Espera. No contestes. En primer lugar, es una pregunta difícil de entender. Nuestro lenguaje, con su estructura gramatical, y con su manía de hacernos sujetos de un predicado, nos limita el entendimiento de algo en lo que no somos los protagonistas. En segundo lugar, aunque hayamos entendido la pregunta, es complicado hallar la respuesta.

Las canciones, la publicidad, las frases motivacionales y, en general, nuestra cultura, nos invita constantemente a “vivir la vida”, “tomar las riendas de nuestro destino” o a “ser el protagonista de nuestra vida”. Sin embargo, parece que esta manera de hablar implica una idea que no es necesariamente cierta.

Se podría entender así que somos conductores o ingenieros del acontecimiento que es la vida, tanto entendida desde un punto de vista biológico como si atendemos a un sentido más espiritual de la palabra. Pero ¿realmente es así? ¿Podemos manejar la vida a nuestro antojo? ¿De verdad somos los seres que actúan sobre la vida?

Antes de responder a estas preguntas, plantéate la siguiente situación: imagina un grupo de castores que está construyendo un dique en un río. El hecho de que exista un río en ese lugar escapa al control del castor. La existencia de más o menos ramas que apilar en el río también es algo ajeno al castor. La genética que empuja al castor a llevar ese comportamiento característico de su especie también es anterior y más grande que el castor como individuo. Entonces, ¿tendría sentido considerar que es el castor el que controla la situación? Evidentemente existe un conjunto de individuos que construyen un dique, eso es innegable, pero eso no es más que lo que ellos hacen con todo lo que la vida les ofrece. Por lo tanto, podríamos entender que no son los castores los que están viviendo la vida, sino que es la propia vida, a través de su biología, a través de las condiciones ambientales que han colocado un río en ese lugar y a través de la existencia de árboles en ese lugar, la que mueve la maquinaria y la que, a fin de cuentas, da movimiento al castor.

Sí, es cierto, el castor está construyendo un dique, está haciendo. Pero, ¿se culpa el castor a sí mismo si ese año se produce una sequía? ¿pretende controlar el cauce del río a voluntad? ¿acaso sufre porque otro castor ha encontrado más madera que él?

La vida es inconmensurable, nos supera en todas las longitudes imaginables, no podemos abarcarla. Y cada uno de los elementos que nos rodean tienen su razón de ser, en última instancia, en algo que es mucho más grande que nosotros y, por ende, incontrolable. Parece más cierto que nosotros somos tributarios de la vida, es decir, que dependemos de ésta como fenómeno y que se expresa finalmente a través de los seres vivos, los penetra y los anima y no en el sentido contrario.

Si atendemos a aquellos acontecimientos transformadores de la biografía de una persona, encontramos que la mayoría de éstos escapan a su control y que no se han producido de una manera decisional. El nacimiento de una nueva persona, la muerte de otra, el amor, el desamor… Piense en su propia experiencia vital. Ya desde el inicio no tomó ninguna decisión con respecto al entorno donde nació, se lo encontró así. Después, el devenir de las cosas que le van ocurriendo y que puede considerar como definitorias de quien es, se secuencia en una serie de “me ocurrió ésto, me pasó lo otro”, “reaccioné a tal noticia así, y esto me llevó a hacer tal cosa”, “me desenamoré sin saber por qué y esto hizo que se desencadenara una serie de cambios”, etc.

Si reflexiona sobre muchos de los momentos importantes que le identifican, se perderá rápidamente en una concatenación de causas-efectos en las que bastante pronto usted dejará de ser el protagonista de los acontecimientos. Seguramente se dará cuenta de que no hemos sido directores de nuestra vida, de que no hemos decidido muchos de los giros que ésta tomó. Los hitos y quiebros de nuestra existencia, aquellos  que nos han transformado íntimamente, no han sido elegidos ni dirigidos por nosotros en gran medida.

Es cierto que actuamos de manera intencional en nuestro entorno, de la misma manera que el castor construye un dique. El animal deja que la vida fluya a través de él y atiende a su llamada interior. Sin ésta llamada el castor no recolectaría ramas, no nadaría, no construiría, ni tan siquiera se movería y esto no le permitiría sobrevivir mucho tiempo en la naturaleza. De la misma manera, el ser humano necesita escuchar su llamada interior, actuar fluyendo en la vida, pero sin el peso de la responsabilidad de moldear la vida con sus propias manos, sino siendo conscientes de que la vida es una fuerza imparable que nos empuja como el viento a una semilla de diente de león.