Conocí a Alicia hace ahora cuatro años. Recuerdo bien ese momento. Andaba lentamente, daba la impresión de estar casi ausente, pero detrás de esa espesa cortina, pude ver el brillo de sus ojos, y no he dejado de verlo hasta el día de hoy. Esa línea de luz entre ambos nos ha marcado y nos marca por dónde caminar.

Alicia tenía entonces 41 años y estaba diagnosticada de esquizofrenia. Una palabra aterradora en nuestro vocabulario, que invita a no comprender, a separar, a discriminar, temer y huir. Alicia vivía en permanencia con una presencia que le hablaba. Una voz de hombre entre tinieblas que le invitaba sin cesar a irse con él a su mundo, un lugar idílico sin sufrimiento alguno y con eterna paz. La paz que atribuimos a los difuntos. La voz era tan convincente y omnipresente, que Alicia le obedecía una y otra vez, en un rosario de suicidios frustrados y de ingresos hospitalarios. Era el sufrimiento en estado puro. Vivía prácticamente recluída en su casa.

El hilo de luz entre nosotros se fue haciendo cada vez más ancho y ella pudo comprender que aquella voz emergía de ella misma. Ahora lleva una vida prácticamente normal y realiza un trabajo útil para los demás. También escribe, y en este relato nos muestra su propio viaje hacia la libertad.

 

Daniel H.

 

Caída y cenizas

 

Te escribo a ti desde lo más profundo del sentido, a ti que me acompañaste en mi caída hacia lo desconocido. Te escribo porque sólo tú me conoces tan bien como yo. Quizás puedas decirme por qué eres mi aliado, por qué insististe en agarrar mi mano con tanta fuerza que me quitaste la vida. Tú, que sabes más, dime por qué me elegiste a mí.

Recuerdo cuando te conocí hace unos años, sin darme cuenta, saliste a mi encuentro y nuestros caminos se cruzaron, o, quizás, todo estaba así dictaminado por el destino. De cualquier manera, nada más verte, supe que te quedarías para siempre. También recuerdo que al oír tu nombre se me encogió el corazón, pues eres conocido por muchos y odiado por todos.

No sé cómo lo hiciste pero te acomodaste dentro de mí para sentirte a gusto; tranquila y serenamente hacías tu trabajo, día a día, sin tregua, sin descanso, mientras yo iba consumiéndome poco a poco y adormeciéndome por tus cantos. Intentaba luchar contigo pero cada intento se convertía en una victoria para tus poderes. No sabía si luchaba contra uno o contra un batallón, porque tu fuerza era de dioses. Así pasaban los días, y yo cada vez más tuya.

Te hiciste notar una noche de un domingo. Al día siguiente era festivo, y se podía palpar el ambiente de fiesta. Echada en la cama, leyendo y fumando, oía de fondo unas risotadas y carcajadas de voces jóvenes. Todos se reían a la vez, quizás estarían viendo una película aunque yo no alcanzaba a escuchar la televisión, y más tarde supe que en realidad lo que estaban haciendo era jugar, pero no llegué a descubrir que tipo de juego era. No sé por qué elegiste esa forma de llegar a mí, pero seguro que ya habías estudiado todo el plan que te proponías hacer realidad. Tu mensaje llegó metido entre las risas de mis vecinos, y con un claro objetivo: ellos eran muchos y tú no te reías a solas.

No dejé que pasara mucho tiempo en esa situación y pase a la acción. Me fui al salón, encendí la televisión esperando que hubiera algún programa o película que me animara, que me hiciera sentir que podía reír aunque nadie me acompañara. Pero era muy tarde, y a altas horas de la madrugada no se podía esperar nada bueno de la programación, así es que desistí rápidamente y me puse a pensar en qué podía hacer para no escucharte más. Creo que era el momento para poner música y dejarme llevar por el ritmo, por la despreocupación, y al menos duré unos minutos así, pero era prácticamente imposible, allí estabas otra vez, a la vuelta de la esquina de todos mis pensamientos ¿Cómo lo hacías? Era como magia, si insistía en ignorarte, más fuerte era tu presencia.

Era algo fatigoso, cansino, desesperante, y tú lo sabías, lo sabías muy bien, y no dejabas de usar tus armas. Pero al poco tiempo, no era necesario seguir luchando, me rendí y tú clavaste tu bandera de ganador en la cima de mi alma ¿qué pretendías hacer con ella?

Antes de que empezaras a invadirme, te advertí que no ibas a encontrar nada interesante; donde te habías asentado sólo era un árido paisaje lleno de hierbajos, flores mustias y aire cargado. Te repetí una y otra vez que no podrías hacer nada en ese sitio, pero a pesar de mis advertencias, tú insististe en seguir tu camino, seguro de encontrar algo productivo dentro de mí que pudieras destruir. Te dirigiste hacia mi voluntad, después giraste hacia mis principios, pasaste por mi entereza, para terminar en mis objetivos.

A tu paso, arrasaste todo lo que encontrabas, lo dejaste como un devastador infierno, todo ardía y se consumía sin remedio alguno. Al final te saliste con la tuya, ya tenías lo que querías. Así es que te entregué lo único que quedó de mí, con palabras entrecortadas y con apenas aliento dije: «tomas mis cenizas».

Me fui hundiendo en un profundo sueño, empecé a sentirme embriagada por los paisajes de calma aparente, todo se envolvió de una paz eterna. De fondo sonaba una música que iba a la par de toda la tranquilidad que sentía. Mis últimos pensamientos fueron dirigidos a ti, pidiéndote que pusieras fin a mi soledad, a mi silencio, a mi angustia de saber que no tendría nunca la ocasión de compartir mi vida con alguien como no fuera haciendo un pacto contigo. Eso te bastó para ser poderoso sobre mí sabiendo que yo te daría lo que quisieras a cambio de poder compartir risas, ilusiones y algo de sentimiento. Poco a poco cerré los ojos y caí en un letargo profundo. Al despertarme, no me acordaba de nada, sólo podía recordar lo bien que había dormido y aún sentía la tranquilidad del sueño. Todo seguía como antes, miré a mi alrededor y aparentemente nada había cambiado. Todo estaba en su sitio, pero quien no lo estaba era yo mismo. Algo no encajaba, dentro de mí había un gran hueco, un gran vacío, aunque aún me venía a la mente un eco de voz, algo que no dejaba de repetir: «pídeme lo que quieras que yo tomaré de ti lo que yo desee».

Al poco tiempo no era dueña ni de mis actos ni de mis pensamientos, y tampoco podía evitar notar que provenía un extraño olor desde cerca mía. Miré alrededor y sólo estaba yo, no había nadie más que pudiera oler de esa manera. Respiré profundamente y entendí qué tipo de olor era el que se había adueñado de todo el ambiente. Cerré los ojos por un momento, para exhalar el aire que había expirado, y solo así lo pude reconocer. Me recordó al olor de cuando algo se había quemado, chamuscado y sólo quedaba el humo sobre el objeto, rodeándolo como una chimenea humeante ¿venía de mí?

Eso era lo que había quedado del encuentro contigo, eso fue la única herencia de nuestro contacto. Fuiste cruel, dura e imparable con mi ser y te dignaste a dejarme algo para recordarte, el olor de lo acabado, lo arrasado por ti.

Me sentía desorientada y mareada, deambulé por las calles sin saber que dirección tomar en cada paso que daba. No me importaba que la noche se me echara encima con su frío y, también a veces, soplaban rachas que lograban enturbiar las lentes de mis viejas gafas y entumecer mis músculos, pero todo eso quedaba relegado a un segundo plano. Sólo caminaba con la mirada puesta en la punta de mis zapatos, con la mente bloqueada por los últimos acontecimientos. Y, al cruzar la calle, mientras me iba acercando a una esquina donde habían dejado un buen montón de basura, el olor que me trajo el viento me obligó a levantar la cabeza y con los ojos busqué desesperadamente el lugar de donde provenía lo que hasta entonces era solo mi propio olor. Eso me pertenecía, ya era parte de mí, desde luego era desagradable y nada sano pero era lo único que tenía después de mi deseo, así es que cada día tenía más valor para mí. Descarté enseguida que no podía provenir de la basura pues como había pensado, el olor me era familiar.

Al principio no encontré ni a nadie ni a nada, pero unos segundos más, oí un ruido seco, y provenía de una ventana a la altura de la acera, era un bajo. Tuve que arrodillarme para poder ver si había alguien detrás de esos sucios cristales. No había luz dentro, así es que no se podía ver nada, pero, de repente, una mano abierta chocó con el cristal, provocándome un susto que me hizo caer el suelo. Una vez incorporada volví a mirar por la ventana y ya había luz. Aunque era tenue, me permitía intuir que era una especie de salón, con muebles viejos y una tele que era de otra época, pues se veía en blanco y negro y tenía pedazos de ella arregladas con pequeños trozos de esparadrapo. Otra vez, sin dejar de darme otro respingo, una mano se pegó al cristal, pero esta vez me hacía señas de que fuera a su encuentro. Me dirigí con paso despacio, hacia la puerta que estaba al lado y titubeando bajé los escalones que me llevaban al sitio desconocido pero con el olor que ya conocía. Dos pasos más y me encontré en el salón desvencijado. No pude evitar llevarme la mano hacia la nariz para tapármela fuertemente porque el ambiente era insoportable, podía cerrar los ojos e imaginarme que estaba, otra vez, entre las ruinas de un incendio.

De otra habitación salió despacio un hombre de unos 46 años, mayor que yo, con algunas canas en las extensas patillas que se había dejado, y el resto del pelo era de un intenso color negro. Vestía de manera informal, con pantalones marrones sin coger el dobladillo pues se podía ver que los bajos estaban llenos de hilos, sobre todo por detrás. También llevaba una camisa color carne, que no le hacía ningún bien a la cara, y eso que tenía una mirada intrigante pero a la vez con rasgos amables. Nos miramos detenidamente uno al otro, y menos mal que él rompió el silencio porque me había quedado sin habla y sin respiración para evitar que ese maloliente olor entrara en mis pulmones. Cada vez se hacía más intenso. No me quedó más remedio que sacar un pañuelo y que me ayudara así a respirar mejor. Con una voz ronca, se dirigió a mí, dando unos pasos con firmeza, y con la misma fuerza me dijo: «tú también eres polvo». No quería admitirlo pero era evidente, el olor era más fuerte porque estábamos los dos en la misma situación, éramos víctimas del mismo agresor, del violador del alma.

Desde el día que perdí mi alma, mis horas se llenaban de paseos y caminatas, deambulando por las calles, sobretodo por la noche, donde todos éramos desconocidos, no teníamos nombre, ni caras, solo personas andando sin rumbo. Nada tenía sentido para mí, todo era indiferente, no me alteraba nada de lo que ocurriera a mi alrededor. Pasaban los días, todos con la misma rutina, sin encontrar razón a mis actos del pasado y mucho menos del presente. Si miraba hacia el futuro solo veía un camino sin fin, lleno de curvas que rodeaban un precipicio que acaba en un foso lleno de piedras después de 100 metros de caída libre. No me quedaba más remedio que seguir el tortuoso camino sin punto concreto, nadie me esperaba en ningún sitio.

No podía entender que después de tanto tiempo deambulando, de estar perdida, la misma causa de mi perdición me llevara también al encuentro con otra persona gemela a mi en sus desgracias. El olor a la putrefacción sirvió, para encontrar salida a esa telaraña de cables cargados de energía negativa. Ya no estaba sola, al menos la ausencia de dolor era el vínculo, el único puente que tenia para seguir viviendo, tenía, al fin, después de tanto tiempo de soledad, a un compañero. Era su mismo reflejo, veía en él lo único salvable de mi persona, lo único que tenía rasgos de ser humano, el maloliente olor de lo quemado después de arrebatarme lo único que era único en mí. Mi alma ya era ceniza.

Era difícil de digerir que tras tu paso, me habías convertido en un ser vacío, y que ese mismo hueco dentro de mí, me había unido a otro que había caminado por el mismo camino que yo. Al menos ya no estaba sola, ya acabaron las noches buscando la razón de mi pérdida, al fin encontré la oportunidad de compartir con alguien el único de mis sentimiento que quedaba aún libre de tus garras, el arrepentimiento. Era irónico pensar que ya se habían acabado los días sin rumbo y ahora podía caminar de la mano de mi nuevo compañero, unidos sin alma pero con el mismo vacío. La putrefacción se convirtió en algo que ya era parte de mí, ese olor jamás volvió a significar nada malo.

Ahora era el nuevo signo de mi única salida, seguir buscando a otros compañeros con el mismo perfil y así, al menos, las penas estarían compensadas con la compañía. Eso era lo que de verdad estaba buscando desde el principio, apostar mi alma con tal de llenar mi soledad. Había sido por un precio muy alto, pero la compañía era suficiente motivo para perder mi ser, y cambiarlo por el cálido roce de personas como yo. Se acabaron las horas vacías y ahora, gracias a ti, las podía llenar con lo que yo quisiera, ahora mandaba yo, ahora era dueña de mi felicidad, pero ¿cómo hacer todo eso sin alma? Devuélvemela por favor, prefiero la soledad física que el vacío de los desalmados.

Si este texto te ha resultado útil, o si crees que puede servirle a alguien que conoces, compártelo en whatsapp o en tu red social preferida. Sólo tienes que hacer clic en uno de los botones. Gracias por tu ayuda.