Francisco es un paciente de 65 años que presenta una enfermedad mental severa caracterizada por obsesiones y compulsiones. Después de casi tres años acudiendo a terapia y tomando medicación, han mejorado de manera notable la sintomatología y la conciencia del trastorno por parte del paciente. Esto ha provocado que la relación con su mujer e hijos, afectada hasta casi llegar al punto de ruptura, haya mejorado significativamente, así como su calidad de vida y otros problemas secundarios asociados a su trastorno mental.

Hace un año que el paciente sufre mareos que tienen un origen psicógeno. Estos mareos le impiden trasladarse a los sitios solo y realizar la mayoría de actividades que impliquen estar de pie. Ha asumido completamente el rol de enfermo, lo que le está proporcionando una serie de ventajas como la atención continua y compasión por parte de sus familiares y, además, le sirve como excusa para no realizar las tareas que ha acordado con su terapeuta, como leer, pasear, ver películas o colorear.

Francisco acude  acompañado por su sobrino, que le ha ayudado a realizar el traslado desde su domicilio a la consulta a pie. Una vez le ha asistido para acomodarse en el asiento del despacho, le recuerda que le llame cuando finalice la sesión para volver a recogerlo.

En el transcurso de la sesión, se aborda el incumplimiento de los propósitos que el paciente se hizo a sí mismo, a los cuales siempre se pone como excusa tanto sus mareos como una amalgama amplia de pretextos. El siguiente diálogo sucedió tras el abandono del paciente de todas sus excusas y enfrentándose al hecho de que sigue instalado en la inactividad, que empeora su sintomatología obsesiva.

 

Francisco: Todas las noches me acuesto, bien lo sabe Dios, pensando: “Mañana será otro día, mañana será otro día…”

Daniel: Mañana no sabemos si existirá. No hay mañana. Haz hoy lo que quieras hacer mañana.

F.: Pero este es un pensamiento que me da ánimo.

D.: Te puede dar ánimo cuando lo piensas, pero no te conduce a nada. Es un falso ánimo. El ánimo tiene que ver con la voluntad, la acción, el esfuerzo, la energía… Es un falso ánimo, porque al día siguiente sigues sin cumplir lo que te habías propuesto.

F.: Es una esperanza, me ayuda a dormir.

D.: No lo es, Francisco. No se le podría llamar esperanza porque sigues repitiendo el mantra y sigues sin hacer nada. Es, más bien, una mentira que te cuentas a ti mismo. No confundas la esperanza con la mentira. Porque la esperanza, el ánimo, debe verse seguida de una actitud, de un trabajo, de una atención, de una constancia. Entonces es cuando una esperanza se convierte en una especie de fé que te mueve a la acción. Pero cuando la esperanza es solo una mentira te lleva a la parálisis. Eso no se llama esperanza, se llama autoengaño.

F.: Pero no es un engaño porque mi intención es hacerlo.

D.: Pero tu intención no te está llevando a los hechos. Mira los hechos. Los hechos son que, al día siguiente, sigues sin hacerlo.

F.: Para mi es una esperanza. De ahí la frustración que siento cuando llega la mañana y no hago lo que me prometí.

D.: Insisto, eso ocurre porque lo que te dices no te da esperanza, te engaña. Es un autoengaño que tú adoptas esperando que al día siguiente se produzca un cambio mágico. Sin embargo, eso no se va a producir. No se puede dar ningún cambio sin que tú seas el protagonista de él.

F.: Pues en ese mañana espero yo.

D.: Se trata de un mañana completamente fantasioso e ilusorio. Es un mañana que no tiene fecha. Es un mañana del que no quiere hacer lo que debe. Nunca es hoy, siempre es mañana.

F.: Yo me lo repito solo a la hora de acostarme.

D.: Claro. Te acuestas con el conocimiento de que ese día ya ha fracasado, sintiéndote mal. Estás haciendo un acuerdo con alguien que nunca lo cumple. Y sigues creyendo en ese acuerdo, aunque sigas sin moverte. Despierta de eso, te estás autoengañando. Ese discurso no te lleva a ningún sitio.

F.: Vale. (Hace una pausa y mira a Daniel a los ojos, diciendo con convencimiento:) De verdad, mañana cumpliré con lo que me había comprometido.

D.: Francisco, es hoy cuando lo tienes que cumplir. Es ahora cuando lo tienes que cumplir. Fíjate que lo has vuelto a hacer. Cuando empiezas a sentir mala conciencia te vuelves a agarrar al bálsamo del “mañana”. Pero, en lo que nos concierne, el mañana no existe.

F.: Hombre, existe desde el momento en que te acuestas y… y… (titubea.)

D.: Y no te mueres por la noche de un infarto, por ejemplo. Además, haces referencia a un mañana perpetuo, a un ideal. ¿Cómo puedes llegar a ese mañana que sueñas si no es a través de hoy? ¿Cuál es el camino para llegar a ese mañana? Hoy. Es lo único que tenemos. Por eso hoy es verdad, pero mañana no.

F.: Si ya lo sé, yo sé que hay que vivir el día a día. Por eso me frustro tanto cuando no cumplo lo que me propuse el día anterior. Pero voy a seguir intentándolo. Voy a seguir intentándolo… Pero para ello debo contar con que mañana será otro día, otra oportunidad.

D.: Tienes que quitarte ese pensamiento porque es un engaño. Tienes que ir desprendiéndote de esos velos que te ciegan. De esos cantos de sirena que son, finalmente, los que te impiden hacer lo que tienes que hacer. Son mentiras que te hacen sentir muy reconfortado. Tienes que aniquilar eso y hacer ahora, hoy. No pensar en mañana. Lo que tienes que hacer lo tienes que hacer aquí, ahora, hoy. Mientras tengas ese sueño de mañana, no vas a hacer nada. Vas a estar cada día peor mientras te aferres a ese sueño. Mientras sigas reconfortándote, exculpándote y prometiéndote, y que todo esto te sirva a ti como consuelo, que te sirva para poder conciliar el sueño con la tranquilidad de que no ha pasado nada grave. Así te seguirás embaucando. Prueba de que es un engaño es que, a pesar de agarrarte a esa falsa esperanza, no lo has conseguido hacer. Ríndete a la evidencia.

F.: Por supuesto que me rindo a la evidencia.

D.: No es cierto, porque me sigues diciendo que mañana lo harás. A través de ese pensamiento no has podido avanzar. Mientras sigas con la esperanza puesta en el mañana, nunca vas a conseguir hacerlo.

F.: Tienes razón, es hoy cuando tengo que hacer lo que tengo que hacer. (Hace una pausa larga.) Sin embargo, después no lo hago y me siento mal. Al final, acabo pensando esto de: “mañana será otro día”, así, gano fuerzas para continuar.

D.: Pero es que estás equivocado. Mañana es igual que hoy, como puedes comprobar por experiencia propia. Hoy es el mañana de ayer, y ayer también te lo propusiste. Al final, te das cuenta de que no hay ninguna diferencia entre hoy y ayer. Estás hoy igual que ayer. Y mañana no será otro día, seguirá siendo la misma noche oscura, igual que ahora. Es lo mismo. No es mañana cuando tienes que encender la luz, es ahora. Ese mañana, que no es un mañana de calendario sino uno hipotético, es un engaño de tu mente, para tenerte satisfecho. Es un discurso que sirve para mantenerte tranquilo y no tener mala conciencia, pero es un veneno. Al final sigue siendo otra excusa más.

F.: Es una forma de intentar levantarme.

D.: Pero es ahora cuando te tienes que levantar. Y sigues sin querer comprender esto. Sigues queriendo hacerlo mañana. Tu no puedes tomar las riendas de ti mañana, tienes que hacerlo hoy. Ese mañana que tú imaginas no sirve para nada.

F.: Sirve para darme esperanza.

D.: Ya hemos hablado de esto. No es esperanza, es una mentira. La esperanza es otra cosa, mucho más seria y más útil. No utilices esa palabra erróneamente. Tiene que ver con la energía interior, con la fe interior. Con las ganas interiores de ahora, no con las de mañana. Si piensas que estas ganas vendrán mañana, siempre mañana, te estás equivocando. Eso solo puede ocurrir ahora. Siempre en un ahora perpetuo, sin tiempo. Esas ganas no dependen del calendario, ni de la posición de la tierra con respecto al sol, ni del número de vueltas que haya dado la tierra. No depende de nada de eso. Quítate esa falsa creencia. Quítate ese autoengaño. Si lo que quieres es sosiego, si lo que quieres es paz, abandona ese discurso, que es el que te está impidiendo vivir. Te impide ser y estar. Estás retrasando a un hipotético futuro algo que es tu propia vida. Te estás jugando tu vida a una mentira. Vives como anestesiado, drogado, ausente. Como el que está todo el día en el sofá soñando que va a ser un gran arquitecto, pero no va a la universidad, no estudia, y se queda ahí, satisfecho con la ilusión aguada del sueño. Creo que necesitas reflexionar sobre esto. Ahora mismo estamos entrando en una conversación en bucle. Nos vemos la semana que viene, Francisco.

 

A pesar de la dureza de esta sesión, tanto Francisco como Daniel se despiden de manera afectuosa. Han construido una relación profundamente íntima, de confianza mutua.

Ese día, Francisco no necesitó la ayuda de su sobrino para volver andando hasta su casa.

Si este texto te ha resultado útil, o si crees que puede servirle a alguien que conoces, compártelo en whatsapp o en tu red social preferida. Sólo tienes que hacer clic en uno de los botones. Gracias por tu ayuda.