La vida nos inunda y aunque, a priori, parezca un tema baladí y legado solo a los teóricos que se asoman a la vida a través de la escotilla de un submarino, la verdad es que entender cómo funciona la vida debería ayudarnos a vivir mejor ¿no?

El entender que las riendas de nuestra existencia no dependen de nosotros genera sentimientos contradictorios. En un primer lugar, genera frustración por la sensación de incapacidad al perseverar en el intento de controlar. Sin embargo, también provoca alivio al dejar de luchar y dejarse fluir. Y es ahí donde podemos establecer el beneficio de asumir esta perspectiva vital.

Sufrimos por pensamientos que nos hacen sentir mal y que nos impiden fluir con la vida. Los pensamientos nos hacen sentirnos culpables por batallas del pasado, arrepentirnos de decisiones tomadas, sentir miedo de vivir, o nos llevan a pensar obsesivamente sobre los mismos asuntos perdiendo mucha energía por el camino. El peso de intentar llevar las riendas de nuestra vida para llegar a buen puerto nos aplasta. Es abrumadora la sensación de que todo depende de uno mismo, de que todo lo que nos pasa es consecuencia de nuestros actos. A fin de cuentas, lo que nos atosiga sin cesar es el querer controlar lo incontrolable, como el propio transcurrir de la vida.

Esto supone un problema muy grave para muchas personas. Si cambiamos la perspectiva y pensamos que es la vida la que nos empuja, dejamos de sentir el peso de la responsabilidad sobre los hombros y nos conviertimos en una persona que es capaz de soltar las maletas como si fueras un viajero que se monta en un tren. Y además de sentir esa tranquilidad, tenemos más energía para disfrutar del viaje.

Pero claro, si la vida me lleva y yo no soy el responsable de los acontecimientos que la vida me trae ¿me convierte eso en un inútil, en un irresponsable? Aunque pueda parecer que esta concepción de la vida nos convierte en una hoja mecida al viento, sin voluntad alguna, esto no tiene por qué ser así. Que la vida te lleve no significa que lo que hagas sea irrelevante. Volviendo al relato del tren, puedes elegir pasear por el tren, hablar con otros pasajeros, ordenar las maletas, mirar por la ventana o incluso cambiar los asientos de sitio. Es decir, puedes actuar en base a esa llamada interior que te dice qué debes hacer para sentirte realizado, para sentir que tu vida tiene un sentido. Sin embargo, si te dejas mecer por el destino y te haces ciego y sordo al mundo que te rodea y a tus llamadas interiores que te marcan el camino, también encontrarás una fuente de insatisfacción y sufrimiento. Se trata de ir tomando lo que la vida te va presentando, no de dejarlo todo pasar sin que nos roce.

En última instancia, lo que nos puede llevar a un alivio del sufrimiento es centrar el foco de nuestra atención en el lugar correcto. El cambio de perspectiva, el pensar que no todo depende de ti y aprender a mirar a tu alrededor y vivir. Este cambio es lo que nos hace salir de los laberintos de nuestra mente, ya que estos son la causa de ese dolor. De repente tu atención se centra más en observar y experimentar tu alrededor, en ver hacia dónde te lleva la vida, y sumergirte en el ahora.

Siguiendo con el ejemplo del tren, intentar controlar su dirección por fuerza de voluntad es un esfuerzo infructuoso ya que no estamos a los mandos de él. Esta frustración nos sumerge en pensamientos sobre nuestra incapacidad de hacerlo. Pasamos a centrarnos en algo que es imposible controlar, y de esta forma perdemos la oportunidad de vivir en paz. Este tren pasará por estaciones, unas más agradables que otras, pero lo que nos aliviará de sufrir es ser capaces de estar presentes en todas y cada una de ellas, en vez de estar perdidos en la maraña de pensamientos que nos empujan a querer controlar el tren.. Si nos creemos conductores responsables podemos llegar a pensar que estas paradas se producen por nuestra causa y, aunque a veces sintamos la satisfacción del trabajo bien hecho, en la mayoría de ocasiones sentiremos el peso de no poder modificar las situaciones a nuestro antojo.

Este enfoque también nos puede ayudar a aceptar ciertos acontecimientos vitales que son dolorosos. Cuando éstos ocurren, la presencia en ellos es imprescindible, la presencia considerada como una acción en sí misma. Simplemente estar presente, en lo que se celebra, y no perdidos en la mente, lo cambia todo. Es como una vela que con su sola presencia ilumina una habitación.

Pero es posible que te preguntes: ¿se puede vivir sin pensamiento? No sólo se puede, sino que es imprescindible que nos desapeguemos de ese yo biográfico que es nuestra mente, y actuemos siendo nuestro yo verdadero. Lo entenderás mejor con un ejemplo:

Imagina que un equilibrista cruza las cataratas del Niágara de un extremo a otro caminando por una cuerda. ¿Está pensando mientras realiza esta tarea? Si piensa sobre lo que tiene que hacer mañana por la mañana o en aquella vez que se sintió mal porque llegó tarde a una cita, perderá la concentración y el equilibrio. De igual manera, tampoco es probable que piense en sí mismo encima de una cuerda a un paso de la muerte. Ni siquiera es probable que piense en cómo pone los pies y cómo tiene que mover los brazos para equilibrarse cuando sopla el viento. ¿Está haciendo? Sí, camina a través de la cuerda y, probablemente, viviéndolo y disfrutándolo con una intensidad que no es comparable a lo que sentimos cuando nos colocamos dentro de nuestra mente. Tiene su atención puesta en el ahora, no en su mente. No piensa, es. Aunque no piense, actúa y vive y, presumiblemente, con mucha intensidad.

La vida nos conduce y se expresa a través de nosotros. Contempla el lugar donde te encuentras, disfruta y no te preocupes de ninguna otra cosa más que de vivir. Vive. Sepa que el esfuerzo mismo de querer controlarlo todo puede que te haga perder la experiencia misma de vivir. Suelta las maletas, el tren de la vida te va llevando, haciendo las paradas necesarias y atravesando paisajes espectaculares que te perderás si no sales de tu mente.

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