Hay un lugar en algún lugar, en donde se produce la comunicación profunda. No me refiero al contacto empático con otro ser vivo, porque no hace falta estar de acuerdo o incluso entenderse completamente para saber que hemos comunicado con hondura. Tampoco se necesita hablar mucho, pues menos es más y a buen entendedor, pocas palabras. Una mirada, el silencio, algún gesto, alguna frase que acompañe con su sonido nos bastan para llevarnos al territorio certero de la comunicación profunda. No tenemos, en nuestro lenguaje, vocablos claros que describan ese espacio. Lo podemos clasificar como un ámbito subjetivo, para contraponerlo a las cosas que parecen tener consistencia. Pero también usamos el término subjetivo para referirnos a lo volátil, incierto y personal. Decimos que los criterios o las opiniones subjetivas son poco fiables y que, ante decisiones cruciales, conviene ser lo más objetivo posible, para evitar que la inefable realidad nos acabe dando un palo. Así, de entrada y sin saberlo, algo tan fundamental en la vida de un hombre como es su capacidad de comunicar con otro hombre con certeza, cae en el páramo de las definiciones inciertas y brumosas.

Sin embargo, la comunicación profunda con otra persona forma una experiencia vital que se inscribe de un modo casi indeleble. Todos podemos evocar y recordar los momentos en que pudimos hablar muy seriamente con alguien. Y no solo eso. Podemos, muchos años más tarde, volver al mismo punto exacto. El entorno geográfico puede haber cambiado, los objetos desaparecido, los colores cambiado y los cuerpos envejecido. Todos los elementos objetivos de aquel encuentro pueden haber desaparecido, pero podemos conservar en algún espacio compartido la precisa atmósfera mental de una comunicación profunda.

Hoy en día pensamos que ese fenómeno está simplemente localizado en nuestro cerebro, y que desaparece cuando morimos. Sin embargo, lo que ahora escribo podrá ser leído y entendido después de mi muerte y ese espacio volverá a tener luz. Tal vez nos falten dimensiones o elementos esenciales para comprender lo que es la comunicación. Pero parece algo que rebasa ampliamente nuestro cerebro particular. Es algo que existe, que es posible y que no puede únicamente depender de unos cerebros interactuando. Tengo la intuición de que hay un espacio profundo, un tejido de fondo, un sustrato, un “algo” que hace posible que la comunicación profunda suceda. Conecto con ese ámbito por una disposición concreta de mi atención y de mi mente. Está ahí, pero no consigo saber de qué se trata.

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