Paloma nació en el año 1951. En el diálogo que se puede leer a continuación, tiene 67 años. Viste de colores alegres, tiene el pelo teñido y todo eso la hace parecer más joven de lo que es. Pero cuando se sienta e inicia su discurso, se percibe una voz añeja, vivida, curtida por muchas experiencias duras. Su problema podría simplificarse llamándolo “trastorno bipolar resistente a la medicación”. Pero es una mera etiqueta que se queda corta para describir, con toda su crudeza, el sufrimiento que esta mujer ha padecido desde 1996, fecha en la que se inicia su primera visita a un psiquiatra. Ha pasado por multitud de profesionales y tratamientos, muchos de los cuales no tuvieron en ella ningún efecto.

Daniel y Paloma están teniendo una consulta rutinaria, de revisión de la medicación y de la vida. Por suerte para ella, Paloma está estable desde hace unos años, y acude a consulta cada 6 meses. En un momento dado, tras interesarse Daniel por las últimas novedades en su vida, ella parece tener ganas de reflexionar un poco y de mirar el camino recorrido.

Paloma: Daniel, ¿todo lo que yo he pasado en estos años pudo surgir a raíz de todo lo malo que yo he vivido en mi vida?

Daniel: Ya lo creo que sí.

P.: Con lo que yo era Daniel… Antes de ponerme tan malita yo era una persona muy activa. Era trabajadora y emprendedora. O al menos así lo veo ahora. (Se queda mirando al horizonte, pensativa, rebuscando en sus recuerdos.) Por ponerte un ejemplo. En el año 1992, con 41 años, me saqué el graduado escolar. ¿Sabes qué decía mi marido? Que qué necesidad tenía yo de estar haciendo tarea y estudiando a mi edad. Pero, a pesar de ello, yo me mantuve firme y hacía la tarea a escondidas. Fíjate cómo era, que en cuanto llegaba del colegio de adultos me ponía a hacer las tareas, para que cuando él llegara yo ya estuviera para él, con mis obligaciones hechas. Pues me saqué mi graduado con una media de Notable. Me lo propuse. Y lo saqué.

Lo mismo con el carnet de conducir. Era el año 1978 y mi hijo pequeño tenía 3 años. No tenía más remedio que llevármelo a la autoescuela, y como él no quería estar en el carrito, lo sentaba en mis piernas. Y así fue como lo aprobé.

Yo he sufrido mucho en la vida Daniel, y todo lo he sufrido en mi interior, sin exteriorizarlo.

D.: Yo siempre lo he visto así Paloma, es verdad.

P.: Nunca he podido desfogar lo que sentía dentro, ¡no me han dejado! (Tajante pero serena. Con verdad.).

D.: Fíjate que, a lo largo de los años, nosotros siempre nos hemos reído mucho en consulta. A pesar de lo duro del asunto, siempre le hemos quitado hierro. Pero yo siempre lo he visto así: has sido una mujer que ha sufrido mucho.

P.: Es que llegó un punto en el que a mi me daba miedo hasta de hablar. No podía expresarme, todo lo que decía estaba mal o era una tontería.

D.: No eres la primera ni la última persona que veo así. Cuando te cortan las alas, cuando te silencian, pierdes la cabeza.

P.: Te vuelves loca. Cuando él no podía más, gritaba y se quedaba tranquilo… ¡pero yo no podía! Yo no podía… (Con desesperación.) Yo me tenía que callar, porque si hablaba, los tiestos de mi casa volaban… (Hace una pausa, mirando con intensidad a Daniel.)

D.: ¿Tu marido te trataba mal?

P.: Hombre… ofensas de palabra, insultos… de eso nunca hubo. Pero constantemente me decía “eres una aguafiestas”, “eres una malaje”, “me quitas las ganas de todo”, “eres una antipática”, etc. Llega un punto que todo eso te lo acabas creyendo. Te crees que es verdad. Le dices que sí a todo para así ser la más buena, la que menos problemas da. Renuncias a expresar lo que quieres y lo que no quieres. Acabas siendo un cero a la izquierda.

D.: Sí, es verdad.

P.: Yo no tenía ningún hueco por el que escapar, no tenía ninguna alternativa. Y de todo esto mis hijos no han sido conscientes. Ellos todo esto no lo han visto.

D.: No lo quieren ver.

P.: Mis hijos sólo presenciaron una pelea fuerte que tuvimos él y yo, en la que yo ya me planté, pedí la separación y se acabó todo. Yo ya no podía más. Estando muy mala, muy enferma, no recibí ni una mala caricia, ni un beso, ni un gesto de cariño. Nada. Con contratar una mujer que me ayudara en casa por las mañanas estaba ya todo arreglado. Y por eso decidí dejarlo.

D.: Te llegaste a separar ¿verdad? Y luego cuidaste de tu marido.

P.: ¡Claro! Cuando él corrió todo lo que tenía que correr, quiso volver a mí. Estaría con otras mujeres y vió la vida tal y como era. Se dió cuenta de que ninguna era lo que él esperaba y que al final de todo “más vale malo conocido que bueno por conocer”. Él diría “voy a volver con esta, que voy a estar mejor”.

D.: Y volvió.

P.: No volvimos porque yo no quise. Lo único que le dije fue que yo le iba a cuidar si se ponía malo, que sólo no se iba a quedar. Porque yo sabía que iba a acabar enfermando tarde o temprano.

D.: Por el alcohol ¿no?

P.: Por el alcohol y porque era portador de la hepatitis C y no dejaba de beber. Yo le dije “si tú te pones malo y hay que cuidarte, yo te cuido. Por ese tema no vas a tener problema conmigo”.

(Hace una pausa. Daniel tampoco habla, reflexionan juntos.)

D.: Sí, estuviste muy mala.

P.: Pero mala de verdad. Mira que me han operado de un cáncer de pecho y me han dado quimioterapia. Eso ha sido para mí como caramelos en comparación con lo otro. A cualquiera que se lo diga me dirá que es mentira, pero con lo que yo he vivido sé que es verdad.

D.: No es mentira, es verdad. Es mucho peor la enfermedad mental, sin duda.

P.: Con el cáncer yo decía “o me curo o me muero”. No había más opciones. Pero ¿de esto qué? (Se señala la cabeza.) De esto uno no se muere.

D.: Fíjate, yo soy oncólogo, además de psiquiatra. Y eso mismo le digo yo a mis compañeros médicos y a quien me rodea. La psiquiatría es mucho más dura que la oncología.

P.: Claro.

D.: Porque de la oncología o te curas o te mueres.

P.: Exacto, es lo mismo que suelo decir.

D.: Y morir tenemos que morirnos todos, antes o después, pero a todos nos llega la hora. Ahora bien, eso de estar toda la vida con una enfermedad mental… eso es sufrimiento con mayúsculas.

P.: Es que mientras tú puedes dominar tu mente, bueno. Pero cuando ella te domina a ti…

D.: Ahí es cuando empieza la enfermedad mental.

P.: Exacto, ahí es cuando ya estás perdida.

D.: Eso es el horror. Además, la gente tiene muchos prejuicios, se avergüenzan de ti, te tratan mal, pierdes tu autoridad, pierdes tu imagen…

P.: Lo pierdes todo… todo (Con pena.).

D.: Es la gran asignatura pendiente que tenemos como sociedad. Los amigos te abandonan, te miran de reojo, como si fueras una cosa rara. Los hijos siempre acusan a los padres de su desgracia. Es más fácil acusar a los padres que asumir que la desgracia está en cada uno de nosotros. “Él tiene la culpa de lo que a mi me pasa”, y si además está loco o loca, pues más culpa todavía. Así es, tal y como te lo estoy diciendo.

P.: Así es. Fíjate que en aquella época, mis hijos se iban a la playa y me dejaban sola en mi casa. A pesar de que el psiquiatra que me atendía por aquel entonces había dicho que no me dejaran sola, o que lo hicieran el menor tiempo posible.

D.: Así es, no es más que la verdad. Si tienes hijos y tienes un cáncer, una operación o algo similar, más o menos te echan cuenta. Pero si pierdes la cabeza… no te echan cuenta. Y eso no ha cambiado mucho.

P.: No.

D.: Desgraciadamente es así. Además del sufrimiento de la propia enfermedad, el resto de personas te aísla. Y a veces este segundo sufrimiento, es mayor que el primero. El sufrimiento de verte aislado o que los demás no te miren como antes. Eso, a veces, jode más que la propia enfermedad.

P.: Así es.

D.: Y te lo digo porque es lo que veo día a día en mi trabajo.

P.: Una vez que me separé de mi marido, encontré otra pareja. Y los dos solíamos salir con otra pareja de amigos. Pues la mujer de la otra pareja, que era amiga mía, me contó que cuando su novio y el mío hablaban, mi novio le decía al de ella: “¿Y qué hago yo con esta mujer, que está fatal de los nervios?”

D.: Y a lo mejor tú estás mejor que todos ellos juntos.

P.: Qué poca conciencia… Qué pocas ganas de ayudar a una persona y de luchar por ella. Si estás enamorado, si dices que me quieres tanto… Pues dime que vamos a luchar ¿no? “Aquí estoy yo con lo que haga falta” debería haber dicho.

D.: Desde luego.

P.: En fin, qué le vamos a hacer. Así ha sido. (Hace una pausa, y cambia el tono a uno más cariñoso, cálido.) Bueno hijo, ¿cómo me has visto? ¿cuándo vuelvo?

D.: Mejor Paloma. Estás muy centrada en lo que hay. Quizás los locos están más cuerdos de lo que nos creemos. (Sonríe.) Nos vemos en 6 meses.

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