¿Por qué no somos simplemente felices? Cuando observo la inmensa complejidad de un ser humano, los miles de millones de años que hemos necesitado para obtener un cuerpo y una conciencia, la pregunta de por qué no somos felices es aún más relevante. ¿Qué sentido tiene el sufrimiento humano? ¿Tiene algún sentido? ¿Podemos hablar de que hay tal cosa como un sentido para los acontecimientos, o simplemente podemos concluir que no existe sentido alguno a nada? Y si nada tuviese sentido, ¿qué hacemos aquí?

No podemos resolver estas preguntas básicas con una respuesta clara y concluyente. Son, sin embargo, preguntas que nos atañen, que nos afectan. ¿Podemos llegar a ser felices? Nadie es capaz de darnos un sí o un no perfectamente razonado. No hay ninguna razón convincente a favor de una postura u otra. Las respuestas, sin embargo, pueden buscarse dentro de nosotros mismos y no forman parte del universo de lo racional. Lo que es racional, concreto, lógico, no sirve para responder a la pregunta de por qué no somos simplemente felices. Tan solo podemos guiarnos por nuestra propia intuición, por aquello que tal vez ya sepamos, pero no podemos ver. Creo que todos, en algún momento, hemos experimentado, aún por un corto período de tiempo, algo que podríamos denominar felicidad. No me refiero a momentos de placer, sino a momentos de dicha. Momentos de paz y de ausencia de ansiedad. Momentos de plenitud. Pueden haber sido muy cortos, e incluso pueden haber sucedido en otros estados de conciencia, como el sueño onírico o el sueño profundo. Pueden haber sido momentos especiales, contemplativos, en donde todo sufrimiento parece quedar suspendido. En esos raros instantes, parece que nuestra propia individualidad se desdibuja. El peso de nuestra identidad personal, biográfica y psicológica queda por un instante en suspenso. Deja de estorbar, de hacer ruido, de hacer daño. Yo sé que usted me está entendiendo, porque creo que todos experimentamos algo similar cada noche en el sueño profundo: en ese particular estado de la conciencia en que todo queda en suspenso y, sin embargo, seguimos existiendo.

Entonces hagamos ahora la pregunta de otro modo: ¿por qué no persiste esa corta experiencia de felicidad que ya conocemos? ¿Por qué, sabiendo que eso es posible, habiéndolo experimentado, no somos capaces de sostenerlo en el tiempo, en nuestra vida cotidiana? ¿Hay algo que nos lo impide? ¿Por qué somos tan ignorantes?

La ignorancia suele entenderse como algo que simplemente significa la ausencia de conocimiento. Existe tal o cual conocimiento y soy un ignorante frente a él. No sé matemáticas, o filosofía, o medicina o informática. El conocimiento existe, pero yo lo ignoro, no lo conozco, y para disipar mi ignorancia, debo adquirir los conocimientos propios de cada disciplina o temática. Es decir, comúnmente entendemos por ignorancia la falta, la ausencia de un determinado conocimiento que, con método, técnica y dedicación, podríamos llegar a adquirir.

Pero cuando observamos que tenemos experiencia de instantes de felicidad y luego nos preguntamos por qué somos tan ignorantes como para no saber mantenerlos, no estamos hablando del mismo tipo de ignorancia. Aquí, de entrada, sabemos que hay en nosotros la posibilidad de experimentar dicha. Sabemos eso. No ocurre lo mismo con la informática, por ejemplo. No tenemos la intuición de saber o de haber conocido la informática como una realidad interna. Sabemos manejar un programa o no sabemos. Pero en la cuestión de la felicidad, es distinto; sí sabemos que es posible, de algún modo. Por lo tanto, ahora estaríamos hablando de un tipo distinto de ignorancia, la que nos ciega, la que nos cubre y nos impide. Esa ignorancia ya no es una simple carencia de conocimiento, sino algo que existe como tal, con su fuerza, y que se ciñe sobre nosotros para impedirnos ser felices.

Si volvemos a hacer la pregunta: ¿por qué no somos felices?, podríamos ya contestar: “porque mi propia ignorancia me lo impide”. Sabemos entonces que somos, en ese aspecto concreto, ignorantes. Podemos incluso intuir esa ignorancia como un cierto velo sobre nuestra conciencia, una turbación en nuestra mirada, una distracción, una falta de claridad. Llegados a este punto, cabe preguntarse cómo es posible disipar esa espesura que nos impide ser felices. Es evidente que no se resuelve con una pastilla, con una receta de buenos propósitos, o con unos determinados ejercicios. Todos sabemos que es necesario mirar dentro de nosotros mismos para autoconocernos, autodescubrirnos, para quitar los velos que nos cubren. El autoconocimiento puede entenderse como la averiguación de nuestros gustos, emociones o pensamientos. Pero ese punto de vista nos deja tan solo en la superficie de lo que somos. En cambio, cuando entendemos el autoconocimiento como el ejercicio de la disipación de la ignorancia íntima que nos impide ser felices, entonces empezamos a darle sentido a las cosas que nos ocurren. El recorrido de ese tipo de autoconocimiento que disipa la ignorancia nos lleva al encuentro con nosotros mismos. Y también, de forma paradójica, al encuentro con el otro, que, en este sentido profundo, es igual que nosotros. Tal vez ese caminar, esa íntima peregrinación que cada uno de nosotros puede emprender, sirva también para darle sentido a la existencia, e incluso a la existencia de nuestra propia ignorancia. Pues todos sabemos que no es lo mismo conquistar o conseguir algo con nuestro propio esfuerzo, que recibirlo sin esfuerzo alguno.

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