Julia es una mujer de 51 años, casada y con un hijo. Durante el último año ha estado asistiendo rigurosamente a sus sesiones de terapia sin saltarse ni tan siquiera una. Es consciente de tener un problema que le atormenta y que quiere solucionar, pero no alcanza a encontrar el cómo hacerlo. En los últimos meses, ella y Daniel, han pasado por lugares delicados y profundos de su historia. Ha podido tomar conciencia de cómo el trato recibido por su padre ha inoculado en ella el convencimiento de que es una persona limitada, que no es capaz de llevar a buen término lo que se proponga. Ese martilleo se ha filtrado a muchos aspectos de su vida, aunque es en lo laboral donde más ha hecho mella, siendo su propia inseguridad quién ha saboteado los intentos que tuvo en su juventud de progresar. Actualmente tiene un trabajo que realiza correctamente pero que no le satisface y en el que se siente estancada.

Tras ese viaje por su biografía, buscando una hipótesis que explicara el sufrimiento que ha padecido durante años, Julia dice encontrarse peor que nunca. Parece que este recorrido más que darle perspectiva y liberarla, ha hecho que se apegue más, si cabe, a su dolor. Los pensamientos negativos sobre sí misma y sobre el futuro se han vuelto más acuciantes, llegando incluso a tener ideas de suicidio como única salida del callejón en el que se ve arrinconada. No falta un día al trabajo a pesar de que debe hacer para ello un esfuerzo muy grande. Permanece todas las tardes y los fines de semana en la cama, y está disminuyendo considerablemente su contacto con la familia y los amigos.

En esta sesión Julia parece estar un poco mejor, aunque ella misma no es capaz de percibirlo. Sin embargo, su familia está de acuerdo con Daniel: se aprecia cierta mejoría en su estado de ánimo. La conversación versa sobre la necesidad de adoptar una perspectiva sobre lo que nos hace daño. “De alguna forma tenemos que poder colocarnos para, a pesar del dolor y el sufrimiento, poder vivir” le dice Daniel. Esto le lleva a hablar sobre la importancia de mirar hondo en uno mismo, de conocerse y reconocerse. Es en este contexto donde surge el siguiente diálogo.

Julia: Pero Daniel, las personas que no miran tanto hacia dentro viven mejor ¿no?

Daniel: (Sonriendo.) Qué va mujer, en absoluto. ¿Tu sabes la cantidad de miedos e inseguridades con las que viven esas personas? Son livianos, un soplo de aire tambalea fácilmente sus cimientos. No tienen rumbo ni fundamento. (Hace una pausa.) Comprendo la tentación de pensar que estaríamos mejor descerebrados, sin percatarnos mucho de aquello que nos hace daño. Puedo entenderlo perfectamente, porque es la tentación de todo ciudadano.

J.: (Con cierto tono nostálgico.) Es que yo antes de ahondar tanto dentro de mí y en mis problemas, era más feliz… Me lo pasaba mejor, estaba mejor con todo el mundo… Ahora sólo tengo ganas de estar en la cama… No me encuentro nada bien (Suspira.).

D.: Ya, puedo entenderte perfectamente. Pero ese cambio a peor que has experimentado no se debe a la reflexión que hemos hecho sobre ti y sobre lo que ha sido tu vida hasta ahora. En realidad, yo no te he revelado nada que tú no supieras ya.

J.: Sí, eso es cierto.

D.: No hemos añadido nada que ya no estuviera ahí. Esto, aunque silente o tapado, ya estaba en ti. Lo que hemos hecho no es más que abrir las ventanas y ventilar la casa. Pero ventilar la casa no es por sí mismo suficiente.

J.: ¡Claro! Ese es el tema. (Hace una pausa, como haciendo hincapié en algo que para ella es fundamental.). Yo antes podía vivir más o menos, pero ahora no.

D.: Claro, lo que ha pasado es que cuando hemos empezado a esclarecer el fondo de la cuestión que te hacía sufrir, te has aferrado a él con más fuerza. Te has quedado hipnotizada con eso que te ha turbado tanto tiempo y que no te deja avanzar. Pero no lo estamos saneando para que te quedes ahí, sino para que puedas vivir con cierta paz a pesar de ello (Lo dice con un tono animado, transmitiéndole que es muy posible poder vivir sin ser absorbido por ese agujero negro y que puede liberarse de eso.).

J.: Pues eso es lo que yo no consigo (Lo dice con pesadez, con un tono desesperado.).

D.: Sí que lo estás consiguiendo Julia. ¡Lo estás haciendo! Lentamente, pero lo estás haciendo. Date cuenta de que estás recorriendo un camino y que no estás volviendo atrás en ese camino. Avanzas con paso lento, pero no dejas de avanzar. Poco a poco te estás dando cuenta de que lo que te hace sufrir no se encuentra fuera, en el trabajo o en cualquier cosa externa.

Estás dirigiéndote hacia ti misma, hacia dentro. Yo no tengo experiencia de que se pueda vivir en calma sin mirar hacia dentro. Mi experiencia personal y profesional es más bien la contraria. Cuando no quieres ver, cuando no quieres descubrir, cuando no quieres afrontar, todo eso que quieres tapar te afronta a ti, te sepulta y te come. Lo que quieres esconder e ignorar no es estático, no se queda ahí, como un trapo en un rincón. Es dinámico, te va comiendo terreno, se expande y te acaba afectando.

J.: Pero cuando descubres eso que quieres esconder, puede hacerte mucho daño ¿no?                           

D.: ¡Y tanto! El preso que está en una cárcel, con comida y a gusto, puede llegar a sentir miedo cuando está en libertad.

Y puedes decirme que prefieres cubrir de nuevo con un velo tus propios problemas, para mantenerlos escondidos. Pero eso no deja de ser un discurso puramente intelectual, que no se corresponde con lo que en realidad sucede. No se puede ocultar aquello que ya ha sido descubierto. (Hace una pausa para introducir un cambio de tercio.) De lo que estamos hablando ahora es sobre qué podemos hacer con aquello que nos domina cuando no hallamos en nosotros la capacidad de dominarlo.

J.: Eso quiero yo. Saber cómo poder dominar eso.

D.: Yo tengo la sensación de que el problema está ahí pero no así la solución. Porque habría que hacer otra pregunta. En esto que es mi vida, en este tiempo que me ha sido dado… ¿Cómo quiero vivir? ¿Quiero hacerlo escondido, esquivando aquello que me duele? ¿Avanzando como persona? ¿Conociéndome? ¿Siendo más yo o menos yo? Y, añado otra pregunta: ¿Cómo puedo ser dichoso? ¿Cómo puedo estar en calma?

J.: Esa es la cuestión, estar en calma (Dice la frase como movido con un resorte. Da la sensación de que justo esa cuestión es la clave para ella.).

D.: (Sonríe.) Como respuesta, otra pregunta: ¿Se puede sentir dicha o calma, teniendo cuestiones profundas sin resolver?

J.: Ya… (Da la sensación de que acaba de entender cuál es la respuesta a la pregunta inicial.)

D.: Así, en términos absolutos, no tengo suficiente perspectiva para darte una respuesta. Pero sí tengo la experiencia de que, aún después de pasar años duros con conflictos o dificultades, cuando finalmente puedes comprender o comprenderte, sientes liberación y sientes dicha.

Yo sólo conozco ese camino. Y ahora, en respuesta a la pregunta inicial: ¿puede uno sentir dicha sin haberse liberado y haber afrontado? Creo que no, Julia. Más bien parece que vivir libre tiene mucho que ver con afrontar, resolver y conocer la calma.

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