El siguiente relato ilustrado es un fragmento de un trabajo más amplio cuya autora es Ana, una chica muy joven que acude a consulta.

La expresión de nuestro sentir es una necesidad básica del ser humano. Aquellas cosas importantes, ya sean ideas, afectos o movimientos interiores, se convierten en agua estancada cuando no abrimos el grifo de la expresión.

No siempre es fácil comunicar aquello que nos pasa dentro de nosotros. El pudor, el miedo a ser vulnerables, a que nos juzguen desfavorablemente o el no encontrar las palabras y los gestos adecuados, son algunas de las barreras que nos enmudecen. Hay veces que alzar la voz y dar forma y consistencia a través de palabras a aquellos miedos que habitan en nosotros puede ser terrorífico. Pero, tal vez, nos ayude a sacar a los monstruos de nuestros armarios. Quizás, nos ayude a dejar de ser rehenes de sus amenazas, y podamos ser un poco más libres.

La escritura, la pintura, la música, el cine, los videojuegos, la escultura o cualquier otra modalidad artística pueden ser maneras de comunicar. Para algunas personas se convierte en la manera preferente de mostrar a los demás sus asuntos más privados. Y, aunque pueda parecer que es un lenguaje indirecto, metafórico, interpretable e incluso indescifrable, cuando se establece una conexión entre el artista y el espectador el significado de la obra llega al corazón como una flecha.

Las horas pasan con su interminable tic-tac-tic-tac… Sabes que no hay nada que hacer, das vueltas inquieto, el pijama se adhiere a tu piel mientras luchas contra el fantasma del insomnio, que todas las noches viene a hacerte su visita, impidiendo a tus ojos cerrarse, creando pesadillas en la oscuridad que parecen horriblemente reales. Oyes tu corazón latir agitado, vibrando sobre las sábanas, sabes que no puedes hacer nada. La respiración de tus padres te llega desde la habitación contigua, y en tu mente se transforma en el jadeo de un animal negro y peludo que espera paciente debajo de tu cama a que la más mínima parte de tu cuerpo escape de la protección de las sábanas que te apresan en un húmedo nudo sudoroso.

Notas como el sueño va y viene, junto con el segundero del reloj de tu mesilla… cómo lo odias en esos momentos, ese ruido irritante que te perfora la cabeza mientras intentas conciliar el sueño que no tienes, el sueño que escapa de tus dedos como agua, resbalando, burlándose de ti.

Levantarse a encender la luz es algo tan imposible como tocar la luna, sabes que, si pisas el suelo, esa “cosa” que tu mente ha creado te agarrará el tobillo. Es un miedo infantil, pero en ese momento cobra una terrorífica realidad en tu mente, sabes que sus ojos como rendijas llameantes se entrecierran mientras su boca de dientes afilados sonríe con una tenebrosa mueca. ¿Cuántos nombres se le habrán dado a ese miedo, a ese concepto, a ese monstruo, en la historia? El monstruo de debajo de la cama, un fantasma, un espíritu maligno, un efecto secundario de la falta de sueño, una alucinación, una aparición, el coco. No te importa. Lo único que sabes es que ese monstruo antiguo te quiere a ti, y está esperándote ahí abajo, donde no llega la pobre claridad de la luna.

Pero es mentira. ¿Cierto? No hay nada debajo de la cama, tu mente te juega una mala pasada, el maldito insomnio está ahí, poniéndote enfermo. Pones un pie en el suelo esperando la garra cerrarse violentamente sobre tu tobillo y arrastrándote bajo la cama, pero nada ocurre. Una risa nerviosa, que te arrepientes de haber soltado apenas un segundo después, escapa de tus labios, y en la silenciosa habitación el sonido se amplifica a tus oídos. Casi suena como si no fuera tuya, e intentas eliminar de tu mente todos los pensamientos macabros que aparecen siempre para mantenerte despierto más tiempo.

Un minuto, dos, tres… Resistes las ganas de tirar el reloj contra la pared, de levantarte y gritar hasta quedarte ronco, deshacerte del asqueroso sopor que se cierne sobre tu cabeza por la falta de sueño. Tu corazón lucha por salir de tu pecho, el miedo se puede notar en el ambiente. Las respiraciones de tus padres te tranquilizan hasta cierto punto si lo piensas fríamente, sabes que no estás solo en casa, pero aun así el sudor frío resbala por tu nuca. Parece que el sueño va a llegar, y cuando lo rozas con la punta de los dedos se desvanece en el aire, casi puedes escuchar su risa cruel. Tus párpados se niegan a cerrarse, simplemente no es posible. Tres, tres y media, cuatro… las horas son como vidas enteras, todos los pensamientos tenebrosos acuden a tu cabeza a miles, debes admitir que tienes miedo. Quizá si te levantases a encender la luz… pero sabes que no eres capaz de poner un pie en el suelo. Te insultas a ti mismo mentalmente: “cobarde, cobarde, cobarde”. Pero sabes que no lo harás, así que te quedas inmóvil, la sábana sobre la cabeza y hecho un ovillo.

Ni siquiera notas el sueño, que corre su velo reparador sobre tu cansado rostro, no sabes que sueñas, piensas que sigues atrapado en el infierno de la vigilia hasta que oyes un chasquido, un gorgoteo y una risa ronca, para luego ver unos ojos rojos que salen bajo la cama, rodeados por pura oscuridad, una boca que se extiende en una sonrisa macabra, de dientes afilados como cuchillas. “¿Todavía estás despierto, cielito?” dice el ser, parodiando la voz de tu madre en un susurro. Gritas, pero antes de que hayas terminado ya estás siendo arrastrado a la oscuridad bajo tu cama y sabes que nadie ha podido oírte cuando una garra oscura y afilada se cierne sobre tu cuello. “Duérmete niño, duérmete ya”

Tus ojos se abren con horror mientras tomas aire bruscamente y te incorporas. Miras el reloj. Las cinco, te indica en su brillante esfera. Sólo ha sido un sueño, dices aliviado. Venciendo el miedo, vas a tomar un vaso de agua, sin encender las luces. Crees que ya se ha acabado, pero antes de que puedas subirte de nuevo a la cama, una mano monstruosa se cierra sobre tu tobillo mientras escuchas la risa que puebla tus pesadillas y tus vigilias. “¿No es muy tarde para andar dando vueltas?” dice la voz aguda y desagradable. “Cualquier día te vas a encontrar con el coco”

De nuevo despiertas sobresaltado, sintiendo el sudor correr por tu cara como frías lágrimas. Esta vez si estás despierto, te pellizcas la muñeca para comprobarlo, dejando una marca roja. La noche ha acabado y por la ventana entra la claridad del amanecer. “Pero vendrá otra noche, otra pesadilla, otro desvelo” piensas mientras frotas tus enormes ojeras oscuras con el nudillo del índice. Te levantas y vas a la cocina para desayunar, pero no hay nadie en casa. Escuchas un crujido y te reprochas a ti mismo cuando saltas del susto. Parece que tus padres han ido a hacer la compra, por lo que aprovechas para irte al salón a ver la televisión. Pero escuchas otro crujido, un golpe. Quizá un gemido ahogado y, tus vellos se ponen de punta. La puerta de la habitación de tus padres está entreabierta y una alarma en tu cabeza te dice que deberías correr… Que TIENES que correr, mientras la puerta, chirriando, se cierra de un portazo como en esas películas de terror que tanto odias; no sin antes dejar entrever unos ojos rojos y brillantes y una sonrisa aterradora y afilada que conoces perfectamente. “¿Estás despierto ahora, cielito?”

 

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