Creo que es lícito hacerse esta pregunta. Nacemos, vivimos y morimos sin saber siquiera de qué se trata. ¿Hay algo que perseguir o conseguir o todo propósito es una mera ilusión? ¿Tiene todo esto algún sentido? ¿Qué es existir? ¿Qué es no existir? ¿Hay alguna dirección hacia la que debamos orientarnos? ¿El mundo está fuera de nosotros o dentro de nosotros? ¿Hay alguna actitud mejor que otra? ¿Es mejor hacer o no hacer, intervenir o no intervenir? ¿Quiénes somos? ¿Qué somos?

Algo tan aparentemente simple como preguntarse qué hacemos aquí, vivos, usted, yo y los demás, requiere de un modo mental específico para al menos enfocar esta cuestión. Los pensamientos y la mirada se elevan. En cambio, la pregunta: “¿Qué hago yo aquí?”, con mi individualidad, mi historia, mis memorias, mis circunstancias, mi biografía, mi particular psicología, esa pregunta sobre lo particular de nosotros mismos, tiene algo de angustiante y cavernoso, posiblemente porque no podamos resolverla.

No es lo mismo preguntarse sobre de qué se trata en la vida, en general, para todos nosotros, para todos los seres vivos que aparecen y desaparecen; que preguntarse qué hacemos aquí nosotros en concreto. Cuando lanzamos la pregunta “¿de qué se trata en la vida?”, nuestra mente se coloca a una altura desde la que pueden contemplarse los nacimientos y las muertes de los seres. ¿Qué buscan todos esos seres? ¿Buscan cosas distintas o en realidad buscan todos lo mismo? Cuando en cambio limitamos la pregunta a nuestra propia vida, individual y separada, nuestra mente se enturbia, perdemos altura y nos enredamos en la espesura de nuestra selva psicológica.

Nuestro pensamiento, a lo largo de las etapas de la vida, oscila entre las alturas que nos permiten ver más allá de nosotros y la lucha cuerpo a cuerpo con nuestras entrañas. ¿Pero hay algo que pertenezca simultáneamente a la mirada elevada y a la mirada microscópica? ¿Hay alguna forma de unir esos dos modos mentales, uno abstracto y otro concreto y de a la vez responder a la pregunta sobre de qué se trata en la vida?

Tal vez haya encontrado algo que pudiera servir como respuesta, o que al menos me parece atractivo en esta etapa de la vida en que ya se vislumbra el final. Lo llamo paz mental. No es excitación ni relajación. No es alegría, tristeza ni indolencia. No es pensar ni no pensar. No es equilibrio ni desequilibrio. No es silencio ni es palabra. Es paz mental. Es un estado de la mente que me permite viajar desde la visión de los seres que nacen y mueren en el tiempo, hasta la individualidad que tengo la oportunidad de experimentar. No soy entonces ni lo general ni lo concreto, sino el que puede ver ambas cosas simultáneamente, sin conflicto ni solución de continuidad. No sé si la paz mental viene antes, después o durante. Pero creo que se trata de eso en la vida.

Cada uno de nosotros sabe, en su interior, cómo alcanzar la calma, mas ese conocimiento puede ocultarse y permanecer sepultado. Visto de este modo, el recorrido del nacimiento hasta la muerte se convierte entonces en un proyecto con tantas formas distintas como individuos, en un extraordinario juego en busca de la paz.

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