Iván busca en sus relaciones afectivas una salida a su pena, pero no encuentra en ellas sino más pena. Y es que tal vez no podamos nunca resolvernos a través de otra persona, sino girándonos hacia nosotros mismos hasta conquistar la calma. En estos microrrelatos encadenados, cuenta cómo se produce la entrada en el sufrimiento, de forma seca y abrupta, y cómo se extiende hasta poder entrever algo de luz. Pero Iván no está solo. Iván somos todos nosotros. En un instante cualquiera, algo nos lanza al naufragio, y de nuevo se repite la pesadilla. Hasta que aprendemos a permanecer más tiempo despiertos.

Para mí las separaciones emocionales marcan un antes y un después. Cuando se dan, siento una pérdida de mi identidad al proyectar demasiado de mi en la otra persona. Este microrrelato lo reproduce:

Solo quedose, escondido de sí mismo,
ahogado en palabras que dejaron de existir.
Solo quedose, escondido de lo mundano, lo real, lo tangible,
ahogado por el sentimiento de perderlo todo.
Solo quedose, escondido de ella,
ahogado por su propia esperanza.

Y es ahí cuando llega el insomnio, la impotencia de no poder dormir que se clava como espinas:

Y vuelves a cerrar los ojos. Detenido en el tiempo comienzas a escuchar todo lo que te rodea de forma amplificada: el sonido del frigorífico, el rumor de la calle tras las ventanas, el ronroneo del gato a los pies de la cama, tu propia respiración.

Y es ahora cuando dejas de escuchar el exterior y comienzas con la prosa interna, el maldito discurso del insomne. Es el momento en el que todo lo que te preocupa aparece de golpe y porrazo, aparecen los miedos y temores, las angustias, los anhelos, los «debería de» y entonces tu cuerpo se mueve.

Te desplazas, das vueltas en la cama, respiras profundamente y coges fuerzas. Te levantas. Andas por tu casa, miras por la ventana y fumas ese cigarrillo que no sabe a nada, solo quema. Y vuelves a moverte recorriendo el espacio escuchando tu relato interior y vuelves a mirar por la ventana. Nada.

Caminas hacia la cama, con ninguna seguridad en ti mismo, en poder ganar la partida. Te acuestas, despacio te acurrucas entre las sabanas, cogiendo una postura cómoda, pensando que esta vez sí, esta vez será la adecuada, esta vez lo conseguirás. Y vuelves a cerrar los ojos.

Haces todo lo posible para cerrar una etapa, para cambiar algo y escribes:

Y escribió una carta de despedida, exponiendo en ella sus sentimientos. Tardo varias horas en acabarla y una vez finalizada dobló cada una de las hojas y las metió en un sobre de color púrpura. Escribió la dirección de envío y el remitente, pero no le puso sello, simplemente abrió uno de sus cajones y la dejó allí. La carta nunca fue abierta, ni leída, pero sí escrita, que era lo verdaderamente importante.

No puedes calmar el ansia que te corroe por dentro, no puedes hacer que pare esa angustia:

Corrió por el pasillo hacia al baño con la sensación de nauseas. Levantó la tapa del inodoro y vomitó. Una opaca masa negra salió de su boca mientras su cara se enrojecía y sus ojos se llenaban de lágrimas por el esfuerzo. La masa calló, pero nada más tocar el agua se estiro formando tentáculos que de forma inmediata volvieron a entrar en su boca. Jadeando se postro de rodillas e intentó expulsar la materia oscura que llevaba otra vez dentro. Pasó varios minutos atragantado sintiendo poco a poco la asfixia y esa cosa en su garganta. Reptó hacia el lavabo y se levantó para ver en el espejo su cara amoratada. No tuvo más remedio que tragarse esa infame y oscura materia. Tras unos segundos respiró profundamente y se enjuagó la cara. Volvió a su cuarto y se tumbó en la cama, otra noche más tuvo que tragarse su ira.

Y sueñas con acabar con todo, y dejar el sufrimiento atrás:

Se despertó sobresaltado, había soñado con un viejo recuerdo tormentoso. Suspiró, cogiendo lentamente aire y la vio. A los pies de la cama una silueta con forma de mujer le observaba, quieta, muda y tranquila. No sintió miedo al verla, ni siquiera se extrañó en absoluto, la esperaba desde hacía ya tiempo. Ella se levantó, anduvo los pocos pasos que los separaban, agacho la cabeza y le susurro al oído.

– ¿Quieres que te bese?

Él la miro con deseo de besarla, caminar con ella, salir de su cuarto hacia lo desconocido y le contestó:

– No, aún me quedan muchos besos que regalar. Cuando todos estén dados el tuyo será el último y juntos cruzaremos la puerta.

Pero en cada lugar, siempre hay una luz, tenue, pero una luz:

Serendipia.

Al pasar los meses, paseando por la vida, buscando una habitación confortable, un refugio hogareño o un cubículo placentero, llegué a un lugar opaco, sin luz. A tientas, caminé como un invidente, intentando palpar algo y no encontré nada. Me tumbe varios días en el gélido suelo sin esperanza alguna, pues, al mirar atrás, no veía la luz del camino recorrido, solo oscuridad. Pero, en una hora indeterminada, ya que perdí la noción del tiempo, levanté mi cuerpo oxidado y continué palpando el aire hasta que mis dedos tocaron una cadena de bolitas de metal. Tiré de ella hacia abajo y una lámpara de plata con tulipa beige se encendió y por fin pude ver. Solo unos metros. Pero pude ver. Al lado de ella descansaba un sillón de cuero rojo, una mesita de caoba y un libro. Me sentí eufórico y unas lágrimas cayeron de mis pupilas, estas últimas al observar que, a pocos metros, donde la oscuridad empezaba a nacer, solitaria pero firme, se hallaba otra lámpara.

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