Carlos es un chico de 15 años que ha comenzado a acudir a consulta por problemas de ansiedad social. Es un chico inteligente, sensible, educado, tímido y con un buen comportamiento tanto en casa como fuera de ella. Maduro para su edad. Durante sus años en la escuela primaria, sufrió las burlas constantes de sus compañeros de clase. Esta exclusión le ha marcado profundamente, de tal manera que le cuesta mucho confiar en los chicos de su edad. Es muy sensible ante cualquier situación en la que él se sienta apartado.

En esta sesión, Carlos relata un episodio que le ocurrió durante la semana y que le ha generado mucho dolor. Su mejor amigo, Sergio, se olvidó de mandarle un mensaje diciéndole que habían adelantado la hora en la que habían quedado todo el grupo de amigos. Carlos llegó una hora y media más tarde, se acabó enterando de la verdad y creyó que sus amigos no querían estar con él. Finalmente habló con su amigo y entendió que fue un despiste.

Carlos: Yo creo que todos los problemas de confianza que tengo vienen por lo que me pasó en el colegio. Y de mis problemas de confianza vienen los problemas de ansiedad.

Daniel: Sí, estoy de acuerdo. Es la sensación de que no puedes encontrar aliados.

C.: Por cualquier situación me entra una tontería… lo paso muy mal.

D.: Lo que te ha pasado fue un malentendido, ¿no?

C.: Sí, pero me afectó mucho. Sentí mucha decepción. Me sentí mal.

D.: Entiendo. Pero fue un malentendido.

C.: Ya. Sí, fue un malentendido. Luego lo hablé con mi amigo y lo comprendí. Lo que pasa es que yo no puedo meterme en su cabeza. Yo lo único que sabía es que a mí no me había dicho nada y que cuando llegué habían estado ya allí mucho rato, todos juntos sin mí. Lo primero que pensé es que no quería estar conmigo. Por cosas así empiezo a desconfiar.

D.: Te entiendo. ¿Cómo crees que se puede solucionar eso?

C.: No lo sé. Con el tiempo quizás. Cogiendo más confianza con la gente.

D.: Claro.

C.: Yo sé que a cualquier otra persona no le afecta tanto como a mí, sé que es una tontería. Sin embargo a mí me afectó. Cuando pasan estos malentendidos, ya empiezo a pensar que me van a dejar solo.

D.: ¿Tú notas algún tipo de rechazo en tu grupo de amigos?

C.: (Tajantemente.) No. Al principio sí, pero porque acababa de llegar al grupo, era el nuevo. Ahora soy uno más.

D.: Ten cuidado con este tipo de cosas. Si ahora empiezas a tener comportamientos como el que me cuentas, puede que acaben diciendo: “este tío es más raro que un perro verde”. (Se ríe.) A ver si acabas tú provocando eso que temes. Sería dramático que tú pusieras eso en funcionamiento.

C.: (Sonríe.) Sí, tienes razón.

D.: Lo que te ha pasado es muy duro, Carlos. El resto de los niños se han estado riendo de ti desde que tenías 6 años hasta los 11.

C.: (Mira hacia abajo, su rostro cambia, se puede ver la tristeza en sus ojos.) Estar solo durante los recreos. Mi mejor amiga me dejó de lado para empezar a juntarse con otra niña. Es que me pasaron muchas cosas…

D.: Y tu fuiste sintiendo la exclusión, ¿no?

C.: Sí. Mi madre me contó hace poco que a veces me veía triste o raro e iba a hablar con mis profesores para saber si yo estaba bien, si me pasaba algo. Estos le decían que yo estaba perfectamente y que estaba incluído en el grupo. Pero era mentira. Yo nunca estuve bien con mis compañeros. En las excursiones yo nunca tenía con quién ponerme de pareja en el autobús. En el viaje de fin de curso no tenía a nadie para compartir la habitación del hotel.

D.: ¿Nadie quería estar contigo o tú no querías estar con nadie?

C.: No es que nadie quisiera estar conmigo. Era que no tenía relación con nadie. Es que no hablaba con ellos. No tenía un amigo con el que decir: “me pongo contigo”.

D.: Qué duro. (Reflexiona pausadamente.) ¿Cuándo empezó a mejorar la situación?

C.: ¿Mejorar? Supongo que este año, cuando he conocido a Sergio y me ha empezado a ayudar.

D.: Eso está bien. Lo que pasa es que tú no puedes construir una vida sobre una sola persona.

C.: Lo sé.

D.: Aunque sí que puede que Sergio sea un eslabón que te ayude a salir de todo esto. Es real que te han hecho daño. Y ese daño se manifiesta en esto que te pasa: Que llegas una hora más tarde a dónde están tus amigos y vuelves a revivirlo todo. Todas tus memorias, sólo en el patio del colegio. Todo el daño que te han hecho.

C.: Sí. Por eso me cuesta tanto confiar.

D.: Pero quizás en quién tengas que confiar es en tí mismo.

C.: También.

D.: Me parece que el tema empieza por uno mismo. Cuando uno no es capaz de estar bien con uno mismo no hay ninguna manera de estar bien en ningún sentido. Porque si tienes que esperar a que otro te permita vivir… ¿Qué vida es esa que depende completamente de lo que digan o hagan los demás?

C.: Es verdad, no puedo vivir siempre enganchado a los demás. Así nunca conseguiré estar bien.

D.: Me parece que has tenido que aprender muy joven cómo son los humanos. Yo creo que en vez de dirigirte a pensar que vas a encontrar personas que se van a portar bien o mal contigo, debes dirigirte hacia ti mismo. Tener esa dependencia de los demás es como comprar un billete de lotería. Te pueden tocar o no buenas personas en tu camino. Creo que es más estable el dirigirte a entenderte mejor a ti mismo. A ser lo más autosuficiente posible. Evidentemente, los demás juegan un papel muy importante en tu desarrollo, porque son un espejo o creemos que son como un espejo. Si los demás no te reconocen, no te dan tu sitio, no te respetan, acabas creyéndote que no eres merecedor de respeto y sufres. Pero me parece que tenemos que coger al toro por los cuernos. Tú eres un chico más sensible, distinto de la mayoría de los niños, con otros intereses, pero eso está muy bien. Otra cosa sería decir: “no, yo es que tengo intereses diferentes porque me dedico a pinchar las ruedas, hacer gamberradas, a robar…” Sin embargo, lo único que a ti te pasa es que eres un hombre con otras sensibilidades y otros intereses.

C.: Ya… pero es que eso me genera problemas. Yo no lo veo como algo bueno. Hubiera preferido ser como el resto de los niños.

D.: Si lo planteas así, el problema no tiene solución. Porque lo cierto es que tú no eres como el resto de los niños. E insisto, eso está muy bien.

C.: Ya, es solo lo que yo preferiría, aunque eso no sea ni vaya a ser así.

D.: Tú puedes preferir ser pájaro, si quieres. Pero, ¿cómo vas a ser pájaro si lo que eres es un hombre? Puede que lo prefieras, pero ya estás prefiriendo algo que no es posible. Lo que yo te estoy sugiriendo es que quizás el camino más corto es que te aceptes a ti mismo tal y como eres.

C.: A ver, yo me acepto como soy. Me da igual lo que piensen los demás.

D.: Exactamente.

C.: Si yo he nacido así y soy así, no lo voy a cambiar. Pero si hubiera podido elegir ser como los demás, lo hubiera elegido. Si yo soy así pues ya está, tampoco quiero que nadie lo cambie.

D.: Si alguna posibilidad tenemos de estar bien, es estando bien con nosotros mismos. Si empezamos el día, ponemos un pie en el suelo y ya no estamos bien con nosotros mismos, es imposible estar bien.

Yo te tengo que ayudar a superar esto. Y no siendo otro, porque eso es imposible. Tú eres quién eres, y está muy bien. No haces daño a nadie. Me parece que te tengo que ayudar a que te reconozcas a ti mismo y te aceptes tal y como eres, tal y como sientes. Que veas el valor de eso, porque eso es lo que hay. Intentar enseñarte a actuar como los demás, no se sostiene; eso se va a deshacer como la nieve bajo el sol.

No veo que haya nada en tí mismo de lo que debas deshacerte. ¿Qué has hecho de malo? (Carlos sonríe.) Tú más bien has sido, tristemente, víctima. Me parece que todo esto te ha forzado a madurar mucho más. Yo creo que debes ser quien eres. Está bien que conozcas a más gente. Hazlo más que nada para que veas que tú no tienes nada de raro. Para darte cuenta de que puedes comunicar con quien quieras si te da la gana.

Sigues siendo un hombre con una sensibilidad más profunda, sobre todo por eso que te ha pasado tan duro. Lo que has vivido ha sido muy duro, y a pesar de ello, sigues siendo un hombre con una sensibilidad más profunda que la mayoría. Los otros chavales de tu edad no han pasado por eso, y por ese motivo eres más maduro. Eso es una capacidad que tú tienes. Yo creo que lo tenemos que ver desde esta perspectiva.

Lo que estás haciendo ahora, integrarte con tus compañeros es muy terapéutico. Ahora te mueves en otra atmósfera donde ves lo cruel que fueron contigo sin que tú tuvieses absolutamente nada de malo. Fue, simplemente, la crueldad del patio de un colegio de pueblo donde se ríen de aquel que no es como los demás. Ser como los demás implica ser así de cruel.

C.: Es verdad.

D.: Si te lo propusieras, seguramente podrías llegar a comportarte como ellos, pero ellos no podrían llegar a sentir como tú. Si quieres, te puedes volver tonto por un rato. Pero ellos no pueden volverse listos de repente.

(Ambos se ríen con complicidad, la postura de Carlos cambia, se sienta más erguido en la silla.)

Tenemos que reconciliarnos con nosotros mismos. Nacemos siendo nosotros y morimos siendo nosotros. Para bien o para mal, lo que tenemos es lo que tenemos: podemos ser altos, gordos, negros, amarillos, verdes… eso es lo que hay . Y como mejor se vive es aceptándonos. Una vez que te reconoces y te aceptas a ti mismo, empiezas a conocerte mejor. Empiezas a ver qué te gusta, a disfrutar de lo que la vida te ofrece.

Está bien que te socialices. Es muy valiente por tu parte y muy necesario. Pero no pongas todos los huevos en esa cesta. Eso te va a ayudar a curarte las heridas. Pero, en la vida, tú tienes que seguir tu propio instinto, no el instinto de otro. Si te niegas a ti mismo, si quieres ser otro…

C.: Yo no quiero ser como otro.

D.: ¿Tú quieres ser como tú?

C.: Yo quiero ser como yo. Yo no quiero ser como nadie más. Yo estoy cómodo con cómo soy.

D.: Como me has dicho eso de que tú preferirías ser como los otros…

C.: Claro, es que si yo hubiera podido elegir entre ser como los otros o ser el diferente… Si me hubieran dejado elegir… Pero…

D.: ¿Seguro? ¿Piénsalo bien?

C.: Pues pensándolo bien, de haber sido como la mayoría… entonces hubiese sido yo el que le habría hecho daño a otros como yo.

D.: ¿Entonces?

C.: Yo no querría eso. Yo estoy bien con cómo soy.

D.: Yo creo que sí, ¿no?

C.: (Sonríe ampliamente) Sí.

D.: El pensamiento de “si hubiera podido elegir sería como la mayoría” es un pensamiento muy venenoso. Por eso me he detenido en él, porque te puede llevar a deprimirte. Seguramente formaría parte de tus pensamientos cuando te sentías más triste, más aislado. Es un pensamiento que conduce al sufrimiento, ya que es la negación de tu propia realidad. Además, no te conduce a ninguna parte. Te lleva a machacarte a ti mismo sobre tu propia suerte, sobre tu situación. Y eso, al no tener solución, no tiene fin.

Quizás no te gustaría haber vivido lo que has vivido. Pero no lo sé… Es cierto que si no somos capaces de superar estas cosas, eso nos aniquila. Pero si somos capaces de superar la infamia, nos convertimos en seres humanos con una visión diferente sobre la vida y sobre el resto de los seres. Nos convertimos en un ser más valioso, con más experiencia, con mejor conocimiento sobre el sufrimiento. Seremos mucho más conscientes del sufrimiento que un hombre puede provocar en otro hombre. De cómo podemos nosotros ser crueles con otras personas. Y aquí tienes dos opciones: o te conviertes tú en el mayor cabrón que hay sobre la faz de la tierra o creces como ser humano. Puedes tomar esta experiencia como algo que te va a servir, durante el resto de tu vida, para poder ponerte al lado de los que realmente necesitan tu ayuda o en cambio puedes decidir destruir a los demás. Tienes básicamente estos dos caminos. ¿Tú cuál prefieres?

C.: Yo no quiero ser tan malo como la mayoría. Tampoco es que haya personas buenas o personas malas, todo el mundo tiene de las dos cosas.

D.: Estoy de acuerdo contigo. Pero entiendeme. Una persona a la que han vejado puede llegar a convertirse en un monstruo.

C.: Ya, y lo entendería. Pero yo no quiero ser así.

D.: Cuando te caes de la bici, ¿está bien o está mal? Bueno, de esa manera aprendes a montar en bici. ¿Entiendes lo que te digo? Al final, las cosas que nos pasan en la vida, si sabemos digerirlas, nos hacen más fuertes.

Yo creo que estas sesiones pueden ser una oportunidad para convertir todo ese mal rollo en una oportunidad de aprendizaje de lo que son los seres humanos y de dónde te quieres situar tú.

C.: De todo lo malo se aprende.

D.: Sí, estoy de acuerdo contigo en que no hay ni bueno ni malo. Tan solo cuando no somos capaces de digerir una experiencia, puede surgir un problema, como te está pasando a ti ahora. Fíjate cómo un simple malentendido hace que se genere un incendio dentro de ti.

C.: Claro, yo creo que las cosas que me pasan enfadarían a cualquier persona, pero no tanto como a mí.

D.: Exactamente. Tu herida está ahí. Ahora tu reto es que lo puedas dominar, y que eso no te domine a ti.

C.: Esto que me ha pasado ahora con mi amigo, aún sabiendo que es una tontería, me dolió. Es cierto que luego lo hablamos, y yo sé que no quería dañarme. No sé por qué me afectan tanto estos malentendidos…

D.: Hombre, te afectan por las mil veces que te han despreciado. Porque te han dado muchos golpes y te asustas más de la cuenta cuando ves a alguien levantar la mano. Seguramente has vivido muchas traiciones a tu alrededor y a cada atisbo, memoria o sueño vuelves de nuevo a sentir lo mismo. Sientes malestar ante cualquier cosa que te recuerde a lo que te pasó, como una reacción alérgica.

C.: Claro, sí, es por lo que me pasó. Porque cuando lo recuerdo empiezo a sentirme mal. Me da miedo que se repita.

D.: Claro, es natural. Y es comprensible. Pero, al final, tenemos que aprender a gobernar nuestro barco. Sí, es verdad que eso te pasa. Pero tenemos la capacidad de aprender. De hecho, lo hiciste, hablaste con tu amigo, te reconciliaste con él. Tenemos que intentar minimizar estas reacciones; no sé si lo podemos curar completamente, pero debemos tratar de conseguir que no te paralicen, porque si no serás un inválido. En ese caso, los del patio, te habrían vencido. No solo te jodieron cuando eras pequeño si no que te habrían dejado marcado para toda tu vida.

Cuando te vengan recuerdos de aquellas cosas que te pasaron, cuéntalas, suéltalas con aquellas personas de tu confianza o que te puedan ayudar. Aquí estamos para sanar todo eso. Y tenemos que pasar por ello. No podemos decir: “Aquí no ha pasado nada, eso son cosas de niños”. No por negarlo va a desaparecer. Yo creo que tenemos que rescatarlo, ponerlo encima de la mesa. Seguramente te hará vomitar, te hará sentirte fatal, pero eso tiene que salir. Tienes que sacarte eso de encima. No va a ser siempre muy agradable, pero yo no estoy aquí para hacer cosas agradables, sino para ayudarte a sanar y a que no quedes marcado por lo que te ha sucedido en la infancia. Aquí no estamos en una sala de masajes. Esto va de afrontar el sufrimiento y poder vivir a pesar de él. Y liberarte, porque la verdad es que no tienes nada que reprocharte ni de qué avergonzarte.

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