Cuando afronto a un paciente absorbido por una pasión como el juego, hago yo también ese recorrido abismal. Nadie quiere permanecer en el corazón del huracán, en el centro mismo del fuego. Se juega con él, a sabiendas de su poder destructor, en una extraña muestra de valentía, arriesgando y perdiendo todo lo que tiene valor. El jugador no llega nunca a despertar del todo, y después de su loca orgía, cree pagar sus deudas con el dolor del arrepentimiento. Pero solo se está preparando para un nuevo acercamiento al torbellino.

Las pasiones extremas se extienden dentro de nosotros como la sangre por las arterias. Se piensa, se respira, se sueña y se actúa para servirlas. Estamos al servicio de ellas. Somos sus amantes secretos, sus esclavos sumisos. Nada es entonces directo, ni natural, ni simple. La mentira se convierte en necesaria, hasta escondernos a nosotros mismos la miseria de una vida perdida.

Cojo de la mano al que está ahí y le muestro en mí el desconcierto de la perdición. Permanezco en el corazón de las tinieblas mientras le miro. Es entonces cuando el otro puede verse a sí mismo y puede emprender un camino de retorno. No hay condena, solo compasión.

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