Se establece la conexión por videoconferencia desde el hospital. El paciente se llama Alfonso, un hombre de setenta y cuatro años. No se trata de una sesión de terapia estrictamente. Daniel, aparte de ser médico psiquiatra, es oncólogo. Alfonso le requiere para una segunda opinión sobre el cáncer que padece.

La trayectoria hospitalaria de este hombre ha sido extensa y ardua. Ha superado la aparición de dos tumores primarios graves y recientemente le han comunicado la aparición de un tercero. Además, es un tipo de tumor estadísticamente infrecuente y que puede ser resistente a la quimioterapia.

Daniel, tras estudiar todos los informes médicos del paciente, le hace una valoración de la situación. Confía plenamente en la actuación de los oncólogos que llevan el caso de Alfonso.

Sin embargo, la larga lucha que está manteniendo empieza a hacer mella en el estado anímico del paciente. Es algo comprensible, pues no se esperaba la aparición de un tercer tumor justo cuando acababa de vencer al último. Alfonso quiere saber si vale la pena seguir en la batalla. Necesita saber si hay esperanza, ya que esto le ayudaría a sacar fuerzas de donde parece que ya no quedan.

La frente de Alfonso refleja la preocupación. Ceño fruncido, hombros y boca tensos. Se inclina hacia adelante, con los ojos bien abiertos, como un preso que espera con ansia su sentencia.

Daniel: Yo le veo en buen estado. No parece que haya perdido peso. Su estado general no está demasiado afectado por los tumores. Lo que mata rara vez es el propio tumor. La causa de la muerte en el cáncer suele ser la toxicidad que genera dentro del cuerpo. Un tumor se comporta como algo que está envenenando poco a poco. Hay un síndrome que se caracteriza por pérdida de peso y debilitamiento. Yo observo que usted está muy bien conservado, a pesar de todo. Como si el síndrome tóxico de los tumores que tiene no le estuviera afectando demasiado.

Cuando alguien está afectado por el síndrome tóxico de un tumor tiene el aspecto de una persona que está en un campo de concentración nazi, para que se haga una imagen mental. Un aspecto esquelético, insano. Esto a usted no le está ocurriendo. Su organismo está soportando esta enfermedad, que en su caso es una desgracia multiplicada por tres.

Por otra parte, me parece que los oncólogos que llevan su caso son personas muy competentes. Están haciendo todo lo que saben y más. Están respondiendo con velocidad y agilidad a todas las situaciones que se están produciendo. Me ofrece mucha confianza la manera en la que están observando la situación, cómo explican eso que ven y cómo están actuando en función a todo esto.

Alfonso: (Parece algo abrumado.) ¿Es posible que vaya a sobrevivir a esto?

D.: (Su expresión se dulcifica y le ofrece una amplia sonrisa a Alfonso.) Lo que no tiene cura es estar vivo. Todos llegamos a un momento en el que morimos.

El efecto de esta enfermedad y su tratamiento es desagradable y lamentable. Pero, por otra parte, creo que vale la pena luchar.

Puedo decir esto porque observo su estado general, tan conservado, y la entereza con la que está enfrentando esta desgracia. No creo que esté usted en una situación en la que digamos que no se pueda hacer nada, tiramos la toalla y ya nos concentramos en paliar el sufrimiento porque todo está perdido. Todo lo contrario. Yo le veo entero, dentro de lo posible, bien nutrido, sin síndrome tóxico. Yo seguiría luchando.

Me ha sorprendido gratamente haberle visto como lo veo, pues dista de la imagen que tenía al estudiar únicamente sus informes. Le veo con mucha dignidad y presencia. No le veo en una situación de muerte inmediata. Se morirá usted el día que le toque, igual que yo e igual que cualquiera. No creo que esté en la situación de dejarle ya tranquilo porque toda esperanza sea vana.

(Hace una pausa, reflexionando.) No sé si le estoy diciendo lo que usted quiere que yo le diga.

A.: (Con apuro.) No Daniel, no me malinterprete. Yo no pretendo que usted me diga que me voy a curar.

D.: Estamos de acuerdo. Yo le digo lo que veo con toda sinceridad.

A.: Se lo agradezco de corazón.

D.: Supongo que la intención de una segunda opinión es saber si lo que hace su equipo médico es acertado o incorrecto y si vale la pena luchar. Pues bien, yo creo que es acertado y correcto y, al verle a usted, creo que vale la pena.

A.: Yo ya no tenía expectativas. Pensaba que estaba en las últimas.

D.: No lo creo. Es cierto que tiene un organismo que ha producido tres tumores graves, pero por otra lado este mismo organismo ha sido capaz de vencer, de momento, a dos de ellos y está presentando batalla al tercero. Parece que su cuerpo tiene mucha fuerza y capacidad de resistencia.

A.: Me hace falta saber esto, porque el camino hasta aquí ha sido muy duro.

D.: Comprendo su situación. Imagino que vió que estaba llegando a la meta tras una larga maratón y cuando estaba a punto de cruzarla le dijeron que tenía que seguir corriendo una vez más. Debe estar usted exhausto. Si hubiera visto que no hay nada que hacer, se lo diría, no le quepa duda, pues todo tiene un límite. Pero vale la pena seguir, y no solo por salvar la propia vida. Piense que es importante luchar y dejar el testimonio de que uno no se ha rendido . No sólo para usted, sino también para los que le rodean. El recuerdo, la imagen de usted alzándose contra la adversidad. Caerse no es ningún problema, lo relevante es cómo se levanta uno. ¿Quién no se cae? ¿Quién no se equivoca?

Si pensamos en qué podemos enseñar con nuestra vida o si nuestra vida puede valer para algo, que sea al menos para enseñar cómo uno se levanta ante las dificultades. Yo creo que es la mejor herencia que podemos dejar. La vida ya se encarga de traernos dificultades, a todos. Podemos dejar tras nosotros una enseñanza, para que cuando las dificultades de la vida pesen en el espíritu de nuestros hijos, de nuestros seres queridos, nos recuerden. Que se acuerden de cómo luchó su padre, su amigo, su esposo. Que recuerden cómo enfrentó la dificultad, y que eso les inspire.

Esto que le digo le puede servir a usted para animarle. Para que se plantee qué recuerdo va a dejar de usted mismo. Esta es la herencia importante. La del dinero puede ser de utilidad, pero se tiene y después se gasta. La herencia personal, moral, el recuerdo de la persona que se marcha permanece para siempre con aquellos que se quedan. Nos continúan viviendo y experimentando en base a esto. En este sentido, usted está demostrando tener valor, dignidad y fortaleza. Y eso es una gran cosa.

Durante el discurso de Daniel, los ojos de Alfonso se han llenado de lágrimas y ahora lucen vidriosos. Su frente se ha alisado y parece mucho más liviano. Se ha recostado sobre las almohadas y ha suspirado. La mezcla entre sus lágrimas y una sonrisa dulce dejan entrever una actitud nueva: determinación.

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