«La risa es la distancia más corta entre dos personas.»
Víctor Borge

Aprovechando la fecha que se aproxima me gustaría hablar de la capacidad tan sana del ser humano de tener sentido del humor. Febrero en Cádiz es sinónimo de carnaval. Los gaditanos, y todo aquel que se acerque a esta esquinita de Andalucía, salen a las calles disfrazados dispuestos a reírse de todo. Y cuando digo de todo es de todo. Se levantan los tabúes, se ríe de la corrupción, de los impuestos, del paro, de sexo, de la locura, de la enfermedad, de la propia muerte e incluso de uno mismo. Lo importante son las ganas de reír. Si la chirigota es buena, uno se ríe, si es mala, pues también, que a eso hemos venido.

Se produce un fenómeno de camaradería. Como reza la frase que introduce esta reflexión: “La distancia más corta entre dos personas es la risa.” Personas que no tienen nada en común se abrazan, comparten, disfrutan, se ayudan, se invitan. Porque les une algo profundo y común que se manifiesta cuando todos se unen bajo la visión compartida del carnavalero.

Permitidme que me ponga un poco comparsista cuando digo que Cádiz es un pueblo sabio. No solo por sus 3000 años de historia, sino por esta capacidad para el humor. El gaditano tiene mucha guasa. Fíjense que es la provincia que ostenta el título de ser la que tiene la tasa de paro más elevada de Europa. Que aquí hay necesidad, incluso miseria. Pero lejos de ser una ciudad triste y gris, es una ciudad que brilla por la gente que la habita.

No solo esto es así en Cádiz, sino que podemos verlo en el resto de España y del mundo. Cuando algún suceso ocurre, como por ejemplo algo tan grave y doloroso como el intento de independencia en Cataluña, a las pocas horas empezamos a recibir en el movil videos y fotos haciendo “cachondeo” de eso.

El sentido del humor es un buen indicador de salud mental. Parece que nos ayuda a metabolizar lo trágico que a veces no trae la vida. Cuando nos tomamos las cosas con humor, liberamos tensiones. Nos permite ver lo dañino, vergonzoso o indignante con una distancia que levanta el tabú. Así, podemos hablar de aquello que duele para elaborarlo y resolverlo. Aligera la carga, quizás para levantar un discurso más amable y menos dramático, que nos aleje de la tendencia de revolcarnos en el dolor sin salir de ahí.

Una frase que he leído por ahí dice: “Reír es como cambiar los pañales del bebé: no resuelve permanentemente el problema, pero hace las cosas más agradables por un momento.” Estoy en parte de acuerdo con ella, y en parte creo que es más importante que eso. Cuando sabemos reírnos con sinceridad de nosotros mismos estamos construyendo una autoestima más fuerte. Quizás nos permita ver mejor la realidad incluso. Si metemos la pata, podemos castigarnos y sufrir, diciéndonos lo tontos, inútiles o malos que somos. Cuando observamos la situación con humor, podemos darnos cuenta, si el es caso, de que esas cosas le pasan a cualquiera, o del peso que tuvieron la situación y nuestra propia intención y acción en el error. Decirnos que somos tal o cual adjetivo no conduce a absolutamente nada, pues ser esto o lo otro nos deja una capacidad de cambio escueta. Cuando vemos la situación con distancia y humor, podemos aprovechar para medir qué hicimos mal, si podemos aprender algo de ello, y cambiarlo, pues no ser ningún adjetivo nos hace libres de comportarnos de otra manera y no actuar conforme a aquello con lo que nos identificamos. Al fin y al cabo, no somos ni seremos perfectos, pero sí que podemos ser mejores, aceptar nuestros errores y fracasos, para aprender.

Existe la idea de que el reírse es algo irrespetuoso, que denota mala educación o frivolidad. Pero tener sentido del humor no significa ser cínicos o mordaces, pues lo que realmente implica es amabilidad y ligereza en el corazón frente a las anclas que hacen que nos estanquemos y hundamos. Un ejemplo de todo lo que quiero transmitir en esta reflexión lo encontré en el video que comparto con vosotros. Se trata de un fragmento de una entrevista de Bertín Osborne a Jorge Cadaval, uno de los componente de la pareja humorística de hermanos “Los morancos”. En el video cuenta cómo vivió el día del entierro de su padre. No hay solemnidad ni seriedad en el relato que hace, más bien todo lo contrario, hay comedia. Sin embargo, percibo sinceridad y un profundo amor por su padre. Su tono de voz refleja una especie de tristeza serena, pero que se mezcla con la felicidad del recuerdo de la persona a la que tanto quiere. Lejos de resultar frívolo, despierta una sensación de ternura y autenticidad. Sí, y me hace plantearme que quizás sea más auténtico que la postura plañidera de aquellos llantos que obedecen la norma de: no solo hay que sufrir ante la tragedia, sino demostrarlo. De vestir el luto.

Opino que es verdad lo que dicen de que en los velatorios y entierros son los momentos en los que uno más se ríe (¡ojo! en los momentos que uno más se ríe, no en los que uno se lo pasa mejor). Y creo que eso es así porque es el momento donde uno más necesita la risa. La risa afloja el nudo del desconsuelo. Nos acerca a los demás, porque quizás lo que uno necesita en esos momentos es la risa del que comparte tu pena, para levantaros y sostenernos el uno al otro. Hay que recordar que los ritos funerarios, los entierros, no se hacen por los que mueren sino por los que se quedan. Ni siquiera es cuestión de honrar una memoria. Se trata de que aquellos que han sufrido la pérdida sientan el consuelo y la compañía de los que tienen alrededor. De saber que no están solos, que tienen apoyo. También de escenificar el paso de decir adiós, para empezar a aceptar la ausencia.

Si piensas que no eres gracioso y que tus chistes no suelen ser la comidilla de tus reuniones sociales, no te preocupes. No se trata de coger un bombo o una guitarra y salir a la calle este febrero a cantar unas letras que desternillen al personal. Ser gracioso no es lo mismo que tener sentido del humor. Tener sentido del humor implica una mirada distinta de los hechos, tiene más que ver con la perspectiva, con cómo te relacionas contigo mismo y con aquello que la vida te va poniendo por delante. Quizás, cuando nos miremos, en vez de autocompadecernos, podamos llegar a reírnos también de nuestro propio dramatismo.

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