Hace unos días fui a hacerme una resonancia en las rodillas, porque me duelen un poco al correr. Hay que quitarse la ropa, menos la interior y los zapatos. Me dieron una batita de papel con forma de saco, que tiene un corte para la cabeza y dos para los brazos. En la sala no se puede entrar con reloj ni móvil, porque pueden romperse para siempre. Me tumbé sobre una camilla que posteriormente se introduciría en un túnel estrecho. “Hace mucho ruido. Si se siente agobiado puede pulsar este botón” dijo la enfermera, entregándome un pulsador. Cerraron la puerta, dejándome solo, dentro del túnel.

En ese momento me vino el mantra antiguo y remodernizado del “aquí y ahora”. Y pensé, aquí y ahora es un infierno. No puedo moverme, estoy en un habitáculo claustrofóbico y hay un ruido rítmico, cambiante y ensordecedor. Entonces mi mente salió de ese lugar. Me concentré en la respiración, me relajé y me desplacé a otro “aquí y ahora”. El ruido existía, pero no molestaba. El túnel era estrecho, pero no oprimía. Mis pensamientos empezaron a alejarse y entré en un estado de reposo y calma profundos. Me sentí libre en ese lugar imposible. Cuando entraron para decirme que habíamos terminado, estaba casi dormido.

Desde entonces llevo dentro este reencuentro con mi interior. Veo mejor las cosas de mi alrededor, pero permanezco en un aquí y ahora estable, que está aquí y está ahora, pero no está ni en el espacio ni en el tiempo. Está en todos nosotros y posiblemente sea común. Se encuentra sin buscar.

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