La frase en sí es extraña. Podemos aprender de memoria una cosa. Puede ser memoria visual, auditiva, racional, olfativa… Pero, ¿hemos aprendido? Hemos memorizado, eso sí. ¿Es lo mismo memorizar que aprender? Aunque usemos la misma palabra “aprender” tanto para referirnos a la retención de contenidos puramente memorísticos como para la adquisición de una nueva experiencia, hay algo claramente diferenciador entre aprender con o sin experiencia. Es fácil comprender lo que significa aprender de memoria: a diario recordamos números, precios, fechas, nombres y otras cosas por el estilo. Pero aprender con experiencia es algo bien distinto. Pero, ¿qué los diferencia? Cuando decimos: “Lo sé por experiencia”, ¿Qué estamos diciendo? Parece que nos estamos refiriendo a algo que ha sucedido ya dentro de nosotros, en otro momento, y que ha hecho un recorrido en nuestro interior hasta transformarnos. Si decimos, por ejemplo: “Acabo de tener una experiencia”, justo en el momento de vivir esa experiencia, estamos también diciendo: “Sé que acabo de vivir algo que me ha impactado, en cierta forma, y que necesitaré un tiempo para elaborarlo”. Así, aprender con experiencia pasa por una elaboración que requiere de tiempo y que nos acaba transformando. Pero veamos un poco más lejos. ¿Cómo se hace esa elaboración? ¿Quién la hace? ¿Cuándo? Me contestarán, naturalmente, que esa elaboración la hacemos nosotros mismos, y que nos lleva un tiempo realizarla. ¿Y qué es ese nosotros mismos? ¿Es acaso un yo racional? ¿Se trata de algo que nosotros hacemos de forma totalmente consciente y racional, reflexionando y argumentando con lógica? ¿Tenemos las riendas del recorrido que nos hace asentar una experiencia? ¿Sabemos cuándo la terminaremos de elaborar, qué calado tendrá en nosotros, con qué otras experiencias se conectará, qué luces nos aportará? No señores, no sabemos nada de eso. Somos nosotros mismos, sí, los que hacemos el proceso de elaboración y asentamiento; somos nosotros mismos también los que nos acabamos transformando. ¿Pero quién es ese yo mismo, que hay dentro de nosotros y que no es sólo racional?

Me llama la atención que desde hace siglos hayamos ido construyendo una imagen del ser humano como un ser racional, que se expresa con el pensamiento y la palabra durante el estado de vigilia. Pero es fácil descubrir que la elaboración de nuestro aprendizaje más profundo, aquel que conlleva una experiencia transformadora, no se verifica en ese modelo de ser humano racional, sino en otro modelo, que también llamamos “yo” y que opera a deshoras. Lo hace mientras caminamos, nos duchamos, comemos, conducimos, o simplemente, durmiendo. El asentamiento de la experiencia no lo hace ese yo pensativo y racional. Lo hace otro yo más profundo, menos manipulable, más silente y tal vez, más desconocido.

Para que una psicoterapia sea eficaz, qué menos que pretender que el otro tenga alguna experiencia interior que le lleve a transformarse. No podemos pretender que alguien se resuelva a sí mismo aprendiendo de memoria un decálogo de buenas prácticas. Ni tampoco haciendo una serie de ejercicios. Esto sería lo mismo que aprenderse algo de memoria: permanecería dentro de nosotros hasta el agotamiento de esa memoria específica. Tenemos que llevar al otro a que algo se mueva en ese “yo” profundo que está en nosotros, que no es puramente racional, y que tanto desconocemos, aunque en realidad, es lo que somos. Podemos convenir en que somos. Incluso en que somos seres sintientes. Podemos admitir que somos seres humanos. Pero de aquí a definirnos como seres racionales, me parece un desperdicio lamentable.

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