La expresión verbal o la expresión racional, en cualquiera de sus formas, nos permite avanzar. Es algo muy evidente en el progreso científico, donde es necesario expresar un nuevo descubrimiento, una nueva teoría, para poder seguir progresando, aun cuando con toda seguridad, más tarde o más temprano, ese avance mismo se verá superado por otro. Tanto es así, que un importante filósofo de la ciencia del siglo XX (Karl Popper) sostenía que para que algo pueda ser considerado científico, debe ser posible rebatirlo. Es decir, la ciencia no busca la verdad absoluta, sino el progreso, el movimiento, el caminar. No son tan importantes los pasos en sí mismos, como el propio caminar. Los lugares a los que llegamos mantienen su vigencia hasta el siguiente paso, pero el hecho de caminar debe persistir para que haya conocimiento.

Hoy en día, en este mundo altamente tecnológico, todos sabemos que cualquier novedad técnica tiene una determinada vigencia. Los teléfonos móviles, por ejemplo, están continuamente aportando nuevas tecnologías que se basan en nuevos descubrimientos científicos que hacen obsoletos los inmediatamente anteriores. Tenemos globalmente asumida la impermanencia del conocimiento científico y la persistencia, en cambio, del andar del descubrimiento.

La realidad del movimiento de búsqueda y su utilidad pueden verse de forma relativamente clara en la evolución de la ciencia y de la tecnología. En cambio, cuando nos queremos referir no ya a los descubrimientos científicos, sino al descubrimiento de nosotros mismos, al aclaramiento de nuestros propios conflictos y de nuestras propias realidades íntimas, la visión se nos enturbia súbitamente. Podemos admitir sin reparos que la ciencia tiene un caminar posiblemente infinito, por senderos posiblemente infinitos, pero no podemos admitir la misma evidencia con respecto a nosotros mismos. Cuando el objeto de búsqueda es uno mismo, generalmente, tenemos una idea de lo que se busca mucho menos avanzada que cuando miramos a la ciencia. Creemos que el conocimiento de uno mismo es algo concreto, finito, determinado, acotado. Creemos que por el hecho de entender algo dentro de nosotros mismos, ya hemos llegado a algún lugar concreto y estable. Nos cuesta mucho admitir que el autoconocimiento es un caminar que no tiene fin.

Al igual que podemos observar que la ciencia evoluciona porque se expresa, nosotros también somos capaces de evolucionar cuando expresamos lo que entendemos dentro de nosotros. La expresión del entendimiento que podamos tener de nosotros mismos es un paso absolutamente necesario para poder seguir progresando. La psicoterapia profunda persigue la puesta en funcionamiento de un caminar incesante en la búsqueda de nuestras propias respuestas. Los hallazgos que en un momento dado podemos efectuar en nuestro interior son tal solo un paso, una huella en la arena. Es verdad que hay descubrimientos concretos que nos ayudan, y que no es lo mismo saberlo que no saberlo. Pero eso mismo que acabamos de descubrir, ya es antiguo y quedará de nuevo obsoleto y sepultado, si dejamos de caminar, de buscar. Observo que cada sesión de terapia es un combate nuevo, aun diciendo siempre lo mismo. Es como si en el momento mismo de querer conjurar los pensamientos para expresar algo que pueda entenderse en ese instante, necesitáramos un acto creativo y autóctono. Esa misma creatividad obliga a una cierta independencia con respecto al pasado, a lo adquirido previamente, pero a la vez se apoya en el pasado y en lo adquirido. Inversamente se ve de forma más clara: si no despegamos de lo ya conocido, no podemos crear algo nuevo. Así, en cualquier creación, subsisten las creaciones anteriores, pero también emerge un elemento nuevo que hace que podamos hablar de creación. Esa misma emergencia, tiene también resonancias con la novedad, la vida y la idea de la búsqueda como algo permanente. Cuando me enfrento a la intimidad del otro, lo hago también a mi propia intimidad. Pero para poder mover al otro en su propio camino de indagación, el diálogo debe de ser genuino, nuevo. Esto es una gran dificultad y un gran esfuerzo. Pero tengo la íntima convicción que ese debe el servicio prestado.

Al igual que los pasos en la arena desparecen en cada marea, los hallazgos, las comprensiones interiores que realizamos tienen una frescura y una vigencia acotadas en el tiempo. Tanto el psicoterapeuta como el paciente deben saber esto. Una psicoterapia puede darse por finalizada cuando el otro ya sabe caminar solo, pero ambos deben saber que, si dejamos de caminar, dejamos de vivir y evolucionar.

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