Sara es una chica joven, de 28 años. Generalmente está presente también la pareja de Sara. La pareja se mantiene muy atenta en las sesiones, normalmente en silencio, pero su comprensión contribuye claramente al avance de Sara y de ellos mismos.

En esta sesión hablan sobre el estado de parálisis en el que vive Sara: le cuesta mucho llevar a cabo cosas tan básicas como ducharse o dar un paseo. Posterga de forma indefinida acabar sus estudios y salir del hogar familiar. Está muy unida a su familia, especialmente a su madre y a sus hermanos, y en más de una ocasión Daniel le ha comentado que quizás ahí radica parte del problema.

Daniel está profundizando en qué se esconde tras ese bloqueo que la mantiene petrificada.

 

Daniel: ¿Por qué no intentamos despejar un poco esa nube gris que te invade y te paraliza? ¿En qué consiste esta parálisis? ¿Puede ser miedo?

Sara: Creo que sí, es posible que lo que me invada sea el miedo.

D.: Miedo… ¿Miedo a qué?

S.: Pues no sé, tengo miedo a muchas cosas. Miedo a hacer el ridículo cuando estoy con otras personas, a quedarme apartada y al margen. Miedo a no desarrollarme con normalidad, a quedarme estancada (Lo dice con la mirada fija y con la cara rígida.).

D.: Y ¿de dónde crees que puede venir ese miedo?

S.: Mi madre tiene muchos miedos y de alguna forma me ha inculcado ese miedo a todo en la vida. De hecho, hoy, cuando veníamos hacia aquí en coche, me ha advertido que tuviéramos mucho cuidado porque con el viento se están cayendo muchos árboles y puede ser peligroso. Cosas de ese tipo me han estado acompañando, desde que soy pequeña, en todo momento. Por ejemplo, nunca aprendí a montar en bici. Mi madre siempre me decía “vaya a ser que te caigas y te hagas daño”.

Tal y como hemos hablado otras veces, mi madre es una mamá pato y todos los patitos estamos bajo sus alas. Nunca he conseguido desprenderme de ello. En la vida hay que asumir riesgos…

D.: …y caerse.

S.: Efectivamente, y caerse. Yo no me he dado golpes con la realidad hasta que cumplí 18 años. A esa edad y por mi cuenta, comencé a asumir ciertos riesgos, aunque tampoco te creas que demasiados (Se ríe.). Pero luego volví bajo el halo de la mamá pata. No sé lo que es vivir fuera de esa protección, de esa seguridad.

D.: ¿Y tanta fuerza tienen esos miedos que te ha inculcado tu madre como para impedirte  vivir?

S.: Sí… No es miedo a nada en concreto, es como miedo…

D.: Es como miedo a ser libre.

S.: Exactamente.

D.: ¿Y no te da miedo lo que te está pasando? ¿Esa parálisis de la que me hablas?

S.: No.

D.: Pues es curioso, porque lo que te está pasando da pavor ¿no?

S.: Eso parece, sí.

D.: Lo que me cuentas es que hay una serie de fuerzas que no puedes controlar, llamémosle hábitos, aprendizajes o como quieras, que te están causando miedo a vivir.

S.: Sí, eso es.

D.: Pero ¿cómo es posible que tengas miedo a lo único que realmente tenemos, nuestra vida?

S.: Sí, es cierto.

D.: Estás atenazada por un miedo inexistente, que sólo está en tu mente. Tener miedo a la propia vida debería darte pavor ¿no?

S.: Me siento desprotegida e insegura, como si aún fuera una niña.

D.: Sí, pero ya no eres una niña.

S.: Pero sigo sintiendo lo mismo.

D.: No dudo que te sientas así, pero ahora tú tienes que ser la que lleva el timón de la nave. Tienes que tomar consciencia de tu propia vida, de tu muerte, de tu existencia, de tu tiempo. Estás sacrificándote por unos miedos que están en tu mente, que no existen. El tiempo de que disponemos es muy valioso. Y, en realidad, tampoco nos pertenece , porque se nos arrebata en cualquier momento. Lo único que está a nuestro alcance es ser consciente de que esto es el tiempo del que disponemos y que ese tiempo no se mide con el reloj, sino que se mide con su intensidad. Se mide con la libertad que tenemos de abrazarlo, de sentirlo.

S.: Pues ese tiempo se me está escapando (Hasta ahora no parecía mostrar esa desesperación que Daniel le intenta reflejar, pero aquí sí parece comenzar a sentirlo.).

D.: Estás dejando que se escape algo que es maravilloso: sentirse vivo y obrar en consecuencia. No hay nada real en todo aquello que temes. A lo que debes temer es a la parálisis, a quedarte en tu cama, a quedarte en ese reducto.

S.: Es como si no viera el peligro de  hacer lo que estoy haciendo. O, mejor dicho, de dejar de hacer lo que estoy dejando de hacer.

D.: Es todo mentira Sara. Es como una pesadilla. Estás viviendo una pesadilla, pero estando sonámbula. Tienes que despertar.

S.: Pero ¿qué significa despertar?

D.: Significa detener ese proceso mental en el que asumes que la pesadilla es real.

S.: Yo tengo la sensación de que mi vida es eso que ocurre desde que estoy en la cama hasta que vuelvo a estar en la cama. Lo que hay en medio es algo forzado, donde no estoy viviendo realmente. Siento que estoy obligándome a no estar en la cama. Lo siento como un trámite. (Lo expresa con pesar.)

D.: ¿Y no te da pena echar a perder tu vida así?

S.: Creo que no me da pena, que no lo veo. No veo el peligro de vivir como lo estoy haciendo.

D.: Pero, en cambio, cuando ves que los demás se ríen, hablan y son libres, a ti te gustaría estar ahí.

S.: Sí, eso es cierto.

D.: ¿Entonces? ¿No te gustaría rasgar ese velo, salir y liberarte de eso?

S.: ¿Podría hacerlo en cualquier momento?

D.: ¡Claro! En todos los instantes en los que tú me entiendes, lo estás haciendo. Si esa prisión formara parte de ti, de tu estructura, no podrías entender lo que te quiero decir, porque nunca habrías conocido la libertad. Pero lo que ocurre en realidad es que vas  alternando, y hay instantes en los que estás fuera de la pesadilla e instantes en los que estás dentro. Y cuando estás dentro es cuando sufres.

S.: Me gustaría estar fuera de esa prisión de la que hablas, para no sufrir…

D.: Pues hazlo ¿no? Porque en realidad ya lo eres, ya eres libre. No hay ninguna barrera más que la que tú misma te creas. Eres libre. Si no fueras libre en el fondo, no podrías entenderme cuando te hablo de lo que es la libertad. Estás hipnotizada por tu propio laberinto. Despierta y asume que eres libre. Estás atrapada en una figuración mental, en una ficción. Que yo sepa, no se te ha caído ningún árbol encima nuestro mientras hablábamos ¿no? (Sonríe.)

S.: (Sonríe.) No, de momento no.

Si este texto te ha resultado útil, o si crees que puede servirle a alguien que conoces, compártelo en whatsapp o en tu red social preferida. Sólo tienes que hacer clic en uno de los botones. Gracias por tu ayuda.