Crónica de una psicoterapia

Viva una auténtica experiencia de conocimiento interior. Basada en hechos reales, asistirá directamente a los diálogos entre Daniel, el psiquiatra, y Lucía, la paciente. No hay narrador, de modo que usted será quién vea, sienta e interprete aquello que hay de común en todos nosotros y que nos permite liberarnos del sufrimiento.

Incluye impuestos y envío gratis a toda Europa

Disponible en todos los países

Sobre el libro

Nunca antes se había mostrado de una forma tan completa y sostenida aquello que sucede cuando dos personas hablan íntimamente para sanarse. La relación es por Skype y cada sesión se corresponde con un capítulo, cubriendo así toda una terapia de principio a fin. Los diálogos se establecen desde la profundidad del ser humano, y en ese punto somos todos iguales. La belleza del texto consiste precisamente en sumergir al lector en aquello que todos tenemos en común y que tanto no cuesta reconocer.

La ausencia de narrador impulsa al lector, aún de forma inconsciente, a recorrer en su interior sus propios mundos ocultos. Daniel, el psiquiatra, nos conduce por un sendero en donde lo psicológico acaba siendo anecdótico, frente a la inmensidad de nuestra propia existencia y sensibilidad. Esta peculiar forma de abordar el sufrimiento psicológico hunde sus raíces en los orígenes de la medicina y de la filosofía. El lector no se encontrará con complejidades psicológicas, ni terminologías rebuscadas, sino con un lenguaje llano y sencillo que todos, en todos los tiempos, pueden entender. Y es que el arte de aliviar el sufrimiento humano no puede alejarse del amor y la cercanía a los otros seres.

Es una invitación a amarnos en nuestro interior más produndo, aquél que compartimos con todos los seres. El texto reproduce una terapia completa, que el lector vuelve a experimentar en cada capítulo. Su lectura nos acerca, inevitablemente, a nosotros mismos.

qué contiente

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Parte I - Contacto con el interior

En donde se descubre que el territorio de la búsqueda está en nuestro propio interior

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Parte II - Comprensión

En donde se alcanza el autoconocimiento que nos libera

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Parte III - Contacto con el exterior

En donde abandonamos la cárcel de la mente para fluir con la vida

Sesión 1

El sexo de los ángeles

16 de abril del 2018

—¿Has tenido algún problema para conectarte?

—No, ninguno. Siento el retraso, el ordenador no quería encenderse hoy.

—No te preocupes.

A pesar de que ya estamos en abril, aquí, en Jerez de la Frontera, sigue haciendo frío. La paciente vive en Barcelona, y la sesión es por videoconferencia. Viene recomendada por una amiga común, psicóloga. Observo por primera vez su imagen nítida en la pantalla del portátil. Es una mujer joven. Está sentada en un sofá, dentro de lo que parece el salón de su casa. Tiene el pelo castaño oscuro, recogido en un moño. Sus cejas altas y bien pronunciadas dejan casi perdidos unos grandes ojos. La nariz delgada parece sobresaltar sobre su cara afilada y con la expresión triste de la persona enferma, con dolor. Lleva puesto un forro polar blanco, con el cuello vuelto hacia arriba, lo que acentúa su palidez.

Se llama Lucía y tiene veintiocho años. Ayer me envió por correo electrónico decenas de informes médicos, exámenes y análisis. No he encontrado ningún informe psiquiátrico o psicológico.

—Esa estatuilla de ahí, al borde de la mesa, ¿es un león de metal?

—Sí. ¿Te gusta?

—No. O sea, sí, no está mal. Lo decía porque se parece mucho a una figura que había en casa de mis padres.

Por lo que he podido leer, lleva seis meses de baja laboral. Clara, nuestra amiga en común, me ha contado que en pocos meses Lucía ha cambiado por completo. Ha pasado de ser una persona alegre y comunicativa, a vivir encerrada en casa, sin apenas salir a la calle. Cuando va a visitarla parece ausente, como asustada. Solo habla de las siguientes pruebas médicas que le van a hacer y de los siguientes especialistas que va a ir a ver. «Estamos todos muy preocupados», me dijo Clara cuando me llamó. «No para de repetirse que no sabe lo que le ocurre y los médicos tampoco. Es casi imposible hablar con ella de otra cosa que no sea su estado físico. Es agotador. Vuelve una y otra vez sobre los mismos síntomas. Se pone el termómetro muchas veces. Cuando no le duele la garganta, tiene dolor de estómago, punzadas en el pecho, presión en el vientre. Pensé que necesitaba un psiquiatra, y por eso le di tu teléfono».

—¿Eres de Barcelona?

—No, nací en Córdoba. Llevo solo dos años aquí. Antes he estado viviendo en Alemania y estudiado un máster en Suiza.

—¿Y tus padres dónde viven?

—Están divorciados. Mi madre sigue viviendo en Córdoba y mi padre en Alicante, con su pareja. Tengo una hermana con dos años menos que yo, que vive en Francia, y un hermano de cinco años por parte de padre. Pero desde que estoy enferma, mis padres se alternan cada semana para venir a verme.

—¿Tienes amigos en la ciudad?

—Bueno, tengo varios y vivo con Carlos, mi pareja.

—¿Es de Barcelona?

—No, es gallego. También vino aquí por trabajo. Es informático en un servicio de atención al cliente.

—Y tú, ¿en qué trabajas?

—En una financiera. Me dedico a analizar las empresas en las que se quiere invertir.

—Será una gran empresa, ¿no?

—Somos unos quinientos en varios países, y ha crecido mucho en estos años.

—Clara me comentó que estabas de baja.

—Sí —responde con un tono apagado y distante—. Llevo ya seis meses y trece días.

—¿Y qué es lo que te pasa?

—Tengo una anemia ferropénica desde los diez años —dice con mucha seguridad—. Pero los médicos aún no han dado con la clave de… —se detiene, confundida—. Me están haciendo muchas pruebas, hasta me han repetido una colonoscopia.

>>Mi internista pensaba que había un tema de alimentación detrás de todo esto, en el intestino. Hasta ahora no ha habido un diagnóstico claro, además de la anemia y del cortisol, que en un momento dado estuvo algo bajo, pero luego se normalizó. El otorrino me dijo que el dolor de garganta continuo es faringitis crónica pero luego el internista me ha dicho que no, que hay que ver cómo está el sistema inmunológico, y ahí están, analizando esa parte.

Articula las palabras con demasiada precisión, como si estuviera leyendo un texto aprendido y proyectado en su mente.

—Sí, pero dejando a un lado las pruebas médicas, ¿tú qué crees que te pasa? —le pregunta con suavidad, en un intento de que cambie el registro de su discurso y poder hablar con ella directamente.

Lucía esboza una sonrisa triste, impotente, tal vez frustrada.

—Creo que se debe a varias razones —dice con un tono grave—. Pienso que no he gestionado bien mi día a día. No he cuidado de mi salud ni de mi alimentación, y tampoco hacía deporte. He estado atenta a todo y a todos, menos a mí misma. Estaba exhausta constantemente y creo que lo que me está pasando es una forma que tiene mi cuerpo de decirme: «Tienes que parar, tienes que hibernar».

Me doy cuenta de que acaba de expresar claramente lo que le pasa. Creo que todos tenemos la capacidad de saber lo que nos ocurre realmente, aunque luego no lo sepamos desarrollar, e incluso se nos acabe olvidando. Pero algo sucede en las primeras visitas, en los primeros encuentros, en donde fluye lo esencial en un instante.

—¿Por qué necesitabas parar?

—Porque durante estos dos últimos años he tenido un ritmo de vida muy estresante, y creo que hubo un momento en el que claro, me empezó a pasar factura. Siento el cansancio y el malestar de una manera… No sé.

—¿Desde cuándo sientes eso?

—¿El cansancio? Desde hace quince meses y dos semanas.

Anoto la extraña precisión con la que me responde.

—¿Nunca te habías sentido así antes?

—No, es un cansancio distinto al normal. No sé cómo explicarlo, pero es distinto. Siento que mi cuerpo no tira, que está enfermo. Cuando en el trabajo vivía un día más estresante de lo normal, luego llegaba a casa y siempre tenía unas décimas de fiebre.

>>Y me sigue pasando cada vez que hago un sobreesfuerzo. Quiero hacer cosas, pero me doy cuenta de que cada vez hago menos. Intento estar tranquila, leer, ver series que me gustan, iniciarme en la meditación. Cuando me encuentro un poco mejor salgo a caminar, pero no mucho tiempo. Apenas tengo energía para salir a la calle. Estoy aquí con Carlos cuando vuelve del trabajo. Ni siquiera quedo con amigos fuera de casa, vienen ellos a visitarme. Sólo salgo para ir a alguna prueba médica, con mi padre o mi madre, según el que esté aquí. Prácticamente, eso es todo lo que hago. Muy diferente a lo que hacía antes, claro —dice con una sonrisa amarga.

—Es decir, que estás viviendo alrededor de este cansancio.

—Sí…, supongo.

—¿Ocurrió algo concreto en la época en la que comenzaste a sentirte mal o crees que simplemente fue el estrés del trabajo?

—Yo llevaba un tiempo con infecciones, y coincidió con que me asignaron por primera vez en mi vida estar al cargo de una docena de trabajadores, a los que tenía que coordinar. Esto me supuso una presión muy fuerte, excesiva, que venía a sumarse a todo el trabajo que ya hacía. Sin embargo, en la empresa insistían en que creían en mi capacidad y que era la mejor candidata. Me considero una persona muy responsable, que se esfuerza al máximo, así que acepté, a pesar de que pensaba que me venía grande. Pero me llevó a un desgaste físico y mental que no puede ni imaginar.

>>Cumplí las expectativas que tenían los demás, pero tengo la sensación de que me olvidé de mí. No desconectaba del todo, dejé de alimentarme bien, tenía menos tiempo para mí. Fui hundiéndome cada vez más, y terminé pensando que estando de baja y alejada del trabajo lo solucionaría, pero no me sirvió. No me he recuperado. Más bien lo contrario.

>>Este fin de semana me asusté mucho. Noté una fuerte presión en el pecho que me impedía respirar. Nunca había sentido nada igual —su voz se debilita un poco—. Era un agobio terrible, sentí que perdía la cabeza. Entonces me di cuenta de que necesitaba ayuda y Clara me dio su número.

—Ella me comentó que está muy preocupada por ti. Piensa que tu estado ha ido empeorando mucho. Como las pruebas médicas no son concluyentes, cree que el problema podría ser psicosomático. Es decir, que tal vez exista una cuestión psicológica de fondo a la que no estás prestando atención, y lo que vemos en la superficie sean sólo síntomas físicos. Como si de alguna manera tu cuerpo hablara por ti —Lucía parece contrariada.

>>He estado mirando todos tus informes y la verdad es que no hay nada determinante que pueda explicar lo que te está ocurriendo, y eso que te han estudiado a conciencia. Creo que merece la pena que exploremos si lo que te pasa es de origen físico o psíquico. ¿Tú te sientes triste?

—Sí.

—¿Y estás todo el día pensando en tus enfermedades? —responde asintiendo, sin decir palabra—. ¿De manera un poco obsesiva?

—No sé si es obsesivo o no. Pero claro, es… es como… No sé. Hay veces que me pregunto, ¿dónde están mi energía y mis ganas? —sus ojos empiezan a brillar—. Me da miedo no recuperar las fuerzas y no poder volver a hacer las cosas que hacía antes. También me gustaría transmitir un poco de tranquilidad a mis amigos y a mi familia. Yo soy… o era, una persona positiva, y esta falta de energía y el no saber qué me pasa están acabando conmigo.

—¿Estás de acuerdo entonces con que hay una dificultad psicológica?

—A ver, es cierto que no estoy siendo capaz de gestionar bien lo que sucede.

—Correcto. Pero el tema mental ha llegado a un nivel grave, que te impide trabajar.

—Pero porque estoy cansada, no porque psicológicamente no pueda hacer mi trabajo —dice con firmeza.

—En cualquier caso, no puedes desempeñar tu trabajo, esa es la realidad. Da igual qué construcción teórica usemos para explicar esa realidad, porque sería sólo una suposición. El hecho es que estás metida en tu casa. Y el otro hecho, es que parece que estás deprimida.

—No creo que…

Intenta responder, pero deja de hablar para retener las lágrimas, como si no quisiera admitirlo.

>>Es que es mucho tiempo, doctor —rompe a llorar—. Antes sentía que me encontraba mal, pero estaba tranquila y podía controlar un poco la situación. Ahora noto que estoy todo el día pensando en esto sin parar, y se ha convertido en el centro de mi vida desde que me levanto hasta que me acuesto, y no hay otra cosa.

Habla con pena. Me muestra su consternación, y la oscuridad repetitiva en la que se halla inmersa.

—¿Usted qué cree que me pasa?

—Me parece que estás deprimida —respondo tras una larga pausa.

>>Pienso que se va a ir agravando, que se está convirtiendo en un tema obsesivo con una gran aprensión hacia las enfermedades —prosigo lentamente—, y que estás entrando en una hipocondría.

>>Y todo el cortejo de síntomas físicos que sientes quizás sea la forma que tiene un problema psíquico de dar la cara. Trato de responderte con precisión, no creas que exagero para asustarte.

—Pero… ¿eso tiene cura? —pregunta con miedo.

—Si lo abordamos y lo afrontamos, sí. Si miramos para otro lado y no lo afrontamos, no. Si seguimos haciéndote pruebas y buscando enfermedades extrañas, alergias medicamentosas y el sexo de los ángeles, pues no. Estarás toda la vida enfermiza, y esto se irá complicando más y más. Porque a la edad que tienes, descolgarte de tu carrera profesional de esta forma es muy grave.

—Pero yo no siento que esto se deba a que haya fracasado con la empresa, sino a que he fracasado con respecto a mí misma.

—Exactamente. El problema no es la empresa, sino que no has dado la talla frente a ti misma, o al menos que crees que no lo has hecho. Y has entrado en un proceso mental del que cada vez te es más difícil salir. En vez de afrontarlo, has empezado a obsesionarte con múltiples molestias físicas.

—Es la primera vez que hablo así del tema —confiesa afligida tras una breve pausa—. Es como si no hubiera parado de hacerme daño. Dejé el trabajo para descansar y aun así he seguido haciéndome daño.

—Sí, es posible que el hecho de parar te haya catapultado a la crisis. Yo no te hubiera aconsejado darte de baja, para que no te sintieras mal contigo misma, y para evitar que te hundieras más en la depresión.

>>A veces, cuando estás ante una situación que te sobrepasa, tienes la sensación de que no lo puedes conseguir, de que no tienes la suficiente capacidad para lograrlo, y la responsabilidad puede atormentarte hasta acabar hecha polvo y deprimida. Si además tienes un carácter cumplidor, más bien estricto, esas sensaciones se vuelven intolerables para ti.

>>Es una hipótesis que podría explicar gran parte de lo que te ocurre. Para comprobarla te propongo proceder de forma pragmática, viendo si los síntomas disminuyen o desaparecen con un antidepresivo, en un plazo de pocas semanas.

—No sé, doctor —dice tomando distancia de la pantalla, inclinándose hacia atrás en su sofá.

—Si te sintieras mejor —prosigo, mientras se cruza de brazos—, podríamos empezar a plantearnos que quizás lo que te ocurre no se deba a una enfermedad física que a pesar de todas las pruebas que te han hecho, no acaba de dar la cara por ningún sitio.

Me quedo en silencio, para dar espacio a su réplica, pero ella se mantiene callada.

>>Será la prueba más determinante, eficaz, cómoda y rápida. Si no tienes ningún prejuicio grave y serio, claro.

—No soy amiga de los químicos —responde tajantemente.

—Nadie lo es. No se toman psicofármacos por gusto, lo que pasa es que estás enferma. Tómatelo como una prueba más.

Lucía sigue muy rígida, con la espalda recta y los labios apretados.

>>Te han administrado hierro intravenoso y te han hecho muchísimas pruebas… Creo que ya sólo te falta que te metan tubos por la nariz y las orejas.

La rigidez de Lucía desaparece y nos reímos los dos, liberando un poco la tensión.

—Desde luego, es lo que me falta.

—Tenemos que saber qué papel juega el hecho de estar deprimida en lo que te sucede, y si es anterior o posterior. Si te tomas el antidepresivo y en unas semanas estás con otro humor y con otra energía, tendremos una pista sobre la que indagar.

—Pero yo he decidido dar el paso de pedirle ayuda porque me gustaría que me enseñara a gestionar esto. Si me tomo una pastilla que me ponga bien y no aprendo nada, no veo qué solución es esa.

—Estoy de acuerdo contigo. No doy psicofármacos para que las personas dependan de ellos de por vida y no aprendan nada. Mira, imagino que cuando te hicieron la colonoscopia te pondrían anestesia —Lucía asiente—. Se puede hacer sin anestesia, pero hay que atar al paciente, amordazarlo, y se caga en tus putos muertos del dolor que le provocas —se ríe de nuevo mientras se seca las lágrimas que aún tiene en el rostro.

>>Pues esto es lo mismo. El antidepresivo no solo puede elevarte el humor y servirnos como herramienta diagnóstica. También funciona como un colchón emocional que te permitirá explorar mejor emociones que pueden llegar a ser dolorosas. Necesitas revisitar toda esa época de mayor estrés, pero ahora mismo no tienes la claridad mental ni el aplomo suficiente. Como todo lo que te ocurre está muy enmarañado y no se puede discernir entre lo físico y lo psicológico, tenemos que abordarlo de forma práctica.

—Mi problema no es con los psicofármacos, sino con todos los fármacos en general. Les tengo cierto respeto y siempre que los tomo es con una prescripción muy argumentada. Por ejemplo, si tengo dolores, no me tomo ibuprofeno. Prefiero métodos más naturales, como tomarme una infusión de jengibre, antes que recurrir a pastillas que a saber lo que hacen a mi cuerpo.

—Lucía, tu respuesta no es muy coherente. Fíjate que te dejaste hacer exámenes invasivos nada agradables, pero en cambio rechazas una prueba con un medicamento que puede ayudarte.

—Doctor, no estoy segura de querer tomar más medicación.

—Mira, no te quiero insistir más. Te he dicho cuál es mi opinión, a partir de aquí depende de ti. La premisa fundamental en terapia es que, para ayudar a alguien, ese alguien tiene que querer ser ayudado. Las cartas están sobre la mesa y te toca jugar. Tú decides.

—A ver, en el momento que doy el paso de ponerme en manos de alguien, me pongo en manos de alguien. Una vez hecho, no voy a juzgar o a buscar a otra persona que me diga algo que me guste más que lo que me está diciendo usted. A ese juego no voy a entrar. Pero, sinceramente, me sorprende que el tema sea tan grave como para necesitar medicación.

—La gravedad se debe al tiempo que ha pasado. Si esta sesión la hubiésemos tenido hace un año, cuando estaban empezando la presión laboral y el estrés, cuando aún podías salir de tu casa y ni te planteabas la baja, posiblemente no te hubiese tratado con psicofármacos, sino solo hablando. Pero ahora mismo es difícil hacerlo solo con la palabra.

>>No podemos ir hacia atrás en el tiempo. No es lo mismo el inicio de una gotera que un año después, cuando está todo inundado.

—Lo comprendo —dice pensativa, mientras suspira—. Pero el antidepresivo… ¿crea dependencia? ¿Tiene efectos secundarios?

—No deben crear dependencia cuando se toman de forma controlada. Son medicamentos que tienen muy pocos efectos secundarios. Prefiero no hablarte de ellos porque basta con que te los mencione para que los empieces a notar. Pero ten en cuenta que incluso los que te contaría son muy leves y reversibles.

—Pero entiendo que serían dosis bajas, ¿no?

—Dosis terapéuticas. Es como la sal, no es ni mucha ni poca, sino la que se necesita. No tengas miedo por eso.

—Sí, sí tengo miedo. Cómo no voy a tenerlo.

—No, a lo que realmente debemos temer es a que te quedes más tiempo donde estás.

Al decir esto, cierra los ojos y noto cómo vuelve a reprimir el llanto. Tras una pausa, asiente.

>>Antes me dijiste que este fin de semana habías sentido ansiedad.

—Sentí que el pecho se me encogía, que no podía respirar bien… Me sentí muy agobiada. Pero desde ayer ya estoy mejor.

—Si te parece, vamos a empezar con este antidepresivo. Te hago la receta ahora, y te la mando hoy mismo por correo —digo mientras la escribo—. Al principio, comienza tomando medio comprimido por la noche. Le dices a tu médico de cabecera que estás viendo a un psiquiatra

Lucía se toca el pecho, pero deja de hacerlo en cuanto vuelvo a mirar la pantalla.

>>Y que te ha mandado esta medicación.

Suspira y percibo claramente su desasosiego.

>>Por cierto, eso que tienes ahora es ansiedad.

Baja la mirada, negando con la cabeza.

—No, pero no es nada, es sólo que me pongo un poco nerviosa al pensar en tomarme esto.

—Bueno. ¿Me dejarías darte unas gotas por la noche?

—¿De qué?

—De un ansiolítico.

—Ya me he comprado unas pastillas en la farmacia que son naturales y que sirven para relajarse.

—Poco te van a hacer. Te voy a dar también unas gotitas para antes de acostarte.

—Pues menuda bomba —responde apesadumbrada—. Yo pensaba que quizás con métodos más naturales…

Al decir esto, busca mi complicidad con la mirada, pero no la encuentra.

>>Pero vale, lo haré.

—De acuerdo. Bueno, hoy lo vamos a dejar aquí. Nos vemos la semana que viene y así valoramos el efecto que ha tenido la medicación en ti. Me alegro de haberte conocido, Lucía. Ánimo, que te vas a poner bien.

—Gracias, doctor.

—Por cierto, puedes tutearme si quieres.

—De acuerdo —responde con una leve sonrisa—. Encantada de conocerte entonces. Hasta la semana que viene.

Capítulos

Páginas

Hemos procurado hacer un libro bello, por dentro y por fuera. Está encuadernado en tapa dura, cosido y encolado, para que se pueda abrir bien y dure para siempre. La letra es grande y poco densa, para que sea fácil de leer, incluso para que los que no son aficionados a la lectura. Cada capítulo viene acompañado de un dibujo antiguo en tinta china, del artista japonés Mori Yuzan, que representa los movimientos de las olas y que armoniza con el contenido del capítulo. Este libro es un bonito objeto de regalo.

No sé por qué, pero me sentí muy identificada con Lucía.

Isabel Hernández Fierro

Quedé atrapado por la lectura

Juan Esteban Blanco

Pienso en algunas personas a quienes les puede venir muy bien este libro

Mar Delgado Velas

Sobre el autor

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El Dr. Daniel Huertas-Portocarrero Gómez-Morán es Licenciado en Medicina y Cirugía (Sobresaliente – Universidad Autónoma de Barcelona – 1975), especialista en Psiquiatría (1979), especialista en Oncología Médica (1984), Doctor en Medicina y Cirugía – Farmacología Clínica – (Sobresaliente Cum Laude – Universidad Autónoma de Barcelona -1982), y Diplomado en Medicina Tradicional China (Association Française d´Acupuncture, Paris-1982-85). Se formó en Barcelona y en Paris. Ha ejercido en el Hospital de Sant Pau de Barcelona y en el Hospital Universitari de Bellvitge de Barcelona (Médico Interno y Residente). Ha sido Chef de Clinique del Institut Gustave Roussy (Villejuif- Paris).

Sus investigaciones están dirigidas a las aportaciones de la filosofía sapiencial, y en especial de la filosofía profunda india en la práctica de la psiquiatría y de la psicología.

En la actualidad atiende pacientes de psiquiatría (adultos, niños y jóvenes) en su consulta privada presencial en Jerez de la Frontera y por videoconferencia en varios países. Habla castellano, inglés, catalán, francés e italiano.

«Espero que este libro, basado en hechos reales, sea de ayuda para todo aquel que quiera conocerse a sí mismo y que se pregunte cómo puede ayudar a los demás a sufrir menos.»

Daniel Huertas