Me he dado cuenta de que muchas veces, cuando intento hablar de una cosa concreta, no sé bien de lo que hablo, y entonces uso las palabras a modo exploratorio, como aquel que estando en una cueva totalmente oscura, lanzara piedras para explorar los límites de lo que le rodea. Las palabras me sirven entonces para ir más allá de lo que conozco, y averiguar el camino que me lleva al entendimiento. Así, cuando hablo de una cosa en concreto, no sé bien, en realidad, lo que digo. Pero cuando he comprendido algo, utilizo otra vía distinta, que es más alegórica, más resonante, que ya no utiliza las palabras como instrumentos de exploración, sino más como un cántico o una música que buscara resonancias.

Cuando traslado este doble uso de las palabras que hacemos a mi propia introspección, al propio conocimiento de mí mismo, y también cuando ayudo a otra persona en su propia introspección, veo que también es necesario recurrir a este doble uso de las palabras. Hay ocasiones en las que hay que ir poniendo palabras sobre el camino para nombrar sus objetos, para ir construyendo la realidad aparente, para ayudar a la mente a figurarse un modelo que representa lo que parece existir, para alzar un relato. Esas reconstrucciones de la realidad aparente, de las historias de la realidad, se quedan en nosotros y van haciendo un camino silente de conexiones y relaciones, hasta que el discurso cambia y parece que empezamos a darle un significado a los primeros relatos. Entendemos lo que significa, lo que representa, de donde viene, a donde va, con qué se conecta. Podemos generalizarlo y extrapolarlo. En esos momentos, el lenguaje cambia y las palabras ya no dicen exactamente lo mismo que cuando estábamos explorando la cueva. Su significado es más alegórico, poético, lírico, filosófico, simple y general. Alcanzamos entonces puntos comunes de comprensión, como si nuestra mente no estuviese ya atrapada por lo contingente, sino más cercana a lo general. Se abren otros horizontes, otras perspectivas. Hay una liberación de lo concreto, en cierto modo, y una maduración.

Cuando estas comprensiones se intercambian durante la psicoterapia, tengo la sensación de que se producen avances profundos, que se conectan áreas y aspectos de lo concreto que no parecían estar unidos, o que incluso nunca se habían explorado previamente. Nuestra mente vuelve a visitar antiguos relatos que se habían concluido de una cierta manera, y somos incluso capaces de modificar esas primeras conclusiones. En ese punto podemos darnos cuenta de nuestros prejuicios y limitaciones.

Pienso que este ejercicio es necesario y que le debemos dedicar el mayor tiempo y la mayor atención posible.

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