Sara ha recorrido un largo camino de autoconocimiento en el tiempo transcurrido desde que empezó su terapia junto a Daniel. En esta sesión se aborda la parálisis que siente Sara cuando se enfrenta al estudio.

Sara pensaba que no era capaz de adquirir conocimientos teóricos. De hecho, llegó a plantearse si podía tener alguna patología neurológica que le impidiera aprender. En contraste, Sara ha demostrado ser sobradamente capaz de entender las ideas complejas y abstractas que Daniel ha compartido con ella en las sesiones. Más bien parece que la incapacidad que siente Sara de que no puede estudiar se debe a una idea obsesiva sobre su propia capacidad intelectual.

Daniel: La acción es lo que nos permite avanzar, finalmente. Si no actúas, es muy difícil poder aprender. Es en esa misma lucha en donde podemos aprender.

Sara: Entonces, necesitamos que haya movimiento para ponernos a prueba ¿no?

D.: Creo que es necesario primero saber qué ocurre, cómo y cuándo. Analizando los hechos, has tomado consciencia de que hay un mundo fantasioso que te nubla la mirada y que ha sido construido por tu propia mente. Ese mundo de ensueño ha llegado a solaparse con lo que tú considerabas que era la realidad. Cuando has visto esto, has sido capaz de darte cuenta de que no era más que una pesadilla, casi como un sueño, no una realidad tangible. A su vez, al desapegarte de esa pesadilla, has ido dándote cuenta de que tenemos la capacidad de vernos desde otro lugar, más profundo: un “yo profundo” desligado de toda esa versión maquiavélica que te había propuesto la mente.

S.: Sí, así ha sido.

D.: Ser consciente simultáneamente de que hay una realidad más profunda y de otra superpuesta por nuestra propia mente, es decisivo. Así podemos saber en todo momento en dónde está el faro cuando nos perdemos en el mar bravío. Eso te ayuda a saber a cuál de los dos mundos asirte cuando estás en crisis.

S.: Sí.

D.: Pero también hay que ser capaz de ponerse en crisis a uno mismo, porque si no lo haces, es difícil saber si estás dormido o estás despierto. (Sonríe.) Es un proceso dinámico, que siempre está en movimiento, y por el que tenemos que ir despertando del sueño constantemente, porque a cada instante caemos en él.

S.: La cuestión es tener realmente el control sobre las dos partes. Control en el sentido de poder decidir cuánto escuchas a cada una.

D.: No, porque escuchar sólo hay que escuchar a lo profundo, ya que es lo único realmente auténtico. (Sonríe.)

S.: Pero cuando utilizas la mente con un fin concreto, realmente tienes que escuchar a esa parte, ¿no?

D.: Claro, esa parte es la que te aporta la información para ese fin concreto.

Los actos y sus consecuencias, son el desarrollo práctico de aquello que, sin la acción, permanecería en un plano puramente teórico. Si no actuamos, es como si tuviéramos  una fórmula matemática en un cajón. No vale pa’ na’. (Se ríe.) Es cuando la dotas de datos, de variables y la desarrollas, cuando cobra vida.

S.: Claro, ahí tengo todavía mucho por hacer. Llevamos muchas sesiones reflexionando sobre la parte teórica de lo que me sucede, pero es en el terreno de la acción donde aún tengo que dar muchos pasos.

D.: Yo creo que en este punto es la acción lo que te puede liberar. ¿Tú no te encuentras mejor después de haber ido a estudiar y de haber hecho el examen?

S.: Sí, la verdad es que creo que me ha sentado bien.

D.: ¿Experimentaste algún problema de comprensión?

S: Sí, el día antes del examen, el viernes, tuve una batalla interior muy grande. Cuando me sentaba a estudiar no paraban de venirme a la cabeza pensamientos negativos y sensaciones desagradables. Tenía que salir de ahí, y darme cuenta de que estaba entrando de nuevo en mi propia turbación.

D.: Es como si fuera una pesadilla, ¿no? (Suspira, invadido por la sensación de opresión que transmite Sara.)

(En ese momento su novio, Jaime, se ríe y comienza a hablar.)

Jaime: Para que te hagas una idea, yo estuve con ella toda la tarde. Le preguntaba por lo que estaba estudiando para intentar ayudarla. Y cuando le preguntaba una cosa ella me decía siempre “no lo sé”, y luego, cuando le insistía más, me lo acababa explicando ella a mí. Pero al principio su respuesta era siempre “no lo sé”. Antes de intentar siquiera buscar la respuesta en su mente.

S.: (Sonríe avergonzada.) Así es como estoy con el estudio.

D.: Cuánto me alegro de que él te haya hecho ver como tú misma te niegas tu propia comprensión. 

S.: Si. Ese momento fue bastante esclarecedor porque nos dimos cuenta claramente de cómo funcionaba.

D.: Te pillaste a ti misma con las manos en la masa.

S.: Sí, literalmente.

D.: Qué importante es eso que has vivido. Le habrás dado las gracias, ¿no? (Sonríe.)

S.: (Riéndose y muy colorada.) Sí, sí. Estuvo todo el día conmigo.

D.: Pues muchas gracias de mi parte también. (Mirando a Jaime.)

(Jaime asiente y sonríe vergonzoso.)

S.: El día entero fue así, una batalla continua. Fue un diálogo interno constante, donde yo me ponía a estudiar y en algunos momentos conseguía concentrarme, pero en otros estaba absorta pensando en la imposibilidad que tengo para estudiar, con una sensación de impotencia, de fracaso. Cuando me daba cuenta de que me había perdido en ese mundo mental, me decía “no puedo seguir así” e intentaba desligarme de eso. A veces lo conseguía, pero otras me quedaba bloqueada y no había manera. El día entero fue así, pidiéndole ayuda a él constantemente.

D.: Esa ayuda psicológica que él te presta es como un despertador.

S.: Sí. Eso es. (Hace una pausa.) Creo que aún me queda mucho trabajo por hacer en el terreno práctico. En el sentido en el que cada vez que yo me enfrento al estudio, vuelven esos pensamientos y realmente me veo poco ejercitada en no dejarme arrastrar por ellos.

D.: Has experimentado un cambio importante en las últimas semanas. Cuando empiezas a tomar consciencia de que estás perdida en una ensoñación es cuando te puedes enfrentar a ello y despertar.

S.: Hay veces en que empiezo a sentirme mal y tardo un buen rato en darme cuenta de qué es lo que me está pasando. Y una vez que me doy cuenta, noto que aún me cuesta mucho soltarlo. Todavía me puede. Pero al menos me estoy dando cuenta.

D.: Es como una telaraña en la que caemos a traición, de noche, con alevosía… Nos va atrapando y hace que veamos una realidad muy distorsionada. Vemos la realidad con otros colores, con otros parámetros. Y nos lo creemos.

En esa lucha es donde debemos tener puestas todas nuestras energías. En algunas antiguas escuelas de yoga, en la India y en el Tibet, se invoca, durante la meditación, a una diosa con muchos brazos blandiendo un sable. Se invoca esta imagen alegórica para que corte de raíz cualquier pensamiento que nos invada.

S.: Es increíble lo antiguo que es esto. (Se ríe.)

Tengo la sensación de que hablamos de cuestiones prácticas, aunque aparentemente hablemos de aspectos teóricos. Partimos de un modelo teórico según el cual en nosotros existe un yo profundo y una mente que es la que nos tortura. Y gracias a ese modelo más teórico he podido entender lo que me sucede en el día a día.

D.: Claro. En el momento en el que Jaime te ha forzado a darte cuenta de que la incomprensión sólo es una idea de tu mente, no algo que se produce realmente en ti, has podido conectar las ideas teóricas aprendidas con lo que te estaba sucediendo. Eres una mujer muy inteligente, con una capacidad de comprensión y abstracción muy alta. En ese momento, se ha producido una convergencia entre lo que ya estábamos viendo a nivel teórico, y lo que has experienciado a través de la acción. Y todo ello te ha llevado a darte cuenta de la falsedad en la que entras muchas veces.

S.: Exacto.

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