María José entra en el despacho de Daniel sin alzar mucho la voz. Quizás, en el fondo, ese sea su problema. Es una mujer que transmite tranquilidad y calma, pero, paradójicamente, es de la ausencia de éstas de lo que se queja. Dice estar constantemente alerta, con miedos cuando se aleja mucho de su casa y sin “la fuerza interior” que solía tener.

Daniel llevaba tiempo sin verla, pero hace 10 años que se conocieron y no han cambiado mucho las cosas desde entonces. María José en aquel momento acudía con su pareja por una infidelidad que él le ocultó. A pesar de ello, le perdonó y en la actualidad siguen juntos y tienen dos hijas. Él lleva años en el paro mientras ella sostiene la economía familiar con su trabajo de pediatra. Ahora mismo está empezando a ahorrar para que la mayor pueda ir a la universidad. Aún así, esta vez no es la relación con su marido lo que le hace volver a terapia. Es lo que está viviendo con sus hermanas y su madre lo que le hace sufrir.

La situación familiar de María José no es sencilla: es la menor de tres hermanas y todas cuidan de su madre anciana. Esta situación no sería muy peculiar si no fuera porque las dos hermanas de María José son personas muy complicadas, con comportamientos muy patológicos, que hacen la vida imposible a María José y al resto de personas que rodean a estas dos mujeres. Tras un relato exhaustivo de los desplantes y las situaciones que María José ha tenido que vivir toda la vida y en la actualidad, Daniel le plantea la posibilidad de desconectar radicalmente con su familia. Pero parece que esa no es una solución válida para ella.

María José: Pero Daniel, mi madre está al cuidado de ellas, si le pasara algo ¿cómo me entero si corto las comunicaciones con ellas? Mi marido me dice que cambie de número de teléfono. Pero si pasara algo ¿cómo me localizan? Yo moralmente pienso “es mi madre, tengo que llamarla para ver cómo está.”

Daniel: Bueno, pero ellas pueden llamar a algún vecino, avisar a otra persona que te lo comunique ¿no?

M.: Ya… tienes razón. Quizás es que en el fondo me gusta estar pegada a ellas, a pesar de que me hagan sufrir. No sé, estoy muy confundida. He llegado a pensar de todo Daniel.

D.: Parece que tienes como dos mundos: un mundo que es tuyo, que es tu propia carrera profesional, tus hijas, etc., y luego tienes otro mundo que no es nada sano y que te hace sufrir mucho.

M.: Es que tengo un lío en la cabeza, Daniel…

D.: Con ese mundo loco hay que cortar, sino nunca vas a poder vivir del todo.

M.: No, no me dejan vivir. Me hacen la vida imposible. Yo cuando escucho el teléfono o veo que me mandan un mensaje… me entra una cosa por el cuerpo que me descompongo.

D.: Creo que ha llegado el momento de poder vivir un poco María José. La dedicación permanente, junto con la locura que se vive en esa familia, no te están haciendo ningún bien. No te aportan nada.

M: Pero son mis hermanas, de alguna forma también tengo que cuidar de ellas.

D.: Me parece que eso lo hemos entendido mal todos. El hecho de que sean hermanos… ¿qué importancia tiene? Al fin y al cabo, todos somos hermanos. Todos. En tu trabajo estás en contacto con muchos niños. ¿Qué diferencia hay realmente entre un niño de los que ves en tu consulta y de los que cuidas, y de una hija tuya? ¿Qué diferencia a un niño de otro niño?

M.: Nada. Realmente nada, sólo lo físico o biológico.

D.: Hemos sobredimensionado la importancia que le damos a las relaciones familiares. Esto es propio de sociedades primitivas o rurales, sin servicios sociales que se encarguen de las personas necesitadas, en donde la economía familiar era la principal base de sustento del grupo y sus miembros. Pero llegados a este punto ¿tu madre y tus hermanas te van a auxiliar o sostener de algo?

M.: No creo la verdad (Se le escapa una risa nerviosa.)

D.: Son modelos familiares un poco arcaicos, con unas relaciones afectivas basadas en la dependencia. Como si permanecer unidos fuese un destino del que no podemos escapar. (Hace una pausa.). Fíjate hasta qué punto creo que tenemos este tema mal entendido, que creo que nos pasa algo parecido con los hijos.

Tener un hijo te obliga a enseñarle para que pueda ganarse el pan y valerse por sí mismo. Igual que un depredador enseña a su cría a cazar o que un pájaro enseña a volar a sus polluelos. Yo puedo entender que, cuando los niños son pequeños e indefensos, tengamos que cuidarlos y protegerlos. Además, en una sociedad avanzada como la nuestra, para que ese niño pueda tener un sustento y una calidad de vida aceptable, el periodo de educación y sostén por parte de los padres es de unos 25 años. Una vez que el otro, que por ser tu hijo no deja de ser un individuo igual que todos los demás, ya sabe valerse por sí mismo ¿qué más obligaciones tienes con él?

M.: Es verdad.

D.: En tu caso hablamos de la relación con los hermanos. Esta no deja de ser una relación impuesta, que te has encontrado. Has nacido en tal año, en tal sitio, en tal familia, pero no son relaciones que tú hayas podido elegir ni que se hayan originado por alguna decisión tuya. Sin embargo, en el caso de los hijos, hayan sido elegidos o no, al fin y al cabo son tus hijos, y de alguna forma hemos tomado la decisión de tenerlos. Pero, de forma estricta, más allá de la educación y la protección, una vez que el hijo puede valerse por sí mismo, no somos responsables de su vida. Si nosotros mismos no somos responsables de la vida en sí misma, menos aún somos responsables de que otra vida exista.

M.: Ya.

D.: Hay como una especie de preocupación permanente por los hijos, de atender todas sus demandas durante décadas. Pero si un hijo no te guarda respeto y tiene edad para buscarse la vida ¿por qué le tienes que guardar respeto o tener en consideración? ¿sólo porque es un hijo tuyo? ¿acaso no somos seres vivos que viven su vida?

M.: Si tienes razón en todo lo que dices, pero me cuesta despegarme, separarme totalmente.

D.: Porque has establecido una relación de dependencia con ellas. Tiene un sentido que eso sea así. Tiene su lado bueno cuando esas personas que están en tu familia resulta que son gente con la que puedes hablar y tener una relación. Eso es un valor muy importante, sobre todo en la infancia. Al tener lazos e historias comunes en el seno de una misma cultura, pueden ser personas sobre las que apoyarte toda la vida. Pero una vez que esos hermanos son adultos y saben valerse por sí mismos, la naturaleza de la relación entre ellos ya no debe ser la dependencia, sino el afecto. Pero ese afecto debe ser correspondido, debe ser mutuo. Si esas esas personas no miran por ti y esa relación de dependencia se vuelve en tu contra… ¿qué sentido tiene seguir manteniendo esos lazos en la actualidad?

M.: (Asiente en silencio.)

D.: Lo que veo en mi trabajo me hace poner los lazos de la familia en cuarentena. Veo muchas personas sufriendo por esa sensación de obligación permanente, como te pasa a ti.

M.: ¡Y tanto! Yo llevo 33 años fuera del entorno de mi madre y mis hermanas, pero en esos años a mi no me han dejado ni un día en paz.

D.: Tus hermanas son personas que no son autosuficientes ni en lo personal ni en lo económico. Establecen relaciones patológicas y, en realidad, son ellas las que tienen la imperiosa necesidad de establecer una relación contigo. Una relación negativa, basada en la culpa y la acusación. Es una forma de amargarse la existencia y de amargársela a los demás. Pero tienes que darte cuenta de que tu vida está transcurriendo mientras llevas esa carga que no te corresponde. Tú has hecho todo lo que estaba en tu mano para soportar las dificultades que la vida te ha puesto delante: aprobar tus oposiciones, resistir las infidelidades de tu marido y criar a tus hijas. Y aún así, sigues siendo víctima de estas personas que se aprovechan de tu bondad y candidez.

M.: (Se emociona un poco.) Es que saben dónde tienen que darme… lo saben.

D.: Pero el tenerlas tan presentes en tu vida te produce una sensación permanente de ansiedad. Tienes que hacerte mucho más resistente a eso.

M.: ¿Y cómo lo hago?

D.: Reflexionando sobre lo que te digo. ¿Dónde está escrita la ley que nos obliga a soportar a unas hermanas que nos hacen la vida imposible?

M.: En ningún sitio. Ellas siempre han intentado dar pena, ser el foco de atención para que yo acudiera, para que yo estuviera pendiente.

D.: Quizás deberías replegarte un poco sobre lo que tú has podido conseguir y construir en tu vida. Tu familia ahora son tus hijas. Debes poner en crisis esa dependencia que tienes y que no se sustenta en nada. No entrar en ese juego masoquista y chantajista. Porque, al final del cuento, tú eres la que soporta la economía familiar, la educación de tus hijas y a tu marido. ¿Vas a añadir a eso a tus hermanas? Esto que estás viviendo es el tiempo de tu vida. Elige cómo quieres vivirla.

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