La no-dualidad, o advaita, es una doctrina proveniente de la filosofía india profunda y que es la piedra angular donde descansa nuestro concepto de psicología ontológica. ¿Pero a qué hace referencia la “no dualidad”?

El ser humano concibe el mundo de manera dual. Esto quiere decir que cuando captamos cualquier objeto a través de los sentidos lo que hacemos es categorizarlo. De esta manera, cuando vemos una silla, le atribuimos determinadas características. La silla puede ser blanca, por ejemplo, lo que la diferenciaría de otras sillas azules, rojas o amarillas. Puede ser de madera, en contraste con aquellas sillas hechas de metal o de plástico. Esa silla se diferencia de las otras sillas que nos hemos encontrado y podríamos encontrar en el mundo. Cuando adjetivamos no solo estamos reconociendo una característica del objeto particular, sino que también implica un contraste entre aquellos otros objetos distintos y diferenciados, a los que se les aplica otros adjetivos por oposición. Esto quiere decir que cuando decimos que algo es bueno, estamos dejando claro por una parte, que no es malo y, por otra, que se diferencia de todas aquellas cosas que son malas y se encuadraría como similar a todo lo que es bueno. Se crea una dualidad, características diferenciadoras y opuestas que aparecen en contraste.

Estamos constantemente haciendo este ejercicio para procesar aquello que percibimos. Nos sirve para mejorar la supervivencia. Podemos hacer categorías con atributos donde encuadrar lo que sea que estemos percibiendo, entender la situación y prever las consecuencias. Nos permite descifrar para qué sirven las cosas, cómo funcionan los mecanismos y, con ello, encontrar mejores soluciones para los problemas que encontramos cotidianamente. Pero no hay que perder de vista que son “atributos”. Esta palabra proviene del latín “attributus”, resultado del verbo “attribuere”, que significa asignar, dar. Nosotros damos el atributo al objeto, no es el objeto el que tiene el atributo.

El ser que nosotros pensamos ser también lo construimos de una manera dual. Cuando desarrollamos la capacidad de la autoconsciencia, es decir, el ser conscientes de nosotros mismos, creamos una idea de nosotros a la que se le llama “ego”. Creerse que uno es el ego te separa de los demás, te hace un ser individual. Nos hemos categorizado como un cuerpo, con una historia de vida paticular, una características de personalidad concretas, etc. Seríamos nosotros, únicos, separados, individuos: “Soy Manuela, soy recepcionista, soy simpática, sociable, torpe, divertida, insegura, madre de dos hijas… y aquel es Fernando, carnicero, educado, pulcro, feo… y aquella es Andrea, hija de mi amiga Bea… y aquel…” Todos los adjetivos que nos describen nos delimitan en la dualidad.

El tiempo es otra categoría formada por nuestra mente. El tiempo nos ayuda a trazar un hilo para organizar nuestra experiencia vital. De tal manera que aquello que recordamos mantiene una secuencia en el tiempo y se sitúa en el pasado. Pasado como contraste del futuro, que es aquello a lo que accedemos a través de la imaginación. Así, encontramos la dualidad entre presente y pasado, ambos en nuestra mente, ya que fuera de ella no podríamos encontrarlos en ninguna parte.

Las experiencias pasadas también son categorizadas en la mente, no solo porque las hacemos memoria, historias, palabras, sino porque, también, juzgamos su naturaleza como placentera versus dolorosa. Vivimos en una constante búsqueda de la felicidad. Así, pensamos que todo aquello que nos causó una sensación positiva ha de repetirse, de ser perseguido, mientras que aquello que nos causó daño debe evitarse. Esto es un mecanismo por el cual se rigen todos los animales y que ayuda a la supervivencia. Sin embargo, el ser humano va más allá de la mera supervivencia. Como dijimos, busca la felicidad, la plenitud, la satisfacción. Navega por la vida de forma dual, intentando acercarse a aquellas cosas que desea pensando que le aportarán felicidad y rechazando lo desagradable. Y precisamente es en este plano donde encontramos la infelicidad. Porque las cosas no son siempre como queremos y eso genera frustración, dolor. Buscamos la felicidad fuera de nosotros, en las situaciones, en lo que tenemos. Deseamos ser queridos, aceptados por los demás, la tranquilidad de la solvencia material, un cuerpo sano. Como si la felicidad fuera algo de lo que careciéramos y estuviera escondida en alguna parte esperando ser hallada. Intentamos acceder a ella a través de la consecución de nuestros deseos y, cuando no los alcanzamos, sufrimos.

Nuestra manera de ver el mundo, dual, en categorías, nos llena de expectativas y contamina nuestra manera de ver las cosas al momento de ser meramente percibidas. Esto nos impide ver lo real, ver el acontecer. Simplemente percibir la realidad. En la dualidad percibimos conceptos constantemente y nos movemos en el ámbito mental. Sin embargo, en la no dualidad salimos de todo esto y vemos lo real. Y es que es en el ámbito de la categoría donde encontramos sufrimiento. La felicidad se encuentra al ver la realidad fuera de los conceptos. No hay felicidad fuera de nosotros, por muy contentos que nos podamos poner cuando tenemos buenas noticias. La felicidad se encuentra ya en nosotros, cuando somos capaces de ver de verdad. Y es que la vida, antes de ser percibida, es no dual. Es todo una única cosa, un único movimiento. Plena y completa en sí misma. Lugar donde reside la felicidad. Es conciencia, como si fuera un manto donde todo ocurre de manera natural. El mundo gira mientras la planta crece, el ave emigra y tú estás leyendo este texto. Todo parte de lo mismo. Es en nuestra mente donde existen las diferencias, vemos apariencias de algo que es lo mismo, como si fueran olas de un océano. Olas, sí, pero sólo en apariencia, ya que todas ellas son agua y, de la misma manera, todo es conciencia.

Para ver la realidad y escapar del sufrimiento producto de nuestra mente, hay que ir más allá de sus redes. Esto implica ver el mundo de manera no dual. Eso no es siempre posible y tampoco vamos a negar las ventajas que tiene el poder formar categorías. Sin embargo, saber cambiar el prisma con el que vemos para observar realmente, no solo a nuestro alrededor sino también a nuestra propia mente para conocer sus mecanismos, y situar nuestra identidad en la vida y en el todo y no en nuestro ego, tiene implicaciones muy valiosas para nuestra calidad de vida.

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