coherente, en ese preciso instante, la aparente consistencia material de la realidad pierde sus propiedades absolutas.  En esos momentos, estamos operando bajo otras leyes que algún día, tal vez, podamos descubrir, pero que ahora tan solo podamos intuir. Sin embargo, pienso que la intuición debe ser admitida como una forma de conocimiento que puede conducirnos a la certeza y al sosiego.

La materia que nos rodea y que podemos ver, incluidos nosotros mismos, recibe en cosmología el nombre de materia bariónica. Pero esa materia constituida por átomos solo representa el 4% de la masa del universo. El resto, el inmenso resto del 96% de la masa del universo está formado por algo que llamamos con el eufemismo de materia y energía oscura porque no sabemos lo que es. Ese es el estado actual de nuestro conocimiento científico. Creo que a la vista de nuestra intuición y también a la vista de lo que no sabemos, podemos lícitamente sostener que las cosas no son solo lo que parecen.

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